Una historia conmovedora. No, es
una oración muy lugar común, pero aquí sí aplica. El libro me conmovió lloré
muy sentidamente por la relación de Bob y su dueño, por el encuentro afortunado
y porque muchas veces sí tenemos una recompensa: un compañero que
nos alegra la vida y llena de positividad todo lo que nos rodea.
Inicié la lectura en julio, pasé dos meses o casi más leyéndolo entre algunos respiros del trabajo y tiempo libre. Cada página o media era una alegría, una dosis para saber que sí, que todos tenemos nuestro puñado esperanza que podemos compartir.
El relato inicia cuando James, un
joven guitarrista llevado por la drogadicción deambula por las calles de
Londres tocando la guitarra. Una noche, de regreso a casa, tiene lugar el
encuentro con el carismático gato. Desde ese momento estarán juntos a no ser
por un par de episodios que reforzaron su relación gato-dueño. Tal reciprocidad, es quizá el mejor mensaje
del libro. Aunque no me gusta mucho hablar de las moralejas de las historias
porque para quienes medianamente me conocen podrán entrever que lo que busco en
un libro es entretención, alegría, y sencillamente placer de recorrer las
palabras para hallar el bálsamo de Fierabrás, como dije hace más de ocho años
en mi primera reseña J
De cualquier manera, este libro
tiene un mensaje de fuerza y positividad que hizo que me enganchara. No me
importa que haya podido tener un escritor fantasma o por detrás encubra
autoayuda condensada. Lo disfruté, me conmoví y fue como una bebida refrescante
por su lenguaje sencillo.
La otra razón de peso del agrado
por el libro es su protagonista: Bob, un gato pelirrojo, de acuerdo con la
descripción del libro. Para mi sencillamente un catire rechoncho que me robó el
corazón. Cada tanto pienso en él para recordar que cualquier ser tiene la
capacidad de darnos un soplo de buena fe para el alma, el aventón que
necesitamos para seguir. Por eso doy las gracias.
177 páginas gatunas.
