jueves, 27 de noviembre de 2025

Impresión de... El hijo de Gengis Khan

 

Un reencuentro con la narrativa de Ednodio Quintero: El hijo de Gengis Khan (2013)

 

Lo que ocurre tal vez es que la vida se parece a un libro formado por un haz de pergaminos, de los cuales solo se nos permite leer los que corresponden al pasado y al presente: Nada sabemos del mañana, aun cuando los pergaminos de ese día estén escritos desde siempre.  P.59

No sé desde cuándo escribe su diario. Lo que sí puedo asegurar es que en él vacía los sucesos del día, de forma tan prolija y detallada que si alguien los leyera con atención podría revivirlos. (...) Si al cabo de un siglo un lector desprevenido se acercara a esos escritos y lograra descifrarlos, estaría en capacidad de afirmar que estuvo presente en alguno de los episodios allí narrados. P.85.

¿De qué me alimentaba en aquel país lejano de trenes extraviados en la bruma? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? ¿Quién era el rey de los monos? ¿Me había convertido yo, por obra alguna de la hechicería, en una máquina de soñar? P. 172.

 


En esta novela conocemos las vivencias del hijo nonato de Gengis Khan por las estepas de Mongolia. El heredero no nacido, durante los primeros ocho capítulos, relata en primera persona las acciones que tienen lugar entre las batallas. Por lo anterior, considero oportuno advertir que, si alguien piensa leerla porque tendrá un relato sobre los motivos bélicos y de conquista de Gengis o un perfil psicológico que reconstruya su imagen desde la antigüedad así hayan transcurrido ocho siglos no lo encontrará, pues no es el argumento de la obra. Es más ni siquiera tiene voz.

Entonces, el príncipe narra, desde el vientre de Zolzaya su madre, sin que, al parecer, nada ocurra. Pero en esa aparente nada tienen lugar sucesos como derrotas y celebraciones, también su madre escribe con ideogramas primorosos las memorias que servirán para aumentar la leyenda sobre el guerrero más endemoniado de Asia.

Asimismo, en esa calma chicha, sufre intensos ataques de celo por el séquito de concubinas que buscan la manera de ascender y ser vista por el emperador. Sobre una en particular:

La presencia de aquel animal de placer en la tienda de Gengis Khan no era una noticia grata para mi madre, y aunque no podía hacer nada para impedirlo, lo lamentaba y presentía que una sombra funesta, se cernía sobre su propio destino. P.71

El fragmento anterior conforma el conglomerado de acciones que dan credibilidad al relato, así como otorgar morosidad al incluir ciertos episodios sobre los que es preciso extenderse para sumergirnos en la madeja textual propia de una época que nos es ajena. Otro ejemplo:

¿No les parece absurdo que a escasas horas de mi nacimiento me esté ocupando de asuntos como esté? Por qué se distrae con esas idioteces, se preguntarán. Debería estar lívido de terror como un sobreviviente de la batalla de Aktal. P.140

Esa es la razón de que se introduzcan una serie de historias que median entre el no ocurrir nada y dar la impresión de que en una sola vida no nos bastará para analizar con detalle las digresiones que se incorporan página tras página.

Ahora bien, en la primera parte, hay otro aspecto que es importante tener muy en cuenta. Es la incertidumbre sobre quién narra desde los primeros capítulos. Por eso no podemos ser unos lectores perezosos. Al contrario, estar atentos líneas tras líneas porque si estamos desprevenidos dejaremos a un lado frases como: “Reconozco su reparo, amigo lector. Tiene usted razón al exigir de este novato relator una descripción precisa del tema en cuestión” p. 28. Episodios como el anterior nos confunden, hacen que nos desestabilicemos y no podamos aseverar que el narrador es, en efecto, el hijo que no ha nacido, sino un avezado escritor que sabe emplear los cambios de narrador muy hábilmente.

