martes, 28 de abril de 2020

Reseña de la novela La costa de los mosquitos



Allie Fox aborrece el estilo de vida norteamericano. De forma abrupta decide trasladarse con su familia, sin ni siquiera preguntarles, hacia los confines del mundo en una aventura donde no habrá vuelta atrás. Gracias a su estrafalaria e hilarante genialidad construye, en medio de la selva hondureña, un súper goloso de refrigeración que llaman “Niño gordo” tan innecesario como superfluo; gran ironía porque si odia el American way of life en todo momento busca comodidades para evitar cualquier indicio de salvajismo, como él le llama.
Este es el planteamiento de la novela La costa de los mosquitos publicada en 1981 para el sello editorial Andanzas y en 1997 para Fábula Tusquets Editores por Paul Theorux conocido por sus libros de viajes, en el especial El gran bazar del ferrocarril. Desde mi perspectiva, el protagonista en la novela se lleva todo el mérito. Más allá del guiño con Robinson Crusoe resulta muy quijotesco porque Allie es un idealista; procura el bien para el mundo, pero detesta sus avances y la civilización que los ha desarrollado.
De allí la ironía, al tener la capacidad de ver lo que está mal en el mundo –desde la óptica de Allie Fox casi todo- y a la par reír a cada instante a costa de los reveses de este hombre que parece un niño caprichoso que siempre quiere ser el centro de atención, comenzando por su familia para quienes es palabra sagrada todo lo que dice. Al respecto su esposa no hace más que alabarlo, su hijo mayor se queda entre embelesado y asustado y sus gemelas lo adoran por cada invención. Al respecto:
Yo no hice esa silla ni fabriqué el masajeador de pies para retirarme con cincuenta mil dólares. Lo hice por el lumbago y el dolor de pies, y, si de paso puedo aliviarle a alguien el dolor, mejor que mejor. Así soy. Pero usted quiere engañar al mercado y hacer oro eso no es hacer negocios eso es robar (…) usted estuvo muy frío con mi heladera. (p.47-48).

Aunque los diálogos directos otorgan mayor verosimilitud a los personajes, la obra está narrada desde la perspectiva de su hijo mayor Charley quien es el testigo de los cambios que poco a poco se van produciendo en su padre hasta convertirse en una aventura, en efecto, comandada por un loco que sin querer ocasiona el declive de su familia: los niños desnutridos y piojosos; en harapos y sin un hogar certero.
Cabe mencionar que durante la lectura me la imaginaba como una película. Luego al indagar sobre una posible producción me encuentro que hubo una versión en 1986 protagonizada por Harrison Ford. Aquí les incluyo el enlace del tráiler  https://www.youtube.com/watch?v=UtW_Y9M8HhE bien valdría la pena echarle un vistazo a ver cuánto queda del estilo del autor.
Volviendo al hartazgo del protagonista por el consumismo exagerado en su país, este aspecto hace que sin darme cuenta los últimos libros leídos guarden similitud. Quizá se debe a que algunas tramas son el resultado de la pugna con el estilo de vida actual. No quiere decir que debe desecharse y dar un giro drástico, pero tiene que ser una razón de peso por la que buena cantidad de tramas  así son el motor de arranque para iniciar una historia. El cambio para Allie fue trasladarse a la selva inhóspita, pero para la civilización tal vez no sea posible un vuelco total y solo quede consolarse entre las páginas construidas desde la ficción. Asimismo, no busqué que guardaran ningún nexo porque quiero que estas lecturas las marque el deleite, pero detrás de esa intención naif se esconde el hecho de entender los síntomas de una época. Al margen de las teorías conspiratorias que pululan como moscas, los autores posiblemente intenten  explicarse –desde la ficción- por qué nos estamos ahogando en este mar de locura, hacía dónde vamos, cuál es nuestro destino porque lo que sí es cierto es que llegamos a los excesos y estos son el terreno para la irracionalidad como la que cobró la vida de Allie.
 
Porta del libro

lunes, 20 de abril de 2020

Reseña de Carpe Diem, Saul Below

Carpe Diem

Cada vez estoy más convencida de un verso y canción de Sabina: “Nacido para perder”. No quiero que se me malinterprete, no se trata de victimizarme (se), pero es que hay personas que se les hace tan difícil alcanzar su sueños y no me vengan con que les ha faltado trabajo. Este es un poco el argumento de Carpe Diem, en el cual su protagonista: Wilhelm al haber vivido cada día como si fuese el último, termina preocupado por una vejez que está a la vuelta de la esquina y encima timado por otro mucho mayor que él deambulando por el bulevard de los sueños rotos…realmente no, pero sí en medio de  calles con mucha similititud: las calles de Nueva York.
Las acciones de la novela transcurren en apenas un día, pero por medio de un narrador omnisciente conocemos muy de cerca  la vida de Wilhelm, de estudiante promedio, actor figurante a trabajador y hombre de familia en bancarrota. Porque su gran preocupación es el dinero, cómo  hacer dinero, qué hacer para tener, pero no poco sino lo suficiente para quitarse a su ex¬-esposa del camino y todas las deudas. Pareciera que en cualquier momento el hombre estuviera a punto de sufrir un ataque cardiaco. Él mismo admite que su vida ha sido un puñado de malas decisiones, pero solo quisiera tener una ayuda, un rescate financiero de parte de su padre, el doctor Adler. No obstante, se niega rotundamente mientras lo único que hace es exteriorizar por medio de un monologo interno todos los defectos de su hijo. 

