jueves, 25 de septiembre de 2025

Impresión de lectura de Volver a cuándo

 

Volver a cuándo, (2023). María Elena Morán

159 páginas


Ahora no llueve hace meses, no cae ni una lloviznita siquiera, y aun
así la escuela está vacía. Son tantos los niños que se han ido del país con
sus familias y tantos más los que no logran llegar por falta de transporte
o de dinero para el pasaje, o de ambos, que las maestras juntan niños de
varios grados en una misma aula y distribuyen las asignaciones como si
fuera tareas dirigidas y no educación oficial. p.71 

Éramos gente chévere, ¿no creéis vos, Raúl? Educados, conscientes,
siempre rodeados de gente que aprendía. Vos contento en tu escenario,
enseñando a las centenas de estudiantes de tan variadas edades que
pasaban por tus clases; yo en los bastidores, organizando los horarios y
reuniones y documentos que permitían que profesores como vos
tuvieran su escenario y su público. Parece como si todo eso hubiera
ocurrido en otra vida, en otras personas. Como si unos ladrones
hubieran entrado a robarnos, me hubieran abierto para sacarme de
dentro todo lo que yo era y hubieran dejado el cascarón en el portón
para no cargar ese peso innecesario.p.94 


Esta gente no ha ni sentido bien el olor de la desgracia ajena cuando
ya llega preparando sus ofertas. Saben que no hay desgracia inútil, no
hay dolor que no rinda algún tipo de ganancia, es cuestión de estar
pendiente, listo para atajar la ventaja. ¿En qué momento tanto fue a
parar en manos tan ajenas? ¿Cómo esta mujer vino a parar aquí?
(Nosotros mismos la trajimos, Chelita).p.140

No suelo buscar referencias extras como notas periodísticas o artículos académicos cuando me arrojo a la escritura de las impresiones de lectura. ¿La razón? Quiero que tengan un talante desenfado, distante de mi función como docente. Lo que intento decir es que se alejen de una reseña académica y aunque den cuenta sobre la trama, las acciones, así como las vivencias de los personajes no se colmen de didactismo sobre cuáles son los elementos que debe tener la impresión para que en realidad sea una reseña. El lado B de ellas también tiene que ver con que estas reseñas tienen la intención de ser, de mostrar mi historia de la lectura y esta no es una historia del país aunque últimamente los títulos que escojo sean tan referenciales porque son libros sobre la realidad de Venezuela en formato literatura o la no ficción que encontramos en la ficción. ¿Para qué? Para entendernos, para entender que pasó en el país así no sea un documento histórico, sino mediado por el ars narrativa.


Como no es extraño me he dispersado. El motivo de esta introducción es decir que esta vez sí me vi muy movida a buscar otras fuentes provenientes de boletines y portales literarios o periodísticos. La lectura fue frustrante, dolorosa y para describírselas en un tono que se parece a mí: bastante melodramático porque lloré de irá, de rabia por el país que somos hoy y sobretodo porque siento correspondencia con lo que expresó Llorens (2023):

 También es un primer paso hacia una conversación muy difícil que tenemos pendiente como país sobre el por qué no se tomaron en serio las advertencias proferidas a tiempo, por qué se despacharon tan fácilmente, y qué responsabilidad nos corresponde a cada uno en esa debacle. (Prodavinci).

De allí que en Volver a cuándo, (2023) título bastante sugestivo para cualquier lector porque para algunos los podrá llevar a esa época edénica de esperanza chavista, pero para la gran mayoría (me incluyo) y con ello lo dicho en la cita supra por qué no volvemos a cuando había tiempo de advertir, de tomar acciones para evitar este oprobio, negación, pobreza, escasez, oportunismo, emigración, desencanto, evasión como país.

