miércoles, 18 de junio de 2025

Impresión del libro Veinte merengues de amor y una bachata desesperada

 Veinte merengues de amor y una bachata desesperada, (2015), Juan Carlos Méndez Guédez


99 páginas

Lado A 

Mientras Neftalí se encuentra en una fiesta llegan flashbacks de su vida universitaria y amores del pasado. Al son de bachatas y merengues, como suelen transcurrir algunas rumbas de la generación millennial venezolana, conocemos la historia del protagonista. A todas estas cabe la duda¿Es un poeta, profesor universitario, periodista o un simple ser humano? Nos resulta desconocido. Lo que sí se aclara y es, digamos el argumento,  la obsesión por Pablo Neruda. 

Para su trabajo de grado viaja a Chile con la intención de seguirle la pista. Neftalí se involucra tanto en la vida del escritor hasta el punto de que consigue una supuesta carta en la que se plantea que habría tenido una hija a la que abandonaría -hasta aquí y desde que lo comencé a leer, me siento tentada a buscar en Internet qué hay sobre el asunto?- por flojera, poca seducción del libro o poco interés por el poeta opto por no hacerlo y creerme el cuento bastante inverosímil para la trama novelística, pero nada factible desde el punto de vista de que un poeta pueda llegar a dejar abandonada a su prole. Oh, oh, esto está tomando visos filosóficos, pero lo que quiero decir es que no creo que un poeta pueda llegar a dejar abandonada a su prole. Me parece el acto más antipoético que pueda haber. No obstante, incluyo el pasaje: 

"Leí cartas, informes, documentos oficiales. A Neruda le nació en España una hija enferma, una niña con hidrocefalia. Luego, cuando estalló la guerra. Neruda abandonó a la hija y a la madre en Francia. Él se marchó (...), pero Neruda siguió su vida normal, olvidó a la niña y dejó de enviarle dinero." p.33. Bien, entonces, ese encuentro fortuito con la carta hace que insista e insista en el tema. Se lo cuenta a la novia, a los panas hasta el punto de nunca terminar el trabajo de grado. Hasta aquí leemos un motivo plausible en los estudiantes universitarios: no presentar el proyecto de investigación. 

Lo que diferencia la historia de Neftalí es que así como va en círculo con su trabajo de grado, también lo hace con su vida. Sus relaciones amorosas no llegan a nada y deambula por la ciudad en una especie de trance espiritual literario por encontrarse sin rumbo y sin plata en la vida. 

Pero todo se narra mientras transcurre la fiesta. Se encuentra con Amaya una de sus amigas/amantes e intenta topar no toparse con Lorena otra de sus amigas cercanas. De fondo  suena "Vi que te marchabas"... que da vida a la canción Cobarde. Tanto padres como, nosotros, hijos la hemos bailado o canturreado. Ahora viene un trencito y la bulla de los asistentes, pero seguimos atentos a  esa historia que parece tornarse interesante y bastante literaria sobre la hija perdida de esta versión de un Neruda desalmado que conocemos por la tesis incompleta de Neftalí. A la par de lo anterior, también nos narra las penurias de Neftalí quien sí tuvo un padre desalmado que más de una vez lo dejó durmiendo en la calle ante la imposibilidad de pagarle la universidad. 

Lado B

Con el germen de una historia que bien pudo ser mucho más entretenida por sus guiños,


encontrar un título como este resulta atractivo para cualquier lector. Quizás un riesgo para aquellos que conozcan un poco más de literatura, ni siquiera digamos literatura, sino cultura general porque atrae a este público en el hecho de ver cómo el autor establece la relación entre su propuesta y la obra reconocida. En este lado B del libro no escapan los lugares comunes de ciertos escritores venezolanos de finales del siglo XX: el restaurant chino para tomarse las birritas cerca de la facultad, el hotel de mala muerte para la faena amatoria de turno, la querida y odiada ciudad universitaria,  el deambular borracho y ser un blanco fácil para los temidos hampones citadinos y, por supuesto, dar con un batacazo en el ámbito literario, puede ser en forma de publicación de una ficción o de una tesis mención honorífica que sí haga bulla en el círculo de académicos y literatos, es decir, ganarse el Concurso de cuentos de El Nacional o en sus buenas épocas el Rómulo Gallegos. De esta manera, puedan pasar a ser de otra estirpe. La laureada  estirpe del campo literario venezolano con sus grupos y subgrupos que mal que bien siguen creando heridas y cicatrices en nuestras letras. 

martes, 3 de junio de 2025

Impresión de lectura de: Biografía del hambre

Biografía del hambre

Amélie Nothomb

206 páginas

 



Había leído para que me admiraran. Leía y descubría que admiraba. Admirar era una actividad exquisita, eso producía picores en las manos y facilitaba la respiración. p. 133.
 
El diccionario era el atlas de las palabras. Definía su extensión, sus juridicciones, sus límites. Algunos de aquellos imperios eran de una desorientadora singularidad: estaban acimut, berilo, odalisca, los polvos de la madre Celestina. p. 73.

Ya que no había más alimento, decidí comerme todas las palabras: me leí el diccionario entero. La tentación de ir y venir de una letra a la otra como cualquier usuario del diccionario era fuerte. Se trataba de leerlo en orden estrictamente alfabético, para no perderse ni una sola de sus migajas. p.179. 

