martes, 28 de abril de 2026

Un viaje que marcó un viaje: El medallón perdido

 

El medallón perdido, 2001

Ana Alcolea

174 páginas


La narración sobre un viaje da cuenta de un traslado reciente, pero el de esta historia surge como una aventura para pasar las vacaciones del colegio y encontrar un medallón que más que un simple objeto, actúa como la transición en la forma de ver la vida. Por el contrario, mi viaje es un cambio de vida. Entonces, el desplazamiento en la novela funciona como una buena forma de tranquilizar mis miedos, mis expectativas, mi dolor de no poder ser más fuerte ante cualquier resquicio de la vida, de siempre tener que estar victimizándome.

¡Alto ahí! No demos rienda suelta a la tristeza y regresemos a las páginas de la novela. Benjamín, protagonista de El medallón perdido ha terminado el tercer año de la ESO. Recibe una visita de su tío paterno, quien lo invita a pasar las vacaciones cerca de Libreville, capital de Gabón. Lugar donde su familia paterna tiene una finca de explotación forestal.  El negocio es exitoso además de ser innovador por las técnicas de conservación de los suelos. Razón por la que han recibido importantes premios en Europa.

--Agradezco que la gente me sonría. Acaba de pasar una señora caminando por el parque cerca de donde me estoy quedando y mientras camina rápidamente para no perder el ritmo me saluda y sonríe. Estoy muy agradecida por los gestos de amabilidad, pues son los únicos abrazos que he recibido desde que llegué el pasado primero de abril. –

Benjamín, instalado en la finca paterna, deja de ser el adolescente promedio de una capital y sale a explorar el mundo, come sano y aprende a ver lo otros desde la óptica que otorgan los viajes y el cambio de ambiente. Hasta aquí debo decirles que hay un motivo central por el que Benja decidió viajar a Libreville: encontrar un medallón. El importante amuleto se perdió en el aparatoso accidente que cobró la vida del padre hace cuatro años. Quiere que el amuleto sirva como vestigio, como presencia de su padre, aunque haya fallecido.

El amor también es el motor de la novela. En Libreville pronto olvida a Almudena ya que una hermosa, enigmática e inteligente chica: Sandrine, lo invita a explorar la tierra indómita y conocer los secretos detrás de una cascada.. Entonces, Sandrine ayudará a propiciar el cambio de impresiones, pareceres y modos de vida del joven. Viven aventuras como vasi ser mordido por una serpiente, distinguir plantas venenosas y casi ser aplastados por un asustadizo elefante.  Los sentimientos de amor por Almudena se confunden hasta desplazarseo de una citadina frívola y materialista a una chica conectada con lo ancestral. 

Otro atractivo de esta novela juvenil es la otredad. No solo de la naturaleza, de lo primigenio, sino de las tradiciones, la diversidad de las etnias al narrar algunos ritos y costumbres, pero desde la mirada respetuosa casi fascinada del extranjero que quiere aprender y entender que en la variedad está la clave para ser mucho más comprensivos y respetuosos unos con otros.

Deseaba que su espíritu entrase dentro de los espíritus del bosque. Asistió a varias ceremonias del bwiti y participó en una de ellas. Llegó a comer la madera sagrada y cumplió con los requisitos de la primera fase de la iniciación. (p. 94).

El valor por la lectura también tiene presencia. Benjamín y su madre son ávidos lectores. Todas las noches, antes de acostarse a dormir leen para conectarse con otros a través de la ficción. Producto del hábito, le pregunta a su tío si es lector y ante la sorpresa porque en la casa de Libreville no hay ningún libro. Entonces su tío le expresa que ha leído pocos libros, aspecto que descoloca a Benjamín, pero pronto entiende que se puede llegar a ser sabio no solo por las páginas de un libro. Hay otros placeres como la música o leer el mundo y la naturaleza por las que se puede conocer de todo y todos, pero la clave, más que conocer, es comprender y respetar. El mismo narrador a través de Benja lo expresa:

Entonces empecé a comprender que se podía ser sabio sin ser lo que llamamos un intelectual y ser un perfecto zoquete habiendo leído toda la Biblioteca Nacional. Seguramente, la sabiduría nacía de reflexionar y de vivir, en el verdadero sentido de ambas palabras. (p.47).

El medallón perdido resulta una muy buena opción para una lectura sencilla, pero con grandes aprendizajes. Lee, lee sin riesgos. El único riesgo será comprometerte más con tu camino de reflexión y entendimiento de los otros.

Posdata:

Los libros y los lugares cobran un significado más real, auténtico cuando visitas los espacios que allí se narran. No soy afortunada de conocer África, pero la historia narrada inicia en Madrid, lugar de mi llegada. No sé cuánto tiempo estaré aquí, no sé si tendré la fortuna de lograr establecerme, pero cada día hago el intento por conocer y entender qué significa este viaje para mi vida. Cuál es el lugar que ocupa en esta vida llena de derrotas y no es ser pesimista, es la verdad. Cuando se narra el pasaje de Benjamín sobre la cantidad de libros leídos y lo compara con todos los libros existentes en la Biblioteca Nacional y pude estar frente a ese recinto, una lágrima de alegría bajó por mi rostro. Jamás imaginé que podría conocer ese lugar y tengo la fortuna de pasar por él, recorrerlo. Por eso definitivamente los lugares cobran matices muy intensos una vez los conoces después de haberlos leídos. Otra gran fortuna entre todas mis derrotas: intento ser lectora. Y ser lectora es una tarea hermosa, envidiable y singular.

 

 

 

martes, 27 de enero de 2026

Impresión de El corazón de las tinieblas

 

Viajemos a la espesura de El corazón de las tinieblas

 1899

Joseph Conrad



Enrumbarse a tierras desconocidas supone muchos desafíos. En este cuento se describe la transformación de un hombre virtuoso a uno aterrorizado y poseído por la locura. En su lecho de muerte apenas alcanza a proferir: “el horror, el horror”.  El corazón de las tinieblas fue publicado en 1899. En este cuento, considerado por algunos novela breve, se percibe cómo la mirada europea se confronta con un continente donde la naturaleza parece corporeizarse hasta doblegar a individuos ejemplares en seres deplorables.

Desde el principio el ambiente es el protagonista. En la goleta Nellie parten del Támesis con dirección a tierras africanas.