Nina, protagonista de la novela, antigua miembro del chavismo está desencantada con el proyecto de país. Despierta del letargo al ver a su hija Elisa, preadolescente, malnutrida. Se aventura a Brasil. En una ciudad fronteriza entre Brasil y Venezuela su campamento es azotado en un ataque xenófobo por lo que inicia un trajinar para lograr llegar a Porto Alegre, ciudad escogida porque a cambio de trabajo tendrá pernocta y comida gratis.

Transcurren ocho meses en ese trabajo sin tener remuneración alguna. En un arranque de ira con el dueño argentino del hostal (aquí se muestran marca de resentimientos y supremacía entre una nacionalidad y otra) al exigirle sus derechos, queda en la calle, sin dinero y a expensas de la caridad ajena. Mientras esto ocurre un Raúl fantasma (padre de Nina, deambula de una lugar a otro durante la novela) conversa con su esposa Graciela sobre la debacle y sinsentido del país y cómo no lo pudieron haber visto cuando aún había tiempo y esta cada vez más depresiva, más hambrienta y más entregada a estar entre la oscurana (clara simbología de la hora oscura con la que toda la población está lidiando) de su cuarto pareciera que en cualquier momento se entregara a la muerte (porque así se sentía el país entre 2018 y 2019 toda una masa entregada a un suicidio colectivo que batallaba ante otro día más).

 Por su parte Elisa, preadolescente que en el tiempo de la novela va de los doce a trece años y la llegada de la menstruación se cuestiona su mundo, extraña a su madre, pero lo enmascara con odio e ignorándola desde los mensajes de Whatsapp. En este tedio que es añorar reaparece su padre quien desde el inicio se nos muestra como un remedo de hombre que viene a querer reparar su ausencia de cinco años al convencerla a irse a Estados Unidos. Ex miembro de alto rango del chavismo ahora busca huir de un país al que prefiere no ver del todo mientras cruzan La Guajira.

Esas, a grandes rasgos, son las acciones que ocurren en la novela. Hay otras también importantes que llevan al desenlace, pero quiero cerrar expresando que hay libros que nos dejan un sabor amargo. Una serie de sensaciones que habrías querido no vivir, pero las has vivido y eso es lo que sucede con Volver a cuándo. Creo entender la razón de muchos venezolanos que van y vienen y sienten tanta desazón, una relación amor y odio por el país. Es que, desde mi parecer, no entendemos cómo hemos soportado tanto, todo nos parece un remedo, una mala broma. Desde los precios exageradamente altos a la negación de que no nos sentimos mal por ser venezolanos. O mejor dicho un cúmulo de sentimientos encontrados entre un gran amor, pero que bien sabemos que ese amor fácilmente no lleva a la rabia porque no hay nada como les ocurrió a Camilo y a Nina.

Quiero cerrar esta impresión con el hecho de que los apagones, la emigración en masa, la escasez es tan cercana, pero a la vez se parecen a cuando estamos ante un puesto de control porque existe tensión y oleadas de expectativa antes de pasar del punto A al punto B porque por un instante sientes que no vas a lograr pasar y de la nada se abre paso, se atraviesa y se sigue el camino. Ahora mientras lo escribo siento que no logra capturar la esencia, pero es lo más cercano con lo que lo puedo asociar.

Temas principales: desilusión, diáspora, frustración, relaciones familiares, rupturas amorosas.

Al margen de… tejo mi historia con la lectura

 Al igual que una muy querida profesora me preguntó años atrás por qué insisto en seguir leyendo novelas venezolanas que nos narran como país, narran nuestras heridas y desencantos. Porque siento que es lo único que me ayuda a entender la nación y no odiarla como odio a quienes nos dañaron el país. Sé que odiar es un verbo fuertísimo, pero también sé que ahora más que nunca hay que ponerles el justo nombre a las situaciones e incluyo a las emociones y eso es lo que siento. Sin duda tengo muchos libros por delante que nos narran (sé que tengo una deuda pendiente con los del lado del oficialismo). Solo puedo decir que estoy en esa tarea. No lo hago para que se sientan mal. Es que considero algo que debo hacer para entender al país, hacia dónde vamos y a sopesar mi tristeza y entronizarla con objetividad.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Impresiones del libro Adiós Miss Venezuela