Escribir ya no tenía nada que ver con la extracción arriesgada de los inicios; fue en adelante lo que es hoy -el gran empuje, el miedo regocijante, el deseo que vuelve sin césar a sus raíces, la necesidad voluptuosa. p.200.  

Una autobiografía seduce con la realidad potenciada. Realidad que podemos creer o no. Creo que siempre optamos por creérnosla tal cual es narrada. No nos queda mejor alternativa. Negarnos sería una decepción de lectura. Y mi lectura de este libro era necesaria. Sí, sí.  Creo que siempre digo lo mismo, pero en serio que los libros nos buscan, nos persiguen para que los leamos durante ciertos episodios de nuestras vidas. Mientras escribo esta idea, se me ocurren cuántos libros más me deben estar persiguiendo para que deje a un lado tantos pensamientos ansiosos que estallan durante cada segundo en mi cabeza. Por eso celebro a ultranza leer, perderme en páginas y palabras. No quisiera salir del libro cual lago hondo, pero cálido que me ofrece un entorno seguro.

Retorno al título. Y se me ocurre que la noción metafórica del hambre va como un péndulo hacia los extremos. Conocemos el hambre en el sentido literal de la carencia de alimento y deseo insistente e insidioso por saciar ese anhelo. El cuerpo nos indica que debemos solventar tal apetencia, pero el hambre puede persistir si a la comida le falta sabor, sazón, pasión. Así es con la vida. Es entonces cuando se expande el significado del término de hambre para referirse a la avidez que sentimos los humanos por satisfacer cualquier deseo: viajar, amar, soñar… vivir y, nuevamente, sentir a plenitud.

Por esa razón, en la contraportada se describe al libro como una apología del apetito (siempre he tenido problemas con el significado de la palabra apología).  Precisamente porque la balanza roza el otro lado del péndulo del vocablo. No es sentir, únicamente, malestar o incomodidad ante la advertencia del hambre, sino voracidad y premura por atestarnos de todo lo que nos colme la vida en el mejor de los sentidos.

Al respecto, la autora inicia el relato con una especie de crónica periodística sobre Vanuatu. Esta isla parece ser la excepción de todos los países porque no conocieron el hambre. “En Vanuatu el apetito no existe. Allí se come por complacencia, con el fin de que la naturaleza, que en ese lugar resulta ser la única ama de casa, no se sienta excesivamente ofendida” p.15.  Allí está el péndulo que va de un lado a otro por los extremos de las palabras.

Da paso a narrar cómo comenzó a sentir apetencia desde los primeros años de vida. Los primeros episodios que recuerda son la fascinación por el dulce “no dejaba de buscar mi pitanza: mi búsqueda de lo dulce era mi búsqueda del Grial” p. 25.  

Luego a sentir sed, siempre sed por lo que ingiere cantidades exageradas de agua. Luego, con el transcurrir de los años. la apetencia toma visos mucho más exagerados. El anhelo desmesurado porque le prodiguen amor, primordialmente porque su mamá la adore, le siguen la nana, Juliette (hermana) y sus compañeras del colegio. De allí pasa a la necesidad desenfrenada de embeberse de las ciudades en las que viven. Nueva York es una de ellas. Debido a que su padre trabajó para la ONU y también se desempeñó como embajador la narración despliega de forma convincente esa hambre voraz por colmarse por todo (conciertos, museos, teatros, parques y la gente). Desde una montaña hasta los rascacielos o la mirada que despide fuego de los pakistaníes.

Pero el hambre más poderosa y que me ha ocasionado, al igual que la protagonista, sed y por lo que retorno a querer prendarme más y más de las palabras es la lectura. Leer, leer sin freno. Amélie nos relata que durante su adolescencia y estancia en Laos leía, leía hasta que su cuerpo inerte casi era uno solo con el sofá. Para unos la imagen anterior es el colmo de la vagancia para otros es la plenitud de la vida. Leer, leer es un acto hermoso, osado. Así lo dicte el lugar común, pero muy certero porque, en efecto, es entrar en arenas movedizas. Somos tan diferentes tras cada libro y esa diferencia nos habla del peligro por no ser más de lo mismo. Con esto no me estoy agrandando por leer. Solo siento que mi ser cada día está más apartado de lo común, pero siempre voy a preferir formar parte de ese reino. En el reino de la lectura la realidad es soportable y eso fue lo que me trasmitió esta apología autobiográfica del hambre.

Posdata: recuerden que esto es una impresión de lectura. Es mi arrebato, es el estremecimiento (mi bálsamo de Fierabrás) que obtengo al leer y mi antídoto del futuro, del dólar paralelo, de las condiciones laborales y esperanzas perdidas. Es mi refugio, el mejor refugio que ha creado la humanidad. Esto no es una reseña, es mi encuentro con los libros. Esta vez con este libro. Es la fruición que obtengo tras cada párrafo, es aprender a ser en todos los sentidos. Sentidos que aún desconozco, pero que me seducen con cada palabra. Una tras otra como hormiguita bien encauzada con esperanza de que en los libros todo sí está bien, al menos el tejido de la historia. Historia que se confronta en silencio con la mía.

Dios, necesitaba escribir. Anhelo tener 20 años otra vez y quedarme tumbada casi todo el día en esa habitación de un lejano Barinas leyendo, leyendo y solo leyendo. El libro y yo tumbada de tanto éxtasis e intrigas en cada trama. Llorando por lo que me dejó la historia para star  over, perdón el anglicismo, sentir rabia, sentir amor. Sentir tantas cosas que ya no siento o siento a medias.