 Solo la penumbra al oeste, rumiando desde las alturas, se hacía más oscura a cada minuto, como enfurecida por la proximidad del sol. Y por fin en su imperceptible parábola, al sol acabó de hundirse y del resplandor blanco pasó a un rojo sobrio que no emitía rayos ni calor[1], como si estuviera a punto de apagarse, ahogado a manos de aquella penumbra morosa que se alzaba sobre las multitudes de la ciudad.

 

Los marineros, entre ellos Marlow es un veterano. Su vida ha transcurrido entre los mares y ríos del continente africano. Es uno de los tripulantes de la goleta. Gracias a él conoceremos paulatinamente la historia del señor Kurtz. Similar a una muñeca rusa avanzamos en la trama. Solo nos damos cuenta de la estrategia narrativa hasta bien avanzadas las acciones pues, así como no hay vuelta atrás en el barco tampoco en el hecho de conocer el destino del señor Kurtz, quien se desempeñó como administrador de la compañía. Sobre él se enviste un aura de incertidumbre. En primer lugar, porque no aparece en el relato, sino hasta el final. En segunda instancia porque otros personajes de relleno tienen una opinión muy honorable. En el caso de Marlow la sombre de la reputación crece tanto que la curiosidad lo asalta cada vez más:

Tenía tiempo de sobra para meditar y una que otra vez me ponía a pensar en ese tal Kurtz. No es que tuviera especial interés en él, no. Pero sí tenía curiosidad por ver si este hombre, que había llegado al país equipado de ciertas ideas morales, conseguiría escalar a lo más alto después de todo, y cómo desempeñaría sus funciones una vez que ascendiera hasta allí.

Detengámonos en las suposiciones del marinero. Con el condicional “si” junto con la frase: “había llegado al país equipado de ciertas ideas morales, conseguiría”; objeta, pone en tela de juicio la ejemplaridad del hombre. ¿Por qué razón? Porque él sí conoce esas tierras y sabe, de primera mano, cómo corrompe a los seres, cómo los convierte en un espectro o los deja en la nada. Y es debido a este mecanismo de saber del otro que puede entender la transformación del honorable administrador de la compañía.

Líneas arriba había mencionado el carácter esencial del entorno: la naturaleza engulle a los hombres y los habitantes son solo vasallos de ella. Expreso esta razón porque no estoy de acuerdo en el planteamiento de algunos críticos sobre la idea de que el autor haya degradado a los africanos porque no les confirió voz ni acciones. Para mí es plausible por el semblante desolador que debía tener la naturaleza no solo en el hombre blanco, sino en todos los hombres sin distinción de color de piel debido a que si la naturaleza es tan amenazante se debe a la venganza por la posesión indebida de los recursos de la tierra: para efectos de la narración es el marfil. Asimismo, se ratifica porque era un camino creíble para un autor europeo del siglo XIX.

 Creo que leer el cuento es clave para todos aquellos que quieran abrir la puerta de la literatura que aborda la colonización. En nuestro continente existen ingentes estudios al respecto, solo que África se asoma como un tema muy lejano, pero a diferencia de lo que muchos puedan pensar, sí se pueden establecer redes para entender el pasado de dominio europeo por sobre otras poblaciones no solo la americana.

 Leí este libro impelida por múltiples blogs de viajes que muestran al continente africano como una tierra tan desconocida, tan inmensa precisamente por la naturaleza indómita. Creo que cuesta mucho entenderla, pero creo, también, que ha faltado paciencia y dedicación para entender un continente que solo ha sido expoliado y rara vez recibe mérito alguno. Solo es noticia por la violencia de los levantamientos de los caudillos vehementes de turno. ¿Esa violencia es la naturaleza que reclama la deuda que tiene la historia? ¿Esa violencia es la necesidad de perdón, verdadera reconciliación y comprensión? Siento que la balanza gira hacía esa acción. Hoy más que nunca cuando se siguen asomando situaciones de supremacía de una nación ante otra. Los pueblos no han aprendido la lección. Por eso Marlow como narrador pareciera apreciarse tal cual como si lo observáramos con unos binoculares: a ratos delinea bien la historia, en otros nos la muestra desde la distancia.

Al margen y en el margen de la lectura

Algunas películas se han inspirado en El corazón de las tinieblas. Es el caso de Apocalipsis Now cuyas acciones se despliegan en la Guerra de Vietnam del director Francis Ford Coppola en el año 1979.   Otro caso es en 1990 cuando Román Chalbaud dirigió El corazón de las tinieblas versión inspirada en el cuento.



[1] La advertencia de que la oscuridad será lo que los recibirá en el horizonte, en la llegada.

miércoles, 21 de enero de 2026

La elegancia del erizo: impresión de lectura

 

La elegancia del erizo

Muriel Barbery

364 páginas

Editoral Seix Barral

 


La sensación de vacío, pero a la vez la satisfacción por haber terminado el libro. Más que terminarlo por el hecho cumplir el requisito individual, es la apropiación de las emociones, los sentimientos de los personajes conforme se desarrolla la trama. Es momento de llorar, pero con el llanto sabroso en el que resbalan las lágrimas como goterones de una lluvia torrencial me arranco el dolor, la tristeza y el cansancio. En suma, se libera lo necesario con la prosa de la novela.

Yo quisiera quedarme siempre en esa estación de vida. Esa que tiene lugar cuando terminamos un libro y el alma siente regocijo, placer porque cada palabra leída fue un bálsamo espiritual. Insisto: no es con el objeto de acumular un corpus de lectura, sino es por la conexión absoluta con el libro. La compañía que he recibido de los libros reafirma el hecho de que mi soledad cobra sentido para poblarlas con palabras.  Por último, diré que lloré como tenía días que no lo hacía. No crean que leo como terapia, pero sí como refugio.

El refugio apacible de las líneas que no buscan y sin embargo me encuentran y me sostienen. Hacen liviana la vida a ratos porque me regalan tanta vida (con dichas y desdichas) solo puedo agradecer porque siento que las palabras me escuchan y me dan la bienvenida. Me dejan estar, así como René dejó estar a Paloma en su recibidor.

Ahora bien, iniciemos con la impresión. La literatura cuenta con grandes historias sobre la amistad: Don Quijote y Sancho Panza; Frodo y Sam; Jo, Meg, Beth y Amy; Harry, Ron y Hermione y muchas más que no conozco, no he leído o mi memoria constantemente me juega malas pasadas y no recuerdo. En La elegancia del erizo la amistad teje los hilos de la trama. Rene Michell entabla amistades sinceras cuando es una quincuagenaria. Entre Rene y Paloma se creará una conexión tan sincera que muchos de nosotros solo podemos anhelar.