A partir del noveno capítulo comienza la segunda parte donde constatamos que no se trataba del relato del heredero de los tártaros. Es aquí cuando nos percatamos de que nuestras suposiciones lectoras estaban en lo cierto: ¿es el sueño de otro protagonista que no es el heredero del hombre más temido en la antigüedad? ¿El hijo de Gengis Khan es solo un personaje que nutre las ensoñaciones del protagonista mientras duerme? Es decir, cuando está dormido, cree que es el supuesto hijo de Gengis. Entonces, ¿Quién narra? ¿Quién se encarga de desestabilizar al lector? Porque a ratos se autodenomina: escribidor, luego falso fabulador, (…) oficio de escriba.

Caímos en la trampa de la narración. No hay tal hijo de Gengis Khan. El narrador protagonista es un hombre que padece, al parecer un ominoso insomnio, pero también sueña. Las ensoñaciones nos mantuvieron en vilo por saber si iba a nacer o no. Hasta darnos cuenta de que se despierta en un páramo yermo para visitar a su padre desahuciado. Mientras llega a la casa paterna: sueña. Los sueños son las innumerables digresiones, otra vez, que hacen que a ratos nos perdamos y volvamos sobre los pasos porque la prostituta fea en México o en cualquier otra ciudad de quién sabe qué continente le otorga ubicuidad al relato, pero sobre todo nos desestabilizó como lectores.

Al rato relata una bacanal sexual en soledad dentro de una tina y luego pasa a narrar historias familiares en la tierra de su heredad: Biscucuy (Trujillo, el estado del que es oriundo el autor) Chabasquén, municipio del estado Portuguesa, cercano a la localidad de Biscucuy, pueblos que forman su historia de vida, dato biográfico que advertimos desde la novela La danza del jaguar.  

Cuando estamos ante la verdad, Gengis Khan es solo un tema de los sueños. Sueños que se repiten y son reformulados. Al respecto, dos ejemplos. El primero, al final de la novela, compara a su padre, mientras lo ve en su lecho, con el arzobispo J. R. Pulido Méndez, pero realmente la estampa de ese clérigo por su bigote es idéntica a Fu Man Chu, pero ese bigote es idéntico al de Gengis Khan. Ese juego de correspondencias quizá lo que quiere mostrar es la fascinación por un personaje que, aunque de forma forzada me remite a la figura del padre.

El otro ejemplo tiene lugar páginas después cuando el narrador se da cuenta de que está llegando al final y el nudo no ha sido del todo desatado o, desde mi apreciación, se han atado muchos otros nudos más porque en este fragmento expresa que en medio de las ensoñaciones, de las cuales no tiene certeza de cuánto tiempo, pero sí llegó a creer que estaba en el vientre de una joven llamada Zolzaya, concubina de Gengis Khan. Por tanto, quién se atrevería a desmentirlo.

¿De qué me alimentaba en aquel extraño país de trenes extravíados? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? (…) ¿Me había convertido yo, por obra de alguna hechicería, en una máquina de soñar? P.172.

De los pasajes extraídos como estrategia narrativa para, quizás, desestabilizar al lector. La interrogante sobre la existencia del monarca pone en duda todo lo narrado en la primera parte. Entonces qué estamos leyendo. Con esta pregunta se disuelve la seguridad de que era un hijo –ficticio- de Gengis, sino eso solo un personaje cualquiera. Quiero decir que el velo magnánimo del protagonista se baja de un pedestal al decir que bien solo pueda referirse a un sueño más.

Conviene decir que en los sueños, pesadillas o ensoñaciones no debemos dar nada por sentado. Nadie puede refutar o decirnos que es mentira que soñamos con ser la reina de Saba o una Valquiria. En los sueños, quizás sí tenemos licencia para ser lo que queramos. Cuanta carga atávica tiene la humanidad para soñar que somos hijos de Gengis Khan. Es más en las publicaciones comunes y ramplonas de la Web nos han dejado saber que casi toda la población mundial proviene del guerrero terrible. Desde esa esquina es válido. Desde la esquina de la ficción mucho más. Recodemos… somos lectores, establecemos un pacto de credibilidad con la obra.