¿Será que hemos entendido mal esta consigna del Carpe diem? Nos juzgan si somos unos sibaritas, pero nos reprochan, también, el hecho de no poder hacer un alto si se vive trabajando hasta el fin? La clave es el balance, pero ese balance es una gran estratagema. Por eso esta novela parece tan actual aunque se publicó en el 50 del pasado siglo. Esto permite entrever que de forma muy, pero muy lucida el autor ya sabía cuáles iban a ser los grandes problemas de esta oprobiosa modernidad, pero en la que no nos queda otra que aprender a vivir. 

sábado, 18 de abril de 2020

Edén, vida imaginada por Alejandro Rossi


La ficcionalización de la infancia en la literatura venezolana es escasa, pero sus notorios representantes han sabido mostrar el imaginario de vida durante los primeros años (Mariano Picón Salas con Viaje al amanecer, Memoria de mamá blanca por  Teresa de la Parra y Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios). Un imaginario descrito por una naturaleza acogedora, abundante y bonachona; amigos fieles y padres cariñosos que reguardan el pasado como un bien muy preciado.
Pero una cosa es mostrar el paraíso de los primeros años sin antecedente alguno, es decir, sin interferencias de las reminiscencias del autor –aunque esto no es del todo cierto, pero no es ocasión de polemizar sobre tal asunto-. En todo caso, la variante más común es utilizar las memorias personales para engrandecer un tiempo en el que todo era apacible y con la esperanza de un mundo mejor. Un ejemplo es Margarita Infanta, del escritor margariteño Francisco Suniaga. En ella el cine, la plaza, el patio, el salón fotográfico son los espacios en los que transcurre una familia como cualquier otra de la isla, pero que bien puede referenciar a un país entero.
Dentro de esta categoría tal vez sea posible incluir la novela Edén, vida imaginada del escritor italiano nacionalizado mexicano, pero de madre venezolana y con una estancia durante su niñez en nuestro país. En este obra opera un caso curioso que me permito llamar infancia cosmopolita. Aunque Francisco Massiani haya descrito la clase media juvenil influenciada por una venezolana moderna que deambula entre supermercados, cafeterías y centros comerciales, no había habido ocasión de asomarse a una infancia lujosa con viajes a Europa y al sur del Continente Latinoamericano.
El niño Alessandro, Alexander o Alejandro –tal variedad en la escritura del nombre proviene precisamente de sus estadas y el lugar de origen de los padres- desde muy temprana edad tiene un pasaporte envidiable. Por sus viajes nos conduce con una sonrisa inocente, pero también llena de picardía ante acontecimientos que son un lugar común en las historias de la infancia, pero que no dejan de entretenernos, así somos testigos fieles de la confesión de su amor a la Beatrice que le roba el sueño, la preocupación por aprender y declamar 116 versos y así ganarle al sabihondo de la clase y las miradas entre inocentes, escrutadoras e impúdicas a su madre, tías y primas mientras se desnudan sin percatarse del infante.
En suma, Rossi ofrece un retrato de la infancia aderezado por  lujos, celebraciones y viajes de una clase privilegiada. No todos nos podemos jactar de haber tenido un padrino diplomático en Europa y que en ocasión del nacimiento del ahijado comprará estatuas de mármol de Carrara para adornar la casa, una finca rural alejada de Caracas.
La vida de un reducido sector: la clase alta venezolana de la segunda mitad del siglo XX.
 Un pasado privilegiado y pretencioso no puede guardar mucha relación con la niñez de la mayoría. No obstante, la forma de rescatar esas memorias así como los episodios narrados bajo el cristal de la inocencia hace que mucho  se sientan identificados.
La mayor satisfacción de haber leído este libro es la capacidad de poder trasladarme a mi infancia, a esos momentos de dicha jugando en el patio con mis primos en una ya muy lejana Barinas y Mérida. Sin duda, la memoria puede ser un agobio, pero si sabemos qué rescatar siempre será una herramienta beneficiosa y de escape para situaciones de agobio.

jueves, 16 de abril de 2020

Leonora


Poniatowska, E. (2011). Leonora. Editorial Seix Barral: Barcelona

No suele ser común, pero a veces nos sucede. A decir verdad escasean estas ocasiones, pero cuando llegan sentimos que vale la pena, realmente vale. Este libro lo leí entre noviembre y diciembre de 2019. Me hubiese encantado que la lectura hubiese sido de un tirón. Todo lo contrario fue lenta, de a sorbos. No obstante, creo que así la disfruté mucho más y volví a sentir un reconocimiento entre algunos pasajes del libro y mi vida, aspecto que para mí era imprescindible cuando me inicié en el mundo de los libros. Por eso expresé al inicio del párrafo que sentimos que es muy poco frecuente.