En la portería del número siete de la calle Grenelle, Rene ejerce el cargo de portera.  Cumple las funciones desde hace más de veinte años, para muchos de los habitantes del edificio pasa inadvertida y no es más que una señora mayor. Asume formas parcas y hurañas en las áreas comunes del recinto con el firme propósito de mantenerse en la clandestinidad como ella lo expresa. Mientras que dentro de sus sesenta metros cuadrados escucha música clásica, lee y relee a filósofos y escritores de renombre universal, reflexiona y debate con León, su gato sobre las clases sociales, la política y ve cine de autor. En suma, sabe apreciar la belleza porque despliega un conocimiento profundo y bien fundamentado sobre el arte.  Como guinda del pastel en sus tiempos de ocio visita museos y bibliotecas frecuentadas por un reducido grupo de académicos e intelectuales.

Saltan a la vista las razones para, si bien no desaparecer, sí querer no ser determinada por el grupo de familias adineradas, que por no querer o poder ver más allá de sus narices, en la mayoría de los casos, se les olvida mantener la cortesía, la elegancia y la educación de la clase a la que dicen pertenecer. Entonces, no habrá algún cambio entre sí Rene es educada o no, esos individuos siempre querrán mantenerse al margen y mostrar la autoridad ante un cargo menor.

Paloma vive en el mismo edificio, pero unos pisos arriba. Es una preadolescente de doce años. Sus padres y hermana viven en un castillo de cristal, jactanciosos con el dinero y abolengo, pero cada uno ensimismado en sus vidas de cenas en los mejores restaurantes, citas al psicoanalista, celebraciones y visitas al geriátrico aséptico, al contar los días para que la matriarca de la familia les dejé la herencia. Como resultado y para perjuicio de Paloma se esconde de todos en cualquier resquicio del apartamento con el único fin de poder leer y escribir, pero ha decidido cometer suicidio. Elige una fecha: 16 de junio. 

Hasta aquí, no me he bifurcado del tema. Solo quiero proporcionar contexto sobre las protagonistas y hacer un compendio de sus vidas. Y en esas acciones aún ninguna se conoce, pero son bastante similares: René se ampara bajo la clandestinidad para no ser vista por ningún habitante del recinto. Paloma se cuela por los recovecos del piso familiar para tener el menor contacto posible con su familia porque ella llegó a la conclusión de las diferencias que poseen. Los ha analizado hasta el punto de sentir un hastío mesurado.

La llegada de un nuevo propietario marcará un vuelco en la rutina. Gracias al acontecimiento, pronto Paloma y Rene se percatan del lugar que ocupa la otra. Quiero decir, ambas saben quién es cada quien, pero con la mudanza del señor Kakuro Ozu las dos experimentarán la verdadera amistad. Así como el reconocimiento en la otra, hasta el punto de ver lo que está oculto y descifrar un trauma que parecía sepultado por el tiempo.

En cuanto a la narración, es propicio mencionar que la primera persona permite obtener un panorama fidedigno de la vida en el edificio. Más aún estar enganchados desde el principio de la novela. Hay sinceridad, credibilidad en los personajes. Es el caso de Paloma, en efecto, sentimos el drama de una preadolescente alienada por sus padres porque no se parece a ellos. Similar a lo que ocurre en Matilda de Roal Dahl.

Rene, quien con sagacidad ha preferido ocultarse bajo el manto de la dureza. De allí la comparación con el erizo, establecida por Paloma. En esta asociación denota y connota por medio de la frase. La superficie en punzante. Una vez esa capa se ha obviado aparece la elegancia, la delicadeza que esconden un erizo. Y en ella son las cualidades de una verdadera intelectual.  Prefiere ser clandestina para evitar la apariencia y excentricidad de ser comparada y mofada por su cargo sencillo. Su ser le dicta que se evitará muchos malestares al dejar que la gente vea lo que demanda su cargo porque en la medida de cómo veamos a los demás, nos vemos nosotros.

Ella sabe apreciar la belleza del arte, la belleza en el interior de las personas como la del habitante de la calle. Él, al igual que muchos indigentes no le hacen daño a nadie, pero todo el mundo le teme sin saber que es un veterano de guerra y encomiable lector. O la belleza de Manuela, doméstica portuguesa, quien Rene sí considera una aristócrata, pero sin riquezas.  Por eso la novela me ha hecho pensar en el mal que tienen las etiquetas al otorgar un lugar en el mundo que muchas veces puede ser errado. Bien es sabido que todos somos más que un nombre, una profesión, un rol… una etiqueta. Es precisamente la mofa de Paloma hacia su mamá y su hermana porque para ellas prevalece el status.

No alabo a la novela porque los personajes sean intelectuales, inteligentes y nobles. Virtuosos en palabras de Aristóteles. Solo que enaltezco la construcción de los personajes porque saben tratar a los demás y tiene un buen dominio de sí mismos. Ellos se conocen y como se conocen van sin adornos por la vida y solo entablarán verdadera amistad una vez que se han reconocido. ¡Qué gran lección es para mí! Como dice el narrador en voz de Paloma, parafraseo el enunciado: en la verdadera búsqueda de los siempre en los jamases. Hoy fue un inicio de día triste, pero al estar garabateando estas ideas, me reconcilio con el hecho de que también puedo iniciar esa búsqueda.

Al margen y en el margen de la lectura:

Referencia a piezas y compositores del género clásico como Henry Purcell con Dido y Eneas, pieza que escogí para musicalizar esta impresión. El Réquiem de Wolfang Amadeus Mozart. Junto a lo anterior también menciona y debate sobre los maestros de la pintura. En especial el quatroccento italiano. Asimismo, discuten sobre las obras de Veermer, Peter Clasz, Willen Kalk, Eduard Hopper y Van Gogh. No puedo dejar de mencionar a los clásicos de la literatura en particular a, ya lo dije, Léon Tolstoi.




 Es por el inicio de Ana Karenina:  "Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo" en boca de Rene que Kakuro se da cuenta de que no tiene al frente a una simple portera. Sin dejar de mencionar el cine de autor con Las hermanas Munakata y mucho más actual La caída del Octubre Rojo. Sin olvidar a Eminem, no es autor o director de cine, pero con él quiero terminar la oración. Todas las referencias mencionadas hacen que sin duda pueda ser una novela para un público culto, pero también para cualquier lector que se ocupe de buscar esas referencias y enriquecer su arsenal de vida con cultura y códigos del arte.



Lo anterior me hace rescatar el hecho de que somos salvajes o civilizados dependiendo del ojo de quien nos mira.