Al margen y en el margen de la lectura

-En la primera parte me atraparon ciertos pasajes sobre el proceso de escritura. Plasmar los pensamientos en símbolos, ideogramas con una carga semántica ha sido la mejor de las invenciones. El protagonista se maravilla ante ese hecho y lo plasma de forma magistral en la historia.



-¿Por qué leemos a algunos fragmentos de un libro y automáticamente identificamos la autoría? Porque creo que nos estamos reencontrando con temas conocidos, en especial cuando se han leído novelas y cuentos del escritor. Uno de los motivos del autor es la descripción del lar nativo.

Se la escuché decir cuando era un chaval de cinco años a mi tía Chaba en un paseo que hicimos hasta una casa muy bonita por los lados de Estapape. Lo recuerdo como si estuviera viendo una película. (…) Ahí casi todos éramos parientes. Don Eugenio Araujo, que así se llamaba el convidado que no alcanzó a llegar, había sufrido de repente un percance. (…) Mi padre, que a veces amanecía con su vena de guasón, comentó delante de unos amigotes que habían venido desde Chabasquén. (p.179)

 En sus obras deja pistas al lector para que las capture y sepa que, aunque con variaciones queda el regusto de que está refiriéndose al mismo lugar, así ocurre en La danza del jaguar y El corazón ajeno.

También porque sucede que al leer a ciertos autores una red de temas se desperdigan en mi cabeza. El tejido remite a obras anteriores entonces a la par de estar atenta con la historia que tengo enfrente, mi memoria trae las narraciones anteriores y lucha por recordar con precisión esos pasajes para establecer similitudes confiables que no provengan solo de mi memoria que muchas veces, la mayoría, me traiciona.

-Lo onírico en el relato. Mientras regresa a casa de su padre tienen un lugar una serie de digresiones. Tales incisos parecieran más sueños, pesadillas, imaginaciones antes de sucumbir al descanso, pero no son del todo certeras. En ese juego va la novela; ese doble juego en el que narración tiene dos caras: el sueño y la realidad.

-Cuestionarse por el final. No solo qué tan bien logrado pueda ser, sino si realmente podrá escribir el final: “Y si no, fíjense en todas estas historietas a medio hacer, con los pobres personajes abandonados a la buena de Dios”. P.174


jueves, 13 de noviembre de 2025

Impresión de: Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Adriana Villanueva

2004

336 páginas

Fundación Polar: Colección Periodismo y Memoria

 


Adriana Villanueva grabó a su abuela. El resultado de las grabaciones junto con la asistencia a un taller de escritura coordinado por Milagros Socorro dio cuerpo al libro sobre las memorias de Margot Arismendi de Villanueva, esposa del arquitecto más importante y reconocido del país: Carlos Raúl Villanueva. Estas memorias me permitieron acceder, de forma sosegada y sin sentir que era una impertinente, en la vida tranquila de lo que bien pudo haber sido cualquier familia venezolana de clase acomodada. Las historias dan cuenta del paso de los días rodeados de familiares, amigos y siempre al lado de su esposo, pero también nos mostró el cambio paulatino de una Caracas de los techos rojos a un territorio donde apremiaba la necesidad de modernizar los espacios.

Desde el prólogo anticipamos que no se trata de una sosa biografía sobre una figura pública más, sino que el arte de narrar –tanto en la voz de Margot como en el tejido textual preparado por Adriana- está presente porque en ningún momento, a lo largo de los dieciséis capítulos y el epílogo, la lectura dejó de ser vibrante, emocionante porque sentí que estaba escuchando a una abuela que tiene el don de hacerse.

Margot relata la procedencia de su familia. Se extrae la sensación de que se sentía muy, muy cercana y querida por su padre Juan Bernardo Arismendi. Ahora cuando expreso esto considero que casi no remite ningún episodio sobre su madre [1]a no ser lo buena y refinada que fue, no quiero decir que haya habido alguna desavenencia, sino que no es para menos porque gracias a Juan Arismendi e se construyeron en Caracas importantes urbanismos como las denominadas cajas de fósforos por algunos, se trata de la Urbanización San Agustín del Norte o El Paraíso. Ayudó a obtener casas a inmigrantes que llegaban al país solo con el anhelo de reconstruir sus vidas. Por eso su papá fue tan relevante y también porque aceptó a su esposo sin objeciones.