Se trata Leonora, una suerte de excelente novela biográfica publicada en el año 2011 (3 edición) por Elena Poniatowska. Hace años, cuando fue nominada para el premio Nobel intenté leerla, – escogí para ese momento La piel del cielo-   fue imposible pasar de las 30 páginas. La dejé a un lado para cuando tuviera madurez o simplemente la obra llegará de nuevo a mí.
Ahora bien, ¿de qué va Leonora? Cuenta la vida apasionada que muchas mujeres desearíamos tener y quizá la lleguemos a tener solo que no nos percatamos de esto hasta ya bastante tarde. El libro está compuesto por 56 capítulos, pero al terminarlo, preferí establecer 5 apartados sobre los que  puede reunir tan singular vida.  
La primera abarca su infancia y adolescencia, la segunda su viaje de estudios artísticos a París en contra del padre y costeados por su madre. La tercera el loco y apasionado amor con Max Ernst entre la capital parisina y la campiña francesa en pleno estallido de II Guerra Mundial. En la cuarta vivimos los episodios en los que escapa de Francia con ayuda de una amiga y es recluida en un horrendo psiquiátrico, razón que marcará un antes y después. La quinta y última parte se sitúa en España, los amoríos con el mexicano para después partir a Nueva York, casarse y así girar el timón a México donde fijará residencia hasta el ocaso de su vida, contraerá segundas nupcias, tendrá sus hijos y será muy prolífica en su actividad creativa (escultora, pintora, escritora).
Al terminar de escribir el párrafo y hacer la lectura noto que tal vez la vida no fue tan excepcional. No se debe a las acciones del libro, sino a mi forma de sintetizarles el libro, en suma, mi  desabrido recuento, pero necesarísimo.
Ahora bien, lo que sí es determinante en esta obra es la pasión que destila –precisamente eso es lo que le falta a mi escueta reseña: pasión- Pasión por como son narrados los episodios y pasión de vida corporeizada en la Carrington. No podía ser para menos en una mujer que se codeó con los surrealistas, conoció desde muy pequeña las claves del buen vivir, y amó, amó apasionadamente hasta el punto de que pueda establecer una geografía del amor: primero en Inglaterra y su amor por los caballos (reconocimiento de la identidad animal que deja entrever su lado independiente y salvaje). Luego en París y su amor por el arte hasta sucumbir a los terrenos del amor carnal, del amor ciego hacia el excéntrico, seductor e irreverente artista alemán. El amor como refugio y salvación con el diplomático mexicano y el amor que crea vida con el polaco también en México. Finalmente, el amor a los hijos: concreción de todos los amores y más. Entre Europa y el nuevo continente se hilvana esta ars de vida que para intenta mostrar todo lo que es posible hacer como ser humano en virtud de estar aquí plenamente.
Admirable por su visión de artista, pero mucho más al haber sabido reponerse ante las vicisitudes de la vida…nada fácil tuvo que haber sido estar en un sanatorio y aún así se deslastrarse definitivamente de la figura paterna –aunque ella misma haya reconocido que muy en el fondo tuvo pudo haberse debido a vivir huyendo del padre- Fijémonos que está presente un padre castrador así ella haya sido mujer. Una mujer que bien se puede liar, en parte, con Diana cazadora; libre, independiente…indómita y sobre todo capaz de ir en contra de todos los cánones de la sociedad.
Era muy fácil haber sido sumisa y quedarse en casa, dejar que le escogieran el mejor pretendiente mientras pintaba “cuadritos” para el entorno, pero hizo todo lo contrario porque el reclusorio mental habría sido de por vida y pudiera haber muerto sin ni siquiera tener “un cuarto propio”. Una de las premisas que le confiesa ya en la última etapa de su vida a uno de sus hijos. Toda mujer debería preocuparse por tener, al menos un cuarto propio. No es otra cosa, tal y como ya lo había dicho Virginia Wolf, junto con ser independiente económicamente hablando, procurar tener una voz.
Fue en contra de la educación sentimental establecida para la época para dejar una lección de vida a todas las mujeres. Hoy cuando parece haber un despertar en la lucha por los derechos de mujer, leer esta novela nos hace consciente de tantísimos aspectos, pero de uno particular, posiblemente no se trata de gritar, de hacer ruido para conseguir la anhelada independencia, sino de trabajar en lo que realmente se desea, así no esté bien para muchos.
En pocas palabras, levantar la voz en silencio así para muchos sea una verdadera contrariedad porque en el silencio los pasos cobran más fuerza.