El silbido del arquero, 2023 Irene Vallejo Moreu
Editorial Random House
251 páginas
¿Leer los clásicos? Establecer un
puente entre ficciones de publicación reciente pero su inspiración son las
sagas de la antigüedad clásica grecolatina. Alessandro Baricco lo hizo con Homero, Ilíada (2005). Similar a esa
reinterpretación encontramos la novela El
silbido del arquero. Una novela, en cierta forma coral, donde nos
sumergimos en los pensamientos de los personajes a raíz de la llegada de Eneas
a las costas africanas.
Se hilvana a través de dos acontecimientos. En el primero el mito y la aventura
y el amor del poema épico Eneida como
ejes para la creación de la historia. Las acciones tienen lugar antes de la
llegada de Eneas a Italia. Naufraga en la ciudad costera de Cartago,
aquí es recibido en el pequeño reino de Elisa, pero los fieles guerreros de la
soberana se sienten amenazados por el héroe troyano razón por la cual no
tardaran en crear ardides para mantener su estatus como súbditos de la corona. En cuanto al segundo acontecimiento la
historia, la escritura y las motivaciones del poeta tienen lugar para mostrar a
un escritor que no se regodea en su torre de marfil, sino que padece por un
encargo que no ha podido cumplir tras diez pesarosos años de invención, documentación
y soledad.
Así, en el transcurso de ocho capítulos Eneas, Elisa (Dido), Eros, Ana y
Virgilio intercalan sus voces para tejer una trama donde tanto los silencios
como amenazas durante y después de la guerra fustigan a los personajes, pues
son evidentes las heridas. Lesiones que parecieran dar testimonio de cómo la
guerra aún con sus oprobios es la impronta fiel de los seres humanos. Impronta
que, al igual que el poema, no ha cesado, sino que se reinventa con el paso de
los años, aunque en diferentes escenarios.
Troya es el conflicto bélico del que no logra eludirse y si bien todos
sabemos que Eneas llegó a Italia, aunque no gozó las mieles de su fundación, sí
somos testigos de sus padecimientos. Como el amor al que no puede corresponder
a la reina Elisa, la enemistad sin sentido del séquito de la reina, el trauma
que no le pudo evitar a Yulo y la pérdida del padre en Troya. En efecto,
acontecimientos que se desprenden de la guerra. Una guerra que forma parte del
destino de los hombres y como destino no hay manera de escapar.
De allí que, las ficciones que reinterpretan, resemantizan a los clásicos
de la humanidad hoy más que nunca cobran sentido y convienen ser leídas con
atención y cautela. Irene Vallejo[1], prolífica
escritora es una buena exponente porque el poema es una epopeya de más de dos
mil años de antigüedad, pero la pluma de
Vallejo permite que nos sintamos cercanos por el dolor de sus personajes, por
el peso de la guerra. Conflictos que como humanidad no hemos sabido superar y
por eso se redimensiona.
Por lo anterior, resulta y resultó una relectura apacible, amena y
necesaria. La autora tiene la capacidad de que, a través de sus ficciones,
podamos saborear cada palabra y la historia que tienen, es decir, su trasfondo.
Me extiendo para explicarme mejor, si bien hubo llanto al leer pasajes de los capítulos. Un ejemplo sería
Virgilio asediado por las calles pestilentes de Roma porque aún no lograba
culminar el poema; ese llanto es vestigio de su gran capacidad creadora porque
permitió conmoverme ante las palabras, ante la sospecha de que él no lo pudiera
culminar o del peligro latente de que les quitaran las tierras a sus padres.
Entonces, es prueba de que hubo un rapto ante las palabras y no un rapto inocente,
sino complejo porque como lectora conozco la primera versión de la historia y
sin importar este escollo, aun así me pude emocionar, delectar con las
acciones.
Al margen de la lectura…
Fue difícil escribir esta impresión porque le tengo mucho respeto a la
autora. La admiro, desde que conocí su obra en el 2020 me he sentido fascinada
por su creación. A ver, siento que puedo hacer una analogía de la admiración
para que me entiendan con ese cantante de rock que seguíamos durante la adolescencia.
Irene lo es de esa forma porque me da alientos para refugiarme en la lectura y
escritura incluso en mis días difíciles; pienso en su labor y un hálito de
esperanza se posa en mi ser. Porque me permite emular y hacer eco de lo que
expresaba Aquiles Nazoa pero que cada vez creo menos y es la expresión de que
creo en los poderes del pueblo, de la gente, pero en especial de seres como
ellas.
La guerra es una de las tejedoras de nuestra humanidad. Así en la novela se
inicie con una guerra de hace más de 2000 años de antigüedad los discursos
bélicos siguen siendo la primicia en los medios y redes sociales. Peor aún en
nuestros cerebros. Desde que tengo noción he sabido de guerras. La que peor
invade mi memoria cada tanto es el conflicto de los tutsis y los hutus mejor
conocido como genocidio de Ruanda. Aún tengo pesadillas con el conflicto. De tanto
en tanto revisito el tema, pero me ha faltado rigurosidad al respecto. Por eso
este libro se signa entre conflicto de un pasado muy muy lejano, pero que aún
trae dolor, dolor que logra superarse porque la vida también es el lugar donde
las heridas quedan para vivir con ellas.
[1] Aunque no sea del
todo recomendable endiosar a los autores, creo que ella es una de las autoras
que sí lo merece sin un ápice de melosería. Ha sabido darle al mundo esa dosis
de sensibilidad y, a la vez, necesidad por leer, por mantenernos firmes con la
lectura en una época de banalidad y espejismos que solo han hecho desviarnos en
la búsqueda de la verdad o de aquello que pueda ser oportuno para la vida.

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