 

Adiós Miss Venezuela (2016), Francisco Suniaga

280 páginas

 

En el imaginario venezolano casi toda niña ha soñado alguna vez con ser Miss Venezuela. María Genoveva Herrera Becher, perteneciente a la clase alta venezolana formó parte de la excepción, pero como digna reina de belleza –y protagonista- supo llevar la corona por lo que para efectos de esta novela significa ser querida y recordada como la embajadora de lo bueno, lo auténtico y lo sublime, características de la belleza.



En Adiós Miss Venezuela, compuesta por 33 capítulos nos reencontramos con el abogado de ética intachable José Alberto Benítez y con él a la Venezuela que ha trasegado los últimos años como mejor ha podido. En Benítez pudiésemos tener la representación del venezolano clase media educado gracias a la bonanza petrolera en el exterior, pero por más contradictorio que parezca nunca migró –ni creo que llegue a migrar. Este personaje resulta clave para observar y analizar bien cerca a la gran cantidad de venezolanos que nos quedamos no por gusto, no por amor a determinada tendencia política, sino simplemente porque la vida designó que este fuese, quizá, el destino. No se me había ocurrido perfilar a Benítez desde esta óptica, pero justo terminé el primer párrafo y pienso introducir al protagonista y con él decir que es más un reencuentro porque ya lo habíamos conocido en La otra isla, se me ocurre que sí. En efecto, Benítez encarna  a los individuos buenos que mantienen a flote este país de locos.

En cuanto al argumento principal, desde el primer capítulo sabemos que la Beba Herrera como es conocida la muy querida Miss Venezuela cometió suicidio. Entonces las acciones giraran a desvelar los motivos al parecer ocultos de tal suicidio. Por lo que el esposo contrata a José Alberto y este se embarca en una investigación sobre los motivos del acto.

Acompañan a esta historia otras dos simultáneas que giran en torno al Miss Venezuela. La segunda en importancia pudiese ser la decadencia del certamen como franquicia y producto durante los últimos años. Para narrarnos tal venida a menos las acciones recaen en Oscar Llabrés, conocido como el Rey de la Belleza –evidente guiño a Osmel Souza conocido como el Zar de la belleza-  conocemos su llegada a Venezuela, su inclinación sexual y por supuesto ese talento innato de reconocer y crear belleza al punto de exportación. Sobre él se suscitarán otros intríngulis ligados a la falta de recursos para sostener la calidad del concurso y así como todo el mundo se va, el concurso abrirá sus alas para radicarse en Miami.

Otra de las historias que dan vida a una noche tan linda versión escrita es el origen de Anacmer Gómez cabecilla de las mujeres militantes al partido de izquierda y su afán por manchar la reputación de la Beba solo para garantizar la destrucción de las clases poderosas, pero como buen narrador que es Suniaga no se encarga solo de narrar ese episodio, sino ofrecernos pinceladas del pasado de la militante, de su padre fundador y de la raíz de un resentimiento hacia la burguesía que ni siquiera ella tiene claro aunque haya sido una estudiante con honores de la escuela de Sociología de la UCV.

En las anteriores líneas bosquejé las principales acciones y personajes. Ahora bien, lo que atrae de leer a Francisco Suniaga es, desde mi apreciación, que logra engancharnos y sentir que no estamos leyendo, sino escuchando una historia al atardecer en la plaza Bolívar como lo hace el protagonista junto con su amigo el psiquiatra Pedro Boadas.

