Morir de
nostalgia por algo que no vivirás nunca. (p.102).
Puesto que la
desesperación era un exceso que no le pertenecía, se volvió hacia lo que había quedado
de su vida y empezó de nuevo a ocuparse de ello, junto con la inquebrantable tenacidad
de un jardinero en su trabajo la mañana siguiente a una tempestad. (p.119).
125 páginas.
Los viajes pueden resultar
sumamente fáciles y hasta necesarios para aquellas personas con espíritu de
aventura. Todo lo contrario para los que son sedentarios y asiduos a las
rutinas. Hervé Joncour pertenece al segundo tipo de personas. Según
lo narrado al principio de la novela había salido muy pocas veces de Francia y mucho
más luego de asentarse Lavilledieu. Pues de eso trata esta historia: el viaje
de Hervé Joncour en la búsqueda de los mejores huevos de gusanos de seda en Japón.
Debido a que el tiempo de la
historia transcurre en lo que parece mediados del siglo XIX, no encontraremos
grandes artificios o innovaciones tecnológicas por lo que trasladarse desde
Europa hasta Japón suponía un viaje largo, tedioso y en ocasiones lleno de hastío. Presumo
que esta es la razón por lo que el narrador no se detiene a elaborar detalladas
descripciones sobre los lugares, aunque bien pudo hacerlo. Otra hipótesis plausible
es que no se trata de un libro de viajes o bitácora de rutas.
Entonces, son dos los motivos del desplazamiento de Joncuor, además del viaje -la verdad es que el ni siquiera sabe con lo que se encontraría y cómo cambiará el rumbo de sus sentimientos. El primero es la posibilidad de otorgarle a la narración, específicamente al estilo, las características de la seda: suave, casi imperceptible sobre la piel y liviana y con brillo, pero sin el empleo de artificios, frases rimbombantes o figuras literarias recargadas. Esa liviandad es la que nos transmiten las palabras empleadas con sumo cuidado y sin exceso. Presenciamos todos lo viajes del protagonista durante muchos años. La evolución de la villa gracias al prospero negocio de la seda. El amor incondicional de Hélène, esposa del protagonista y la intriga por descifrar el contenido de una carta misteriosa.
También se narra con extremada sencillez, pero con suficiente firmeza para mantener en vilo al lector sobre la enfermedad de los huevos de los gusanos y como se trunca el viaje y estancia en Japón producto al estallido de la guerra.
La segunda es la nostalgia por parte de los dos protagonistas: Hervé y Hélène. Por parte de él, al sentir, tal vez por primera vez, la curiosidad hacia el amor carnal, erótico al encontrar en el fin del mundo unos ojos que no tienen la fisonomía de los nipones, pero siente que lo turba y sofoca (otro guiño a las cualidades de la seda) hasta el punto de no resistirse a sucumbir en un sentimiento que no llega a corporeizarse o tal vez sí por el roce con la seda.
De parte de Hélène, al
padecer en silencio la espera y ansias de retorno de su esposo. Ocho meses
transcurre en soledad, pero, al igual que Penélope, espera con fervor y
esperanza a su amado. El final es completamente inesperado y por esto es hermoso,
misterioso e imposible con el amor mismo. No quiero adelantarles nada más. Solo
insistir, a través de esta escueta impresión, en la belleza de este libro.