 

En ese recuento sobre el padre, relata cómo logró reponerse de una quiebra económica. Y es que el abuelo de Margot solo fue un maestro de escuela en Río Caribe en el estado Sucre, razón por la que no tenía los suficientes recursos para enviar a Caracas a estudiar a todos sus hijos, pero apenas Juan Belmonte  se trasladó a Caracas y bajo el padrinazgo del general Pedro Arismendi Brito[2] ahorró hasta erigir una farmacia y de allí, paso a paso, con el apoyo y fortuna de contar con buenos amigos y socios fue cosechando pequeños logros hasta convertirse en un buen desarrollador de urbanismos y bienes raíces sin formación alguna.

 


En el párrafo anterior expresó que tuvo una farmacia, pero Juan Belmonte [3]no solo era el dueño, sino que ejerció muy bien la profesión de farmaceuta[4]. Ahora cuando hace poco ocurrió la canonización de José Gregorio Hernández, viene como anillo al dedo mencionar que esta dama narra una anécdota sobre el querido doctor José Gregorio Hernández, leamos:

 

¿Sabes quién era el cliente de la Farmacia El Águila? El doctor José Gregorio Hernández. Papá era el encargado de arreglar su maletín y de preparar sus recetas que estaban escritas en una letra dificilísima de descifrar. José Gregorio lo llamaba Juancito, y cuando empezó a visitar la farmacia diariamente para preparar una misteriosa receta a una señora, papá, que siempre fue muy pillo, le echaba broma:

-¡Ay doctor Hernández! ¿A usted como que le pescaron? Porque está viniendo todos los días por esa muchacha. (p.62)

 


El pasaje ratifica el don de narrar, bien podría haber sido desabrido, pero no solo ofrece el balance de información, sino que agrada porque incorpora la faceta de hombre bromista. También el pasaje sirve como testimonio de la cantidad de personajes de dominio público que se mencionan en la obra. Se aprecia entonces la clase media venezolana concentrada en Caracas propia de una ciudad pequeña donde casi todos se conocían porque no había habido lugar para la eclosión demográfica de décadas más tarde producto del éxodo campesino y la llegada de los inmigrantes. Estamos hablando de la Venezuela de la primera década de 1900.

 

Un aspecto paratextual a celebrar sobre el título es el acompañamiento fotográfico, pues permite evidenciar el paso del tiempo. Conforme transcurren los capítulos, también las épocas y nuevos miembros se incorporan a la familia, pero otros se quedan en el olvido. Quizás por eso la selección de fotografías son de viajes, los hijos pequeños o de ella junto con su hermana y familiares a edad temprana. Se asume que la narración celebra la vida, sabemos que la muerte es parte irrefutable de la vida, pero en la narración no hubo ocasión para explayarse en la tristeza por la ausencia de un ser querido.

 

En las imágenes que ilustran la vida de Margot, se da cuenta de esa Venezuela de inicios del siglo pasado. En particular, siempre me ha agradado el episodio histórico sobre el lugar donde iban a vacacionar los caraqueños. Para ese entonces se le denominaba vacantes. Tales días de relajación se testimonian en la novela Ídolos Rotos 1901 de Manuel Díaz Rodríguez. El protagonista Alberto Soria se va a temperar a La Guaira. Al mencionar las vacantes siento que forman parte del imaginario colectivo de toda una población y generación. Recordemos cuando Margot Benacerraf entrevistada por Diego Arroyo Gil, expresa que los fines de semana la gente bajaba a La Guaira a descansar y a ver al loco, como ofensivamente conocían a Armando Reveron.  En la obra también las vacantes son la manifestación de una época dorada en la vida de los venezolanos clase media alta o sobretodo pudiente.