Siento tanto esta fascinación de la grandeza del acto de narrar porque provoca conocer al autor y contarle nuestros secretos al punto de que los transforme en cuento o novela. En este punto recuerdo que otro personaje, una candidata del Miss Venezuela, ya septuagenaria mientras Benítez la visitaba para contarle un episodio de su vida ligado con el suicidio, cierra la entrevista diciéndole  que lo que provoca es contarle los secretos. Considero que es una forma muy natural de ser, un don que tienen algunos venezolanos… auténtico, sin pose alguna.

Por lo que para mí el hecho de ser margariteño tanto el narrador como el personaje protagonista y los que lo acompañan no crea fronteras, sino que las difumina al representar al venezolano del interior. Ese que mira a la urbe caraqueña con asombro, extrañeza, pero sin miedo alguno porque sabe que su provincia –como gustan de llamar al interior del país los académicos- es protagonista, testigo de una Venezuela más grande, quizá o no más consciente que mira con cautela lo que pasa en el centro y aunque muchas veces se dejó seducir, también ha sido juez ante el oprobio.

Entonces si quieres escuchar nuestras alegrías y tristezas en esta hora oscura como nación, pero desde la belleza o la vanidad te invito a leer Adiós, Miss Venezuela. Te aseguro que saldrán a la luz muchos puntos ciegos de lo que significa la belleza en este país tropical.

martes, 9 de septiembre de 2025

Impresión del libro: Cuentos de dos familias, 2021

 

Impresión sobre Cuentos de dos familias, 2021

 

Federico Vegas/Francisco Suniaga

80 páginas

 

Portada del libro

 

Siete relatos autobiográficos o relacionados con los acontecimientos históricos vividos en determinadas épocas por los autores durante su infancia y adolescencia conforman el libro Cuentos de familia publicado en Málaga, España en el año 2021. Cada relato inicia con una fotografía que para los autores juega un rol fundamental y digamos central en la construcción de la historia.

A partir de lo anterior, ¿una fotografía puede dar rienda a una historia? Claro, para una muestra Estambul[1] de Orphan Pamuk por nombrar a algún libro que llegó de primero en mi memoria. No se me ocurren más, seguro en una semana llegaran otros títulos y da miedo este acontecimiento porque me preocupa que pueda sufrir de Alzheimer, pero lo más seguro es que se deba a mi ignorancia. Es mejor cortar de raíz con esto y no seguir con mis elucubraciones insensatas.

Retorno a los cuentos de Vegas y Suniaga, estoy de acuerdo y cito la contraportada: “Multiplicidad de cuentos que no son estrictamente producto de la actividad literaria”. Entiendo el porqué del argumento, pero qué más literario que la oralidad, cuna de la literatura. Ese arte sabroso de echar cuentos y escucharlos con atención atenuaba la vida, la vigorizaba también al escapar así sea unos segundos de las cruentas faenas del pasado o también ese cansancio que nos mantiene presas en el presente.

En fin, Suniaga es digno heredero del arte de contar y no se reunirá en una plaza margariteña a relatar sus cuentos, pero sí los entrega en formato escrito para que los venezolanos nos veamos reflejados en un solo sentir. Porque podemos provenir de diversas regiones, pero el acto de narrar permanece en mayor o menor medida entre una y otra familia. Esto me remite obligatoriamente con mi historia familiar. A mi abuelo le encantaba echar cuentos a la sombra de la mata de mamón cuando iba cayendo la tarde en una ya lejana Barinas. A mis primas y a mí nos gustaba mucho escucharlo. Sus cuentos eran frescos, graciosos y cargados del terruño como la brisa de la tarde.

Entonces al leer a Suniaga, con esos relatos de familia primero con Margarita Infanta, 2010 y luego en estos cuentos la memoria familiar se honra y se perpetua hacia otros horizontes y fronteras para mostrarle a los que ya no están en el lar nativo, pero que lo siguen con cariñosa nostalgia, lo que somos como país, como imaginario de alegría, de esfuerzo, de bonachonería, si se me permite el término.