Para finalizar, hace algunos años leí Rapsodia gourmet y no logré prendarme. Pese a esto, reconocí a un personaje de esa novela que aquí aparece: Pierre Arthens, crítico culinario y habitante del número 7 de la calle Grenelle. Otra razón por si quieren entregarse a la trama de esta autora.

miércoles, 14 de enero de 2026

Impresión de Eugenia Grandet, Honoré de Balzac

 

Un reencuentro con la novela realista: Eugenia Grandet

Honoré de Balzac

1833

153 páginas

Edimat Libros

 


El reencuentro con la página en blanco después de haber seleccionado los libros que leería en diciembre y establecer los tiempos de lectura. No ocurrió así, sino que salí, paseé, comí, hablé, vi películas y series. A ratos leía a ratos no. Conseguí trabajo, Un trabajo que me permite leer, pero no literatura. Así que a dedicarse a leer artículos para ver su estructura y proponer formas de lectura y diálogos que inviten a esas personas a escribir, a proponer ideas, pero bueno este ejercicio de decantar ideas tiene el fin de soltar la mano y llegar a escribir la primera impresión del año.

Eugenia Grandet es una novela realista publicada en 1833. La historia, a través de veinticinco capítulos, da cuenta de la vida de una joven sencilla. En medio de un hogar donde las diversiones oscilan entre asistir a misa los domingos y las veladas nocturnas para jugar a la lotería en compañía de la familia y los conocidos del padre. El antagonista es Papá Grandet, un extonelero de vino que gracias a su talante avaricioso ha cosechado una fortuna inimaginable para los allegados -o quizás sí están enterados de su riqueza equiparable a la de Rico Mac Pato-. Conforme pasan los años su anhelo por más dinero no se detiene, razón por la cual se torna mucho más austero con su familia y todos los que lo rodean.

Acciones como no encender la chimenea, evitar cualquier lujo para la casa y comer de la forma más frugal tejen la vida en la casa de los Grandet.  De esta forma, Eugenia y su mamá, otra mujer que ha sabido amoldarse a las formas de su tacaño esposo, son pacientes, amorosas pero, sobre todo, por su buen semblante y pasividad cumplen los dictámenes de su esposo hasta que un acontecimiento inesperado viene a ocasionar un sobresalto en su modus vivendi.

Hasta aquí el recuento de la trama podría parecer sosa, desabrida. Puede que para algunos lo sea de esta forma, para otros no. Como a mí que siempre opto por detenerme en algún aspecto en particular del libro. En particular el hecho de ser considerada un clásico de la literatura. Honoré de Balzac fue un representante del género realista entonces más que criticar. Sí, criticar; prefiero ofrecer mis propias razones del por qué tenía que leer esta novela (aparte que siento vergüenza por no haberlo hecho debido a que bien forma parte del canon y bien pude haberlo hecho hace tiempo atrás, pero no voy a llorar sobre leche derramada como me han dicho incontable cantidad de veces durante las últimas semanas, sino que voy a seguir escribiendo mi libro de vida lectora en mis 39 años porque ya, es evidente, que van muchas menos páginas).

De la digresión volvemos al libro. Entre los elementos narrativos, en particular sobre el tipo de narrador, emplea la forma omnisciente en tercera persona. Gracias al narrador omnisciente nos adentramos a la psique de Grandet padre y Grandet hija. Son tan opuestos, pero de esta oposición saldrá beneficiada Eugenia aunque ya solo sea al final de la novela. Creo que quizás no todos lo vean así, pero expreso que saldrá con ventaja en el sentido, de que sabe cerrar tratos y hacer negocios. No habría podido ser de otra forma, su padre la moldeó a su semejanza.  Retorno al hecho del narrador que todo lo sabe. Es por ese narrador que sabemos cómo son ambos, pero también ofrece una perspectiva fuera del personaje. Tal ejemplo siguiente lo ilustra:

Ahora bien, ningún negocio exigió nunca más, que el que se trataba en aquel momento, el empleo de la sordera, el tartamudeo y los incomprensibles ambages en que Grandet envolvía sus ideas. En primer lugar, no quería cargar con la responsabilidad de esas ideas; en seguida quería quedar dueño de su palabra, y dejar en duda sus verdaderas intenciones. (p.606).

Obtenemos una perspectiva dual del narrador. Quiero decir, sabemos las acciones de los personajes en la narración de los personajes, pero también una perspectiva, digamos comentada por lo que dice el narrador sobre la base de algún comportamiento, juicio o actitud del personaje. La siguiente cita ilustra ese hecho: “El que conozca la más preocupada de las pasiones, aquella cuya duración se ve abreviada cada día, cada hora por la edad, por el tiempo, por una enfermedad mortal, ese y solo ese: comprenderá los tormentos de Eugenia”. (p.633).  Aquí no es el narrador bajo ningún personaje. Es el narrador desde un punto cero o tomando distancia con el fin de expresar cómo se siente Eugenia. Tal enunciación ocurrirá con los otros personajes.

Otro aspecto para hacer mención de la novela realista es el cronotopo. Tenemos los espacios sala-recibidor. Si bien, la novela está ambientada en una zona rural francesa (Saumur) del siglo XIX. Las acciones primordiales se despliegan en espacios cerrados: la sala, lugar donde reciben a las visitas, conocen al sobrino Grandet y llegan las buenas y malas noticias; la cocina, el recinto de Nanón la fiel ama de llaves de los Grandet; las habitaciones; allí el primo Grandet sufre la muerte de su padre y destino pesaroso sin la herencia. En las habitaciones también se despide la vida y da paso a la muerte, primero de la madre y luego del mezquino padre Grandet. Toda novela realista gira su trama en espacios cerrados. Espacios donde las voluntades del hombre se despojan de toda virtud y son como su naturaleza los ha erigido. Es decir, el ambiente no moldea del todo sus estados de ánimo como se aprecia en el romanticismo. Siento que el ambiente en el realismo obliga a ser tal cual es el ser humano. Lo despoja de adornos para ser noble o vil dependiendo de las circunstancias.

