Volver a cuándo, (2023). María Elena Morán
159 páginas
No suelo buscar referencias extras como notas periodísticas o artículos
académicos cuando me arrojo a la escritura de las impresiones de lectura. ¿La
razón? Quiero que tengan un talante desenfado, distante de mi función como
docente. Lo que intento decir es que se alejen de una reseña académica y aunque
den cuenta sobre la trama, las acciones, así como las vivencias de los
personajes no se colmen de didactismo sobre cuáles son los elementos que debe
tener la impresión para que en realidad sea una reseña. El lado B de ellas
también tiene que ver con que estas reseñas tienen la intención de ser, de
mostrar mi historia de la lectura y esta no es una historia del país aunque
últimamente los títulos que escojo sean tan referenciales porque son libros
sobre la realidad de Venezuela en formato literatura o la no ficción que
encontramos en la ficción. ¿Para qué? Para entendernos, para entender que pasó
en el país así no sea un documento histórico, sino mediado por el ars narrativa.
Como no es extraño me he dispersado. El motivo de esta introducción es
decir que esta vez sí me vi muy movida a buscar otras fuentes provenientes de
boletines y portales literarios o periodísticos. La lectura fue frustrante,
dolorosa y para describírselas en un tono que se parece a mí: bastante
melodramático porque lloré de irá, de rabia por el país que somos hoy y
sobretodo porque siento correspondencia con lo que expresó Llorens (2023):
También
es un primer paso hacia una conversación muy difícil que tenemos pendiente como
país sobre el por qué no se tomaron en serio las advertencias proferidas a
tiempo, por qué se despacharon tan fácilmente, y qué responsabilidad nos
corresponde a cada uno en esa debacle. (Prodavinci).
De allí que en Volver a cuándo, (2023)
título bastante sugestivo para cualquier lector porque para algunos los podrá
llevar a esa época edénica de esperanza chavista, pero para la gran mayoría (me
incluyo) y con ello lo dicho en la cita supra
por qué no volvemos a cuando había tiempo de advertir, de tomar acciones para
evitar este oprobio, negación, pobreza, escasez, oportunismo, emigración,
desencanto, evasión como país.
Nina, protagonista de la novela, antigua miembro del chavismo está
desencantada con el proyecto de país. Despierta del letargo al ver a su hija Elisa, preadolescente,
malnutrida. Se aventura a Brasil. En una ciudad fronteriza entre Brasil y
Venezuela su campamento es azotado en un ataque xenófobo por lo que inicia un
trajinar para lograr llegar a Porto Alegre, ciudad escogida porque a cambio de
trabajo tendrá pernocta y comida gratis.
Transcurren ocho meses en ese trabajo sin tener remuneración alguna. En un
arranque de ira con el dueño argentino del hostal (aquí se muestran marca de
resentimientos y supremacía entre una nacionalidad y otra) al exigirle sus
derechos, queda en la calle, sin dinero y a expensas de la caridad ajena.
Mientras esto ocurre un Raúl fantasma (padre de Nina, deambula de una lugar a otro
durante la novela) conversa con su esposa Graciela sobre la debacle y
sinsentido del país y cómo no lo pudieron haber visto cuando aún había tiempo y
esta cada vez más depresiva, más hambrienta y más entregada a estar entre la
oscurana (clara simbología de la hora oscura con la que toda la población está
lidiando) de su cuarto pareciera que en cualquier momento se entregara a la
muerte (porque así se sentía el país entre 2018 y 2019 toda una masa entregada
a un suicidio colectivo que batallaba ante otro día más).
Por su parte Elisa, preadolescente
que en el tiempo de la novela va de los doce a trece años y la llegada de la
menstruación se cuestiona su mundo, extraña a su madre, pero lo enmascara con
odio e ignorándola desde los mensajes de Whatsapp. En este tedio que es añorar
reaparece su padre quien desde el inicio se nos muestra como un remedo de
hombre que viene a querer reparar su ausencia de cinco años al convencerla a
irse a Estados Unidos. Ex miembro de alto rango del chavismo ahora busca huir
de un país al que prefiere no ver del todo mientras cruzan La Guajira.
Esas, a grandes rasgos, son las acciones que ocurren en la novela. Hay
otras también importantes que llevan al desenlace, pero quiero cerrar
expresando que hay libros que nos dejan un sabor amargo. Una serie de
sensaciones que habrías querido no vivir, pero las has vivido y eso es lo que
sucede con Volver a cuándo. Creo
entender la razón de muchos venezolanos que van y vienen y sienten tanta
desazón, una relación amor y odio por el país. Es que, desde mi parecer, no
entendemos cómo hemos soportado tanto, todo nos parece un remedo, una mala
broma. Desde los precios exageradamente altos a la negación de que no nos
sentimos mal por ser venezolanos. O mejor dicho un cúmulo de sentimientos
encontrados entre un gran amor, pero que bien sabemos que ese amor fácilmente
no lleva a la rabia porque no hay nada como les ocurrió a Camilo y a Nina.
Quiero cerrar esta impresión con el hecho de que los apagones, la
emigración en masa, la escasez es tan cercana, pero a la vez se parecen a
cuando estamos ante un puesto de control porque existe tensión y oleadas de
expectativa antes de pasar del punto A al punto B porque por un instante
sientes que no vas a lograr pasar y de la nada se abre paso, se atraviesa y se
sigue el camino. Ahora mientras lo escribo siento que no logra capturar la
esencia, pero es lo más cercano con lo que lo puedo asociar.
Temas principales: desilusión, diáspora, frustración, relaciones
familiares, rupturas amorosas.
Al margen de… tejo mi historia
con la lectura
Al igual que una muy querida
profesora me preguntó años atrás por qué insisto en seguir leyendo novelas
venezolanas que nos narran como país, narran nuestras heridas y desencantos.
Porque siento que es lo único que me ayuda a entender la nación y no odiarla
como odio a quienes nos dañaron el país. Sé que odiar es un verbo fuertísimo,
pero también sé que ahora más que nunca hay que ponerles el justo nombre a las
situaciones e incluyo a las emociones y eso es lo que siento. Sin duda tengo
muchos libros por delante que nos narran (sé que tengo una deuda pendiente con
los del lado del oficialismo). Solo puedo decir que estoy en esa tarea. No lo
hago para que se sientan mal. Es que considero algo que debo hacer para
entender al país, hacia dónde vamos y a sopesar mi tristeza y entronizarla con
objetividad.