Muestra de lo anterior es el cuento “El tío Rafael”, una historia redonda y con final feliz –como nos gustan-. El tío Rafael, aunque muy inteligente, no pudo ir a la escuela desde temprana edad porque su madre, la abuela de Suniaga: Luisa Ramona confío en dárselo a una tía que se encontraba en mejor posición que la esforzada abuela panadera de Su, pero  presupuso mal porque la tía en lugar de ayudarla en darle al niño Rafael un mejor futuro lo enviaba a vender dulces a la escuela. El niño Rafael sabía que tenía un medio hermanito que sí iba a la escuela y aunque este niño, el tío Julián, no tuviera la consabida puya para comprarle un dulce siempre, siempre se lo dejaba. Esto le causaba mucha consternación. Hasta que un día le preguntó a la maestra. Y la maestra sin más preámbulo le contestó: “¿No lo sabes? Él es hermanito tuyo, se llama Rafael”. P. 68.

Cómo no sentirse a gusto y reflejar una sonrisa luego de leer. Quizá yo peque de muy inocente, pero en mi infancia escuché de mis queridos tutes (así les llamaba a mis abuelos maternos de Barinas) historias parecidas.  A todas estas, la abuela se entera de que la tía tenía a su niño como vendedor de sus conservas en lugar de enviarlo a la escuela. Aunque se enteró tarde, pues el niño ya tenía 13 años. Rápidamente dio muestras de que su mamá no estaba equivocada sobre la avidez y nobleza del niño porque aprendió a leer y prosiguió los estudios. A la edad de 31 años egresó de la escuela de Medicina y lo primero que hizo fue enviar a unos albañiles a destruir el horno que tenía Luisa Ramona en el patio de la casa porque de ahora en más su mamá estaría bajo su cobijo y manutención.

 

Los autores: Francisco Suniaga y Federico Vegas

Así como en este relato encontramos la estampa de una persona buena y que se siente comprometida con todo el esfuerzo de su familia, en este caso, de la madre, también estamos ante la representación de la ira. En el cuento “Polvorín” tenemos el retrato de un ser venático. Mató a un hombre y a partir de ese episodio todos le temían en La Asunción. Esta “realidad existencial” narrada por los autores no escapa a esos cuentos de caminos muy típicos de finales del siglo XIX y principios del XX. Recuerdo en especial una ocasión en que una conocida durante mis años universitarios me contó que había tenido un tío que era muy solitario y vivía en un caserío de Capacho porque según las malas lenguas había matado a un hombre, por eso se mantenía alejado y en la mayoría de los días también alcoholizado.

Por lo que en este libro encontré historias tan cercanas, tan familiares en las que bien pueden retratarse a cualquier familia porque sin importar el origen entre unos y otros existen historias comunes y en esas historias entendemos nuestra complejidad existencial. Es el caso del aspecto marital, no del amor, sino del hecho de jactarse de vivir un largometraje -matrimonio- de 52 años con alguien que nunca llegaremos a conocer del todo. Esta arista de la vida también es narrada por ambos autores. Vegas en el cuento “Arnaldo y Antonia”, en resumen, abarca las acciones de un matrimonio con una gran diferencia de edad y sin nada en común a no ser el acta de matrimonio, son aburridos, desabridos, al parecer la huella sin interés que puede tener cualquier familia. Por parte de Suniaga “El amor, a pesar de todo” ese matrimonio largometraje, como es narrado, donde no se escapan las posibles infidelidades del esposo.

Sin duda, leer este libro puede ser el motor para despertar nuestras memorias familiares, una ráfaga de recuerdos que muestran los hilos invisibles que nos mantienen unidos con nuestra venezolanidad independientemente de la región geográfica, de nuestros tíos o abuelos, o del lugar en el mundo en el que nos situemos como venezolanos. Creo que hoy más que nunca es propicio alimentar nuestra memoria con todo lo bueno o malo que nos colige como país.