Eugenia entonces como exponente del realismo es también uno de los títulos que conforma la comedia humana, el portento de obra del Balzac. Quizás quien lea la novela pueda también apreciar una dualidad entre los personajes. A Eugenia no le importa dar todo lo que tiene con el fin de ayudar a quien más ama. No lo hace una vez, sino dos veces. Mientras que el padre representa la otra cara de la moneda: la avaricia. Buen reflejo del dicho entre más se tiene más se quiere. De allí que se infiere el hecho de pertenecer a una comedia como reflexión del proceder de la humanidad. Nadie es en lo absoluto virtuoso. Si bien existe alguien extraordinario, la contraparte es que otros miembros (pesarosamente la mayoría) son desdeñables y llevan consigo los peores rasgos de la humanidad. Papá Grandet lleva la voz cantante, ni siquiera se salva por el hecho de tener una hija noble. Todo en él es deplorable. Cuando el narrador se detiene en él, en los lectores se asoma una repulsión compuesta por un cúmulo de emociones de desdén hacia la figura de este personaje. Aspecto por el que es valiosísimo leer la obra. No todas logran el fin de lograr que sintamos esa molestia hacia los personajes y eso se logra con el buen manejo del lenguaje.

Al margen y en el margen de la lectura

-Detenerse en el sabor de la lengua. Quiero decir que no todo en la lectura es extraer mensajes y significados. Lo anterior es importante, un perfecto indicador de un muy buen nivel de lectura, pero también lo es detectar las implicaciones de lo que no está explícito a través del lenguaje. En este caso las burlas hacia los personajes. En la novela los personajes secundarios:  los Crushot, los Des Grassins están al tanto de la avaricia del vinatero Grandet, pero le siguen el juego. Detectar esa burla sutil hacia el personaje principal no hace estar mucho más atentos a la lectura.  -Siga, siga usted, señor Grandet; “el carbonero es rey de su casa” –dijo sentenciosamente el presidente, riéndose solo de la alusión, que nadie comprendió. (p.551)

-También ciertos pasajes poéticos que no solo resultan eufónicos o entregan una imagen agradable, sino que deja el espacio abierto para inferir otros mensajes. Esto lo asocio con una posición leída en La sal de ayer. Margot Benacerraf como entrevistada en su posición de directora le expresa al entrevistador que no todo debe ser explícito a través del cuadro, de la escena. Una imagen denota, pero también sugiere. Este es el punto álgido de la buena literatura: sugerir. Es el caso del siguiente pasaje: “sus almas se habían desposado con ardor, tal vez antes de aquilatar la intensidad de los sentimientos que los unieron” (p.625).

Bien podría pensarse que hubo un encuentro sexual. Lo que es inconsistente para efectos de la trama y de la verosimilitud del personaje (joven burguesa de buena familia con muy arraigados valores religiosos donde tan solo una caricia es inconcebible).  Sin embargo, la potencia del mensaje hace que pensemos, así sea por un instante, que sus almas se fusionaron en el deseo.  Independientemente de esta idea, el narrador en páginas siguientes hace el mensaje más explícito y nos aclara que tan solo fue un beso: “después del beso dado en el pasadizo, las horas huyeron para Eugenia con una rapidez espantosa. A veces sentía irresistibles deseos de seguir a su primo” (p.633).

-Como lectores notaremos que, a medida de que avanzamos en las páginas existen conexiones con otras obras y códigos del arte. Al inicio del capítulo XVI hay una clara alusión a los amantes que sucumbieron ante el deseo y por eso fueron condenados. Me refiero a Francesca de Rimini y Paolo, escena que cada tanto se revisita en la literatura y arte en general. Desde La Divina Comedia a importantes pinturas en las que se retrata el momento en que los amantes son raptados por el deseo.



jueves, 27 de noviembre de 2025

Impresión de... El hijo de Gengis Khan

 

Un reencuentro con la narrativa de Ednodio Quintero: El hijo de Gengis Khan (2013)

 

Lo que ocurre tal vez es que la vida se parece a un libro formado por un haz de pergaminos, de los cuales solo se nos permite leer los que corresponden al pasado y al presente: Nada sabemos del mañana, aun cuando los pergaminos de ese día estén escritos desde siempre.  P.59

No sé desde cuándo escribe su diario. Lo que sí puedo asegurar es que en él vacía los sucesos del día, de forma tan prolija y detallada que si alguien los leyera con atención podría revivirlos. (...) Si al cabo de un siglo un lector desprevenido se acercara a esos escritos y lograra descifrarlos, estaría en capacidad de afirmar que estuvo presente en alguno de los episodios allí narrados. P.85.

¿De qué me alimentaba en aquel país lejano de trenes extraviados en la bruma? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? ¿Quién era el rey de los monos? ¿Me había convertido yo, por obra alguna de la hechicería, en una máquina de soñar? P. 172.

 


En esta novela conocemos las vivencias del hijo nonato de Gengis Khan por las estepas de Mongolia. El heredero no nacido, durante los primeros ocho capítulos, relata en primera persona las acciones que tienen lugar entre las batallas. Por lo anterior, considero oportuno advertir que, si alguien piensa leerla porque tendrá un relato sobre los motivos bélicos y de conquista de Gengis o un perfil psicológico que reconstruya su imagen desde la antigüedad así hayan transcurrido ocho siglos no lo encontrará, pues no es el argumento de la obra. Es más ni siquiera tiene voz.

Entonces, el príncipe narra, desde el vientre de Zolzaya su madre, sin que, al parecer, nada ocurra. Pero en esa aparente nada tienen lugar sucesos como derrotas y celebraciones, también su madre escribe con ideogramas primorosos las memorias que servirán para aumentar la leyenda sobre el guerrero más endemoniado de Asia.

Asimismo, en esa calma chicha, sufre intensos ataques de celo por el séquito de concubinas que buscan la manera de ascender y ser vista por el emperador. Sobre una en particular:

La presencia de aquel animal de placer en la tienda de Gengis Khan no era una noticia grata para mi madre, y aunque no podía hacer nada para impedirlo, lo lamentaba y presentía que una sombra funesta, se cernía sobre su propio destino. P.71

El fragmento anterior conforma el conglomerado de acciones que dan credibilidad al relato, así como otorgar morosidad al incluir ciertos episodios sobre los que es preciso extenderse para sumergirnos en la madeja textual propia de una época que nos es ajena. Otro ejemplo:

¿No les parece absurdo que a escasas horas de mi nacimiento me esté ocupando de asuntos como esté? Por qué se distrae con esas idioteces, se preguntarán. Debería estar lívido de terror como un sobreviviente de la batalla de Aktal. P.140

Esa es la razón de que se introduzcan una serie de historias que median entre el no ocurrir nada y dar la impresión de que en una sola vida no nos bastará para analizar con detalle las digresiones que se incorporan página tras página.

