lunes, 27 de abril de 2015

¡Esperamos una próxima actividad!

¡Esperamos una próxima actividad!

En cualquier escuela, liceo, universidad o institución dedicada a la formación de personas, el 23 de abril es una de esas fechas de obligatoria celebración (en algunos lugares la obligación se asocia con el fastidio por tener que cumplir con actividades que más que realizarse por gusto, se hace por imposición). Pero me quiero alejar de esa idea porque en esta celebración esa palabra no se ajusta.

Un mes antes, una profesora emprendedora y sagaz (como toda aprendiz de este oficio, no me puedo apartar de los útiles adjetivos –aquí lo he vuelto a hacer-) les propone a sus compañeras, amigas y colegas la participación para llevar a cabo una actividad de promoción de lectura. La temática de este año estaría orientada en el personaje de la literatura infantil Caperucita roja. De este modo, las compañeras proponen diversas lecturas. Unas relacionadas con versiones y adaptaciones de la famosa caperucita. Otras, vinculadas con la narración  de cuentos venezolanos como Tío Tigre y Tío Conejo o de aquellos relatos, que previo a la experticia de estas promotoras, mantendrían a los niños siguiendo el hilo de la lectura. Sin dejar a un lado la dramatización y puesta en escena por medio de marionetas y títeres.

Llega el día del evento. Después de algunos retrasos técnicos y de logística inicia a las 9:00 de la mañana. Una actividad tras otra se desarrolla con normalidad. Solo es necesario percatarse –sobre todo para el ojo de quien esto escribe- de cómo el público recibe cada acto. Por ello al terminar cada uno,  echo un vistazo a los niños, a los protagonistas y motor principal. Se advierte la alegría, el entusiasmo y lo que causa más agrado: corean que quieren otra, otra lectura, otra animación, otra dramatización. En sus ojos encontramos un brillo de acierto porque se demuestra con hechos cómo la lectura es disfrute y camino que abreva en el desarrollo de competencias.

Finaliza la actividad, despiden a los niños con aplausos y sonrisas. Luego, se dedican a dejar el lugar ordenado. Pero entre ellas hay un cambio. Los niños las han contagiado de alegría. Es un regocijo y en ellas se ha sembrado el deseo por no esperar mucho tiempo y volver a leer a un público igual o a otro aún más deseoso de escuchar el don de las palabras.



La transmisión de esa alegría es lo singular de cada 23 de abril, de lo contrario mucho gente no se regalaría un libro y una flor. Por eso espero, al igual que mis estimadas profesoras y compañeras, que el día del libro se adelante porque tanto los niños como nosotras necesitamos las sonrisas que nos brinda el encuentro con las palabras.