[1] Desplazado, pero que me mira por el rabillo del ojo por dejarlo a un lado.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Impresiones de lectura de: La sal de ayer, Diego Arroyo Gil

 


222 páginas

Me acuerdo de que yo llegaba al Castillete y tocaba la campana, y de inmediato se aparecía Panchito, un mono que tenía Reverón, y Panchito me abría la puerta. (Se ríe). ¿Tú te imaginas que te abra la puerta un mono? A Reverón le gustaban mucho los toros, como a mí, y le ponía a Panchito un traje de torero. P.53.

Siempre me cuesta salir del placer de conversar. En un gesto que me ayuda a espabilarme, llevo la vista hasta la pintura de Guayasamín, allí donde Margot es Margot y no es Margot, esa pintura donde el rostro de Margot parec atravesado por el teatro de la vida, por el teatro de la vida vivida: esa pintura que es el retrato del personaje de la memoria, el personaje cinematográfico, el personaje que protagoniza esta entrevista de aproximación a Margot Benacerraf. P.150


 

Así como Araya marcó la historia del cine venezolano y latinoamericano, este libro resulta  palmario en mi historia de la lectura. La figura de Margot Benacerraf fue clave para entender la promoción de la cultura en el país, no solo por haber fundado la Cinemateca Nacional en 1966, sino que al igual que sus amigos Miguel Otero Silva, Mariano Picón Salas y otros tantos intelectuales asistió a la llamada de un país que los necesitaba para reconstruirlo luego de la dictadura.

Vi Araya en el 2008, luego, entre las tardes, leí un compendio sobre su vida, titulado Margot Benacerraf, cuadernos de cineastas venezolanos, editado por la Cinemateca Nacional de Venezuela. En el 2019 se publica La sal de ayer, Memorias de Margot Benacerraf, pero llegó a mis manos unos meses atrás gracias al grupo de lectoras al que pertenezco. El 29 de mayo murió nuestra laureada cineasta (a veces me siento incomoda usando tanto adjetivo, pero es que ello sí los merece. Es más, alguien como ella debe divulgarse a capa y espada).

El libro es una entrevista[1] amena, cercana. En la que a ratos pareciera difuminarse por completo la figura del entrevistador para darle paso a la voz de Margot. La deja hablar, a sus anchas y maravillarnos de tantas amistades e hilos artísticos que entabló en su vida. Se inicia por el principio: los orígenes de la familia paterna, su padre, aunque nacido en Tetuán, Marruecos ella lo consideraba más venezolano que cualquiera.

Como buen judío sefardí reunió una pequeña fortuna y asistió al llamado de un tío quien lo invita a trasladarse a Venezuela. Aquí continua unos negocios, regresa por un breve lapso a su ciudad para unirse en nupcias con Sete Coriat, madre de Margot.

Instalados en Venezuela forman una familia. Conforme Margot se hizo adolescente demostró que no sería la típica mujer casadera oriunda de una familia de extranjeros acomodados, pues da cuenta de que disfrutaba  la lectura, el arte. Eso se constaba porque en 1944 obtuvo el primer lugar en un concurso de ensayos auspiciado por el Ministerio de Educación cuando era una estudiante del Liceo Andrés Bello. Años después como estudiante universitaria (1948) ganó otro concurso, esta vez convocado por la Universidad de Princeton.

 En su voz seguimos conociendo de cerquita su vida, una especie de álbum familiar nítido conducido por la memoria de las palabras. La entrevista se pone mucho más interesante después de contarnos la culminación de sus estudios de cine en París -desde su perspectiva, exageradamente teóricos- pues inicia el relato de la experiencia de dirigir a Armando Reverón para el documental de su vida, luego el proceso de creación, producción y dirección de Araya, la amistad y cuasiconvivencia por un lapso de seis meses con Picasso y el proyecto de filmación fallido de La triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada.