Ahora bien, en la primera parte, hay otro aspecto que es importante tener muy en cuenta. Es la incertidumbre sobre quién narra desde los primeros capítulos. Por eso no podemos ser unos lectores perezosos. Al contrario, estar atentos líneas tras líneas porque si estamos desprevenidos dejaremos a un lado frases como: “Reconozco su reparo, amigo lector. Tiene usted razón al exigir de este novato relator una descripción precisa del tema en cuestión” p. 28. Episodios como el anterior nos confunden, hacen que nos desestabilicemos y no podamos aseverar que el narrador es, en efecto, el hijo que no ha nacido, sino un avezado escritor que sabe emplear los cambios de narrador muy hábilmente.

A partir del noveno capítulo comienza la segunda parte donde constatamos que no se trataba del relato del heredero de los tártaros. Es aquí cuando nos percatamos de que nuestras suposiciones lectoras estaban en lo cierto: ¿es el sueño de otro protagonista que no es el heredero del hombre más temido en la antigüedad? ¿El hijo de Gengis Khan es solo un personaje que nutre las ensoñaciones del protagonista mientras duerme? Es decir, cuando está dormido, cree que es el supuesto hijo de Gengis. Entonces, ¿Quién narra? ¿Quién se encarga de desestabilizar al lector? Porque a ratos se autodenomina: escribidor, luego falso fabulador, (…) oficio de escriba.

Caímos en la trampa de la narración. No hay tal hijo de Gengis Khan. El narrador protagonista es un hombre que padece, al parecer un ominoso insomnio, pero también sueña. Las ensoñaciones nos mantuvieron en vilo por saber si iba a nacer o no. Hasta darnos cuenta de que se despierta en un páramo yermo para visitar a su padre desahuciado. Mientras llega a la casa paterna: sueña. Los sueños son las innumerables digresiones, otra vez, que hacen que a ratos nos perdamos y volvamos sobre los pasos porque la prostituta fea en México o en cualquier otra ciudad de quién sabe qué continente le otorga ubicuidad al relato, pero sobre todo nos desestabilizó como lectores.

Al rato relata una bacanal sexual en soledad dentro de una tina y luego pasa a narrar historias familiares en la tierra de su heredad: Biscucuy (Trujillo, el estado del que es oriundo el autor) Chabasquén, municipio del estado Portuguesa, cercano a la localidad de Biscucuy, pueblos que forman su historia de vida, dato biográfico que advertimos desde la novela La danza del jaguar.  

Cuando estamos ante la verdad, Gengis Khan es solo un tema de los sueños. Sueños que se repiten y son reformulados. Al respecto, dos ejemplos. El primero, al final de la novela, compara a su padre, mientras lo ve en su lecho, con el arzobispo J. R. Pulido Méndez, pero realmente la estampa de ese clérigo por su bigote es idéntica a Fu Man Chu, pero ese bigote es idéntico al de Gengis Khan. Ese juego de correspondencias quizá lo que quiere mostrar es la fascinación por un personaje que, aunque de forma forzada me remite a la figura del padre.

El otro ejemplo tiene lugar páginas después cuando el narrador se da cuenta de que está llegando al final y el nudo no ha sido del todo desatado o, desde mi apreciación, se han atado muchos otros nudos más porque en este fragmento expresa que en medio de las ensoñaciones, de las cuales no tiene certeza de cuánto tiempo, pero sí llegó a creer que estaba en el vientre de una joven llamada Zolzaya, concubina de Gengis Khan. Por tanto, quién se atrevería a desmentirlo.

¿De qué me alimentaba en aquel extraño país de trenes extravíados? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? (…) ¿Me había convertido yo, por obra de alguna hechicería, en una máquina de soñar? P.172.

De los pasajes extraídos como estrategia narrativa para, quizás, desestabilizar al lector. La interrogante sobre la existencia del monarca pone en duda todo lo narrado en la primera parte. Entonces qué estamos leyendo. Con esta pregunta se disuelve la seguridad de que era un hijo –ficticio- de Gengis, sino eso solo un personaje cualquiera. Quiero decir que el velo magnánimo del protagonista se baja de un pedestal al decir que bien solo pueda referirse a un sueño más.

Conviene decir que en los sueños, pesadillas o ensoñaciones no debemos dar nada por sentado. Nadie puede refutar o decirnos que es mentira que soñamos con ser la reina de Saba o una Valquiria. En los sueños, quizás sí tenemos licencia para ser lo que queramos. Cuanta carga atávica tiene la humanidad para soñar que somos hijos de Gengis Khan. Es más en las publicaciones comunes y ramplonas de la Web nos han dejado saber que casi toda la población mundial proviene del guerrero terrible. Desde esa esquina es válido. Desde la esquina de la ficción mucho más. Recodemos… somos lectores, establecemos un pacto de credibilidad con la obra.

Al margen y en el margen de la lectura

-En la primera parte me atraparon ciertos pasajes sobre el proceso de escritura. Plasmar los pensamientos en símbolos, ideogramas con una carga semántica ha sido la mejor de las invenciones. El protagonista se maravilla ante ese hecho y lo plasma de forma magistral en la historia.



-¿Por qué leemos a algunos fragmentos de un libro y automáticamente identificamos la autoría? Porque creo que nos estamos reencontrando con temas conocidos, en especial cuando se han leído novelas y cuentos del escritor. Uno de los motivos del autor es la descripción del lar nativo.

Se la escuché decir cuando era un chaval de cinco años a mi tía Chaba en un paseo que hicimos hasta una casa muy bonita por los lados de Estapape. Lo recuerdo como si estuviera viendo una película. (…) Ahí casi todos éramos parientes. Don Eugenio Araujo, que así se llamaba el convidado que no alcanzó a llegar, había sufrido de repente un percance. (…) Mi padre, que a veces amanecía con su vena de guasón, comentó delante de unos amigotes que habían venido desde Chabasquén. (p.179)

 En sus obras deja pistas al lector para que las capture y sepa que, aunque con variaciones queda el regusto de que está refiriéndose al mismo lugar, así ocurre en La danza del jaguar y El corazón ajeno.

También porque sucede que al leer a ciertos autores una red de temas se desperdigan en mi cabeza. El tejido remite a obras anteriores entonces a la par de estar atenta con la historia que tengo enfrente, mi memoria trae las narraciones anteriores y lucha por recordar con precisión esos pasajes para establecer similitudes confiables que no provengan solo de mi memoria que muchas veces, la mayoría, me traiciona.

-Lo onírico en el relato. Mientras regresa a casa de su padre tienen un lugar una serie de digresiones. Tales incisos parecieran más sueños, pesadillas, imaginaciones antes de sucumbir al descanso, pero no son del todo certeras. En ese juego va la novela; ese doble juego en el que narración tiene dos caras: el sueño y la realidad.

