¡Esperamos una próxima actividad!
En cualquier escuela,
liceo, universidad o institución dedicada a la formación de personas, el 23 de
abril es una de esas fechas de obligatoria celebración (en algunos lugares la
obligación se asocia con el fastidio por tener que cumplir con actividades que
más que realizarse por gusto, se hace por imposición). Pero me quiero alejar de
esa idea porque en esta celebración esa palabra no se ajusta.
Un mes antes, una
profesora emprendedora y sagaz (como toda aprendiz de este oficio, no me puedo
apartar de los útiles adjetivos –aquí lo he vuelto a hacer-) les propone a sus
compañeras, amigas y colegas la participación para llevar a cabo una actividad
de promoción de lectura. La temática de este año estaría orientada en el personaje
de la literatura infantil Caperucita roja.
De este modo, las compañeras proponen diversas lecturas. Unas relacionadas con
versiones y adaptaciones de la famosa caperucita. Otras, vinculadas con la
narración de cuentos venezolanos como Tío Tigre y Tío Conejo o de aquellos
relatos, que previo a la experticia de estas promotoras, mantendrían a los
niños siguiendo el hilo de la lectura. Sin dejar a un lado la dramatización y
puesta en escena por medio de marionetas y títeres.
Llega el día del evento.
Después de algunos retrasos técnicos y de logística inicia a las 9:00 de la
mañana. Una actividad tras otra se desarrolla con normalidad. Solo es necesario
percatarse –sobre todo para el ojo de quien esto escribe- de cómo el público
recibe cada acto. Por ello al terminar cada uno, echo un vistazo a los niños, a los
protagonistas y motor principal. Se advierte la alegría, el entusiasmo y lo que
causa más agrado: corean que quieren otra, otra lectura, otra animación, otra
dramatización. En sus ojos encontramos un brillo de acierto porque se demuestra
con hechos cómo la lectura es disfrute y camino que abreva en el desarrollo de
competencias.
Finaliza la actividad,
despiden a los niños con aplausos y sonrisas. Luego, se dedican a dejar el
lugar ordenado. Pero entre ellas hay un cambio. Los niños las han contagiado de
alegría. Es un regocijo y en ellas se ha sembrado el deseo por no esperar mucho
tiempo y volver a leer a un público igual o a otro aún más deseoso de escuchar
el don de las palabras.
La transmisión de esa
alegría es lo singular de cada 23 de abril, de lo contrario mucho gente no se
regalaría un libro y una flor. Por eso espero, al igual que mis estimadas
profesoras y compañeras, que el día del libro se adelante porque tanto los
niños como nosotras necesitamos las sonrisas que nos brinda el encuentro con
las palabras.