 

Y Reveron es otro nombre que desfila en sus anécdotas. Se debe a que Carlos Raúl Villanueva le regaló Juanita en el playón, el cuadro que adornó la cabecera de su cama. Tuvieron otros cuadros del pintor de la luz y desgraciadamente nunca se los devolvieron, pero dejemos que Margot nos cuente cómo fue la compra de Juanita

 

Yo estaba en mi cuarto cuando llegaron las muchachas de servicio muy asustadas para avisarme que un loco estaba preguntando por la señora Villanueva (…) Cuando me entregó el cuadro me hizo una advertencia: “Señora Villanueva, para poder apreciarlo bien mírelo con los ojos entrecerrados, recuerde que es la luz que encandila”. Y es verdad, solo si uno lo ve con los ojos apurruñados puede ver nítidamente el rostro de Juanita. (p.192).

 

Hasta aquí se podría extraer que toda buena memoria/biografía/historia que incluya a una familia tiene entrelazada la historia con amigos. De forma entrañable cuando son amigos provenientes de la intelectualidad, la academia, la política y sobre todo el arte. Por el libro circulan nombres como Jesús Soto, Carlos Cruz Diez, Fruto Vivas, Alfredo Manaure, Alfredo Boulton. Lo anterior por nombrar a los de nacionalidad venezolana (me quedan por fuera otros tantos más, No lo hago porque no tengan rigor para mí, sino que estas impresiones son ejercicio de memoria y cuando escribo a la primera prefiero dejarlo así, aunque me frustre porque no puede tener los dones de Funes el memorioso). No puedo dejar de mencionar a Arturo Uslar Pietri, cuya familia fue descendiente de los corsos y, al parecer, tuvo un familiar en Río Caribe, pueblo de origen de los Arismendi Belmonte.

 

También hay una cuantiosa lista y episodios que le otorgan un muy buen balance a la narración sobre artistas plásticos extranjeros como Calder con quien Carlos Raúl Villanueva tuvo una entrañable amistad y pasaban vacaciones juntos en Venezuela o Estados Unidos. Aspecto que maravilla porque hace sentir que los venezolanos tenían amigos muy importantes y eran figuras reconocidas en el extranjero. Recordemos que en varias ocasiones Villanueva fue profesor en universidades estadounidenses, no solo lo fue en la Universidad Central de Venezuela.

 

De todo lo anterior, los dieciséis capítulos se pueden aglutinar temáticamente en la vida familiar de Margot Arismendi soltera y luego su vida de casada. En este apartado su vida se extendió mucho más. Al contrario, de lo que puedan pensar algunos no solo fue una simple madre, sino una mujer que jugó un rol activo en el éxito de su esposo porque siempre estuvo para él, fue su apoyo, su aliciente dentro y fuera del país y en especial a partir de 1971 cuando comenzó a empeorar mucho más de salud.

 

Al margen de la lectura…

 

En suma, leer ficción venezolana y estos títulos que no forman parte de la ficción me ayudan a formar mi rompecabezas como individuo de esta tierra. Entender por medio de la historia de otros qué somos como nación; lo que vivieron, tener de cerca otras versiones más de la historia oficial estudiada o de las anécdotas escuchadas en casa en voz de mi padre y mis abuelos dilata mi noción de país y así reafirmar mi versión que con cada libro voy reconfigurando.

 

En este asunto de entenderme (nos) como nación me encanta cuando la narración incorpora nuestras palabras, es decir, nuestra variedad dialectal que es tan rica, tan sabrosa y me pareciera que tuviera a mi abuela materna contándome muchas más cosas de las que no dio tiempo contar. Leer estas palabras es valorar nuestra lengua, nuestras formas de hablar y expresarnos de no sentirnos apachurrados, sino sentir que sí nos sacamos el palito premiado y ahí sí ser todos unos ciruelos. No estar caribeados por lo que somos. Al contrario, henchidos de orgullo y que ese orgullo sirva para abrir las zanjas de lo que, sé, aún hay tiempo para cambiar y mejorar.

 

Siento guayabo de haber terminado el libro, quisiera seguir en sus páginas porque me recuerdan a mis queridos Tutes de Barinas, mis adorados abuelos maternos. Creo que últimamente estoy buscando este tipo de historias porque me reconectan con una Barinas que ya no tengo, con el árbol de mamón y mi Tute a la sombra leyendo o contándome sus historias. Pasa que ese tiempo ya no está, así como ese país. Nunca me he ido, pero cada día que pasa, conforme camino por las calles, desconozco mucho más el país en el que vivo. Hay días en que no me siento parte, así como Margot le confiesa a Adriana que ella siente que está de más. Esta lectura me hizo extrañar los arreboles de Barinas, extraño ver el Pico Bolívar a lo lejos, extraño la ilusión del porvenir cada vez que entraba a la ULA. Será que para recordar ese buen ayer tendré que partir.

…. Me detuve en la Internet a ver a Caoma, la casa de la familia Villanueva y otra vez visitar algunas de sus obras, que más que obras son patrimonio para la nación: me refiero a la Ciudad Universitaria. 

Pocas veces no detenemos a pensar en aspectos paratextuales como la portada, la tipografía, la calidad del material. En mi caso, pasaron muchos años para darle una oportunidad al libro porque no me gustan los márgenes sin justificar, pero gracias a Dios por el cambio de perspectivas porque cuando volví a retomar la lectura asocié el uso de los márgenes como si fuese para imitar la memoria, es decir, lo que voy recordando rápido lo anoto por si se olvidan algunos datos o pasajes que no quiero suprimir. Quizás sea tonto, sí; porque la autora empleó una grabadora y luego tuvo lugar la edición, corrección. No obstante, me gusta asociar la justificación de los márgenes sin márgenes como un dictado de las musas que otorgan el privilegio de narrar a todos.

He llegado al final de esta impresión y quiero decirles que compré el libro por la conexión que pudiese tener con Ifigenia de Teresa de la Parra. No hubo ninguna. No me arrepiento, me siento complacida porque, aunque pasaron muchos años, le llegó el tiempo de lectura. ¡Gracias por leerme! Recuerda siempre, siempre que los libros son los mejores amigos. Sí, es idealista, es romántico, pero así soy y te lo digo con toda la honestidad que cabe en mi corazón.



[1] Similar a la biografía preparada gracias a la entrevista hecha por Diego Arroyo Gil a Margot Benacerraf.

[2] Conocido como el candidato de las musas. Fue una figura relevante para la Caracas de principios del siglo XX, de acuerdo con las referencias de Margot. Político, poeta entre muchas otras facetas.

[3] Hacían bromas sobre él en el semanario El Morrocoy Azul.

[4] La información también permite mostrar pasajes de la historia de principio del siglo XX porque contrario a lo que ocurre ahora que vamos a la farmacia y nos entregan el medicamento. El farmaceuta debía prepara la receta. Por tanto, debía tener nociones de medicina y de los ingredientes.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Impresión del libro Nadie acabará con los libros (2010)

 

Nadie acabará con los libros. Umberto Eco y Jean-Claude Carrière (2010)

 

Entrevista realizada por Jean-Philippe de Tonnac

Lumen Ensayos

263 páginas

 


Título y contenido del libro resultaron seductores. La entrevista realizada por Jean-Philippe de Tonnac a Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, autores muy relevantes en la escena literaria, cinematográfica y artística en general. Compuesto por quince capítulos, discurre sobre los libros; conocer si, desde sus perspectivas, en el presente con salto inmediato al futuro se eliminará este ingenioso artilugio y si es así qué y quiénes lo harán.

 

Tal punto de partida sirve para que los autores compartan sus ideas en cuanto a temores sobre la quema de su biblioteca, la duda sobre si llegamos a leer todos los libros que se encuentran en los anaqueles, la destrucción de las bibliotecas en el pasado en mano de ignorantes poderosos (la realidad como en la ficción), el carácter de universalidad (la idea de lo clásico como medio para prevalecer con el paso del tiempo) que tienen o no las obras, el terror que puede suscitar encontrarse solo en una