-Cuestionarse por el final. No solo qué tan bien logrado pueda ser, sino si realmente podrá escribir el final: “Y si no, fíjense en todas estas historietas a medio hacer, con los pobres personajes abandonados a la buena de Dios”. P.174


jueves, 13 de noviembre de 2025

Impresión de: Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Adriana Villanueva

2004

336 páginas

Fundación Polar: Colección Periodismo y Memoria

 


Adriana Villanueva grabó a su abuela. El resultado de las grabaciones junto con la asistencia a un taller de escritura coordinado por Milagros Socorro dio cuerpo al libro sobre las memorias de Margot Arismendi de Villanueva, esposa del arquitecto más importante y reconocido del país: Carlos Raúl Villanueva. Estas memorias me permitieron acceder, de forma sosegada y sin sentir que era una impertinente, en la vida tranquila de lo que bien pudo haber sido cualquier familia venezolana de clase acomodada. Las historias dan cuenta del paso de los días rodeados de familiares, amigos y siempre al lado de su esposo, pero también nos mostró el cambio paulatino de una Caracas de los techos rojos a un territorio donde apremiaba la necesidad de modernizar los espacios.

Desde el prólogo anticipamos que no se trata de una sosa biografía sobre una figura pública más, sino que el arte de narrar –tanto en la voz de Margot como en el tejido textual preparado por Adriana- está presente porque en ningún momento, a lo largo de los dieciséis capítulos y el epílogo, la lectura dejó de ser vibrante, emocionante porque sentí que estaba escuchando a una abuela que tiene el don de hacerse.

Margot relata la procedencia de su familia. Se extrae la sensación de que se sentía muy, muy cercana y querida por su padre Juan Bernardo Arismendi. Ahora cuando expreso esto considero que casi no remite ningún episodio sobre su madre [1]a no ser lo buena y refinada que fue, no quiero decir que haya habido alguna desavenencia, sino que no es para menos porque gracias a Juan Arismendi e se construyeron en Caracas importantes urbanismos como las denominadas cajas de fósforos por algunos, se trata de la Urbanización San Agustín del Norte o El Paraíso. Ayudó a obtener casas a inmigrantes que llegaban al país solo con el anhelo de reconstruir sus vidas. Por eso su papá fue tan relevante y también porque aceptó a su esposo sin objeciones.

 

En ese recuento sobre el padre, relata cómo logró reponerse de una quiebra económica. Y es que el abuelo de Margot solo fue un maestro de escuela en Río Caribe en el estado Sucre, razón por la que no tenía los suficientes recursos para enviar a Caracas a estudiar a todos sus hijos, pero apenas Juan Belmonte  se trasladó a Caracas y bajo el padrinazgo del general Pedro Arismendi Brito[2] ahorró hasta erigir una farmacia y de allí, paso a paso, con el apoyo y fortuna de contar con buenos amigos y socios fue cosechando pequeños logros hasta convertirse en un buen desarrollador de urbanismos y bienes raíces sin formación alguna.

 


En el párrafo anterior expresó que tuvo una farmacia, pero Juan Belmonte [3]no solo era el dueño, sino que ejerció muy bien la profesión de farmaceuta[4]. Ahora cuando hace poco ocurrió la canonización de José Gregorio Hernández, viene como anillo al dedo mencionar que esta dama narra una anécdota sobre el querido doctor José Gregorio Hernández, leamos:

 

¿Sabes quién era el cliente de la Farmacia El Águila? El doctor José Gregorio Hernández. Papá era el encargado de arreglar su maletín y de preparar sus recetas que estaban escritas en una letra dificilísima de descifrar. José Gregorio lo llamaba Juancito, y cuando empezó a visitar la farmacia diariamente para preparar una misteriosa receta a una señora, papá, que siempre fue muy pillo, le echaba broma:

-¡Ay doctor Hernández! ¿A usted como que le pescaron? Porque está viniendo todos los días por esa muchacha. (p.62)

 


El pasaje ratifica el don de narrar, bien podría haber sido desabrido, pero no solo ofrece el balance de información, sino que agrada porque incorpora la faceta de hombre bromista. También el pasaje sirve como testimonio de la cantidad de personajes de dominio público que se mencionan en la obra. Se aprecia entonces la clase media venezolana concentrada en Caracas propia de una ciudad pequeña donde casi todos se conocían porque no había habido lugar para la eclosión demográfica de décadas más tarde producto del éxodo campesino y la llegada de los inmigrantes. Estamos hablando de la Venezuela de la primera década de 1900.

 

Un aspecto paratextual a celebrar sobre el título es el acompañamiento fotográfico, pues permite evidenciar el paso del tiempo. Conforme transcurren los capítulos, también las épocas y nuevos miembros se incorporan a la familia, pero otros se quedan en el olvido. Quizás por eso la selección de fotografías son de viajes, los hijos pequeños o de ella junto con su hermana y familiares a edad temprana. Se asume que la narración celebra la vida, sabemos que la muerte es parte irrefutable de la vida, pero en la narración no hubo ocasión para explayarse en la tristeza por la ausencia de un ser querido.

 

En las imágenes que ilustran la vida de Margot, se da cuenta de esa Venezuela de inicios del siglo pasado. En particular, siempre me ha agradado el episodio histórico sobre el lugar donde iban a vacacionar los caraqueños. Para ese entonces se le denominaba vacantes. Tales días de relajación se testimonian en la novela Ídolos Rotos 1901 de Manuel Díaz Rodríguez. El protagonista Alberto Soria se va a temperar a La Guaira. Al mencionar las vacantes siento que forman parte del imaginario colectivo de toda una población y generación. Recordemos cuando Margot Benacerraf entrevistada por Diego Arroyo Gil, expresa que los fines de semana la gente bajaba a La Guaira a descansar y a ver al loco, como ofensivamente conocían a Armando Reveron.  En la obra también las vacantes son la manifestación de una época dorada en la vida de los venezolanos clase media alta o sobretodo pudiente.