Pero conviene expresarles que antes de cederle la palabra a Margot, Diego Arroyo hace, a lo largo del contenido del libro, unas especies de proemios de lo que ocurrirá en las líneas que siguen. Vuelvo con el documental de Reverón. Es, tal vez, una de las partes que más disfrute del libro –y releí- siento un halo de misticismo, de yo no sé qué en torno a Reverón. Su locura provoca fascinación por lo inexplicable, por cómo la genialidad se desliza por las líneas de lo que no es aceptable para el común, para la convención social. Por eso abro otro paréntesis y les dejo entrever más aún mi experiencia lectura para decir que me siento a gusto al respetar, admirar y dar gracias porque hayan existido personajes que hayan podido reconocer el valor del artista, pero también al artista sin pose, sin reclamo de títulos, cuyo único centro y procura de vida fue crear arte, crear discursos que solo busquen conmovernos sea con imágenes, palabras, colores, texturas.

Un alto aquí para expresar que su vida fue un privilegio, quién puede decir que conoció a estos tres artistas juntos y lo más cumbre: los dos últimos querían que dirigiera una película sobre ellos: ¡espléndido!

Debajo de estos primeros planos, tenemos el fondo y el fondo son la cantidad de intelectuales, poetas, cineastas que conoció y no solo de pasada, sino de cerca. Amistades íntimas y sinceras. Yo no quiero seguir contándoles porque quiero que lean el libro, quiero, anhelo que conozcan a esta cineasta, esta verdadera artista quien como el mismo libro relata fue un verdadero genio y figura para la cultura y el arte en Venezuela. Me emociona poder conocer personajes como estos porque alimentan mi ser y no lo digo con ánimo de melosería es que es la simple verdad. Leo y releo pasajes para darme gusto de su vida y quizás tomar prestada y vivir un pedacito de su vida.

Cierro esta impresión debatiendo si les hago una lista de los artistas y e intelectuales con quien entabló amistad, prefiero sembrarles mucho más la duda.  Sí finalizo resaltando otro aspecto especial de Margot. Su índole de investigadora sagaz al acometer cada proyecto de dirección. En el caso de Reveron, se dedicó a hacer un inventario de los cuadros, en vista de la escasa información sobre él. Las pinturas reposaban en los hogares de las familias perteneciente a clase media caraqueña porque al pintor lo veían más como una atracción de domingo cuando bajaban Macuto que por su verdadera impronta de artistas. Para conocer más sobre el artista de la luz recomiendo La obra de Armando Reveron por Alfredo Boulton.

De forma similar ocurrió al dirigir Araya, se trasladó hasta los archivos de Indias en España para conocer a enclave tan importante durante la colonia. Con solo este dato podemos atar cabo y saber que su ars de vida era la creación de imágenes con razón, con fundamento, con sentido y belleza para el espectador.

 Ahora si cierro, con esta cita. No soy conocedora en absoluto de cine, pero sí respeto, respeto mucho al arte y a los verdaderos creadores cuando expresan hechos como estos:

Recuerdo que un productor español que se mostró interesado en el proyecto me propuso rodar en los desiertos de Almería, donde se hacían películas de vaqueros. Yo no podía hacer eso. La Guajira, con todos sus defectos, tiene una magia especial y esa magia no podía sustituirse[2]. El Gabo decía: “Esa película la puedes hacer tú sola con un camarógrafo, como hiciste Araya”, pero eso no era verdad. P. 144.

 

 


Posdata: esta impresión es insuficiente, pero es mi versión de la lectura del libro. Otra cosa, para algunos Margot era una mujer “trancada”, “difícil” a lo mejor entre todo mi edulcoramiento y ensimismamiento si hubiese tenido el privilegio de conocerla, me habría tratado como poquita cosa, le habría parecido un huevo sin sal… aun así sostengo que ella es y será genio y figura.



[1] Al respecto llama la atención que el libro inicia similar a los programas del entrevistador James Lipton en Inside The Actors Studio: ¿Cuándo y dónde nació usted?

[2] La negrita es mía.