 

Y Reveron es otro nombre que desfila en sus anécdotas. Se debe a que Carlos Raúl Villanueva le regaló Juanita en el playón, el cuadro que adornó la cabecera de su cama. Tuvieron otros cuadros del pintor de la luz y desgraciadamente nunca se los devolvieron, pero dejemos que Margot nos cuente cómo fue la compra de Juanita

 

Yo estaba en mi cuarto cuando llegaron las muchachas de servicio muy asustadas para avisarme que un loco estaba preguntando por la señora Villanueva (…) Cuando me entregó el cuadro me hizo una advertencia: “Señora Villanueva, para poder apreciarlo bien mírelo con los ojos entrecerrados, recuerde que es la luz que encandila”. Y es verdad, solo si uno lo ve con los ojos apurruñados puede ver nítidamente el rostro de Juanita. (p.192).

 

Hasta aquí se podría extraer que toda buena memoria/biografía/historia que incluya a una familia tiene entrelazada la historia con amigos. De forma entrañable cuando son amigos provenientes de la intelectualidad, la academia, la política y sobre todo el arte. Por el libro circulan nombres como Jesús Soto, Carlos Cruz Diez, Fruto Vivas, Alfredo Manaure, Alfredo Boulton. Lo anterior por nombrar a los de nacionalidad venezolana (me quedan por fuera otros tantos más, No lo hago porque no tengan rigor para mí, sino que estas impresiones son ejercicio de memoria y cuando escribo a la primera prefiero dejarlo así, aunque me frustre porque no puede tener los dones de Funes el memorioso). No puedo dejar de mencionar a Arturo Uslar Pietri, cuya familia fue descendiente de los corsos y, al parecer, tuvo un familiar en Río Caribe, pueblo de origen de los Arismendi Belmonte.

 

También hay una cuantiosa lista y episodios que le otorgan un muy buen balance a la narración sobre artistas plásticos extranjeros como Calder con quien Carlos Raúl Villanueva tuvo una entrañable amistad y pasaban vacaciones juntos en Venezuela o Estados Unidos. Aspecto que maravilla porque hace sentir que los venezolanos tenían amigos muy importantes y eran figuras reconocidas en el extranjero. Recordemos que en varias ocasiones Villanueva fue profesor en universidades estadounidenses, no solo lo fue en la Universidad Central de Venezuela.

 

De todo lo anterior, los dieciséis capítulos se pueden aglutinar temáticamente en la vida familiar de Margot Arismendi soltera y luego su vida de casada. En este apartado su vida se extendió mucho más. Al contrario, de lo que puedan pensar algunos no solo fue una simple madre, sino una mujer que jugó un rol activo en el éxito de su esposo porque siempre estuvo para él, fue su apoyo, su aliciente dentro y fuera del país y en especial a partir de 1971 cuando comenzó a empeorar mucho más de salud.

 

Al margen de la lectura…

 

En suma, leer ficción venezolana y estos títulos que no forman parte de la ficción me ayudan a formar mi rompecabezas como individuo de esta tierra. Entender por medio de la historia de otros qué somos como nación; lo que vivieron, tener de cerca otras versiones más de la historia oficial estudiada o de las anécdotas escuchadas en casa en voz de mi padre y mis abuelos dilata mi noción de país y así reafirmar mi versión que con cada libro voy reconfigurando.

 

En este asunto de entenderme (nos) como nación me encanta cuando la narración incorpora nuestras palabras, es decir, nuestra variedad dialectal que es tan rica, tan sabrosa y me pareciera que tuviera a mi abuela materna contándome muchas más cosas de las que no dio tiempo contar. Leer estas palabras es valorar nuestra lengua, nuestras formas de hablar y expresarnos de no sentirnos apachurrados, sino sentir que sí nos sacamos el palito premiado y ahí sí ser todos unos ciruelos. No estar caribeados por lo que somos. Al contrario, henchidos de orgullo y que ese orgullo sirva para abrir las zanjas de lo que, sé, aún hay tiempo para cambiar y mejorar.

 

Siento guayabo de haber terminado el libro, quisiera seguir en sus páginas porque me recuerdan a mis queridos Tutes de Barinas, mis adorados abuelos maternos. Creo que últimamente estoy buscando este tipo de historias porque me reconectan con una Barinas que ya no tengo, con el árbol de mamón y mi Tute a la sombra leyendo o contándome sus historias. Pasa que ese tiempo ya no está, así como ese país. Nunca me he ido, pero cada día que pasa, conforme camino por las calles, desconozco mucho más el país en el que vivo. Hay días en que no me siento parte, así como Margot le confiesa a Adriana que ella siente que está de más. Esta lectura me hizo extrañar los arreboles de Barinas, extraño ver el Pico Bolívar a lo lejos, extraño la ilusión del porvenir cada vez que entraba a la ULA. Será que para recordar ese buen ayer tendré que partir.

…. Me detuve en la Internet a ver a Caoma, la casa de la familia Villanueva y otra vez visitar algunas de sus obras, que más que obras son patrimonio para la nación: me refiero a la Ciudad Universitaria. 

Pocas veces no detenemos a pensar en aspectos paratextuales como la portada, la tipografía, la calidad del material. En mi caso, pasaron muchos años para darle una oportunidad al libro porque no me gustan los márgenes sin justificar, pero gracias a Dios por el cambio de perspectivas porque cuando volví a retomar la lectura asocié el uso de los márgenes como si fuese para imitar la memoria, es decir, lo que voy recordando rápido lo anoto por si se olvidan algunos datos o pasajes que no quiero suprimir. Quizás sea tonto, sí; porque la autora empleó una grabadora y luego tuvo lugar la edición, corrección. No obstante, me gusta asociar la justificación de los márgenes sin márgenes como un dictado de las musas que otorgan el privilegio de narrar a todos.

He llegado al final de esta impresión y quiero decirles que compré el libro por la conexión que pudiese tener con Ifigenia de Teresa de la Parra. No hubo ninguna. No me arrepiento, me siento complacida porque, aunque pasaron muchos años, le llegó el tiempo de lectura. ¡Gracias por leerme! Recuerda siempre, siempre que los libros son los mejores amigos. Sí, es idealista, es romántico, pero así soy y te lo digo con toda la honestidad que cabe en mi corazón.



[1] Similar a la biografía preparada gracias a la entrevista hecha por Diego Arroyo Gil a Margot Benacerraf.

[2] Conocido como el candidato de las musas. Fue una figura relevante para la Caracas de principios del siglo XX, de acuerdo con las referencias de Margot. Político, poeta entre muchas otras facetas.

[3] Hacían bromas sobre él en el semanario El Morrocoy Azul.

[4] La información también permite mostrar pasajes de la historia de principio del siglo XX porque contrario a lo que ocurre ahora que vamos a la farmacia y nos entregan el medicamento. El farmaceuta debía prepara la receta. Por tanto, debía tener nociones de medicina y de los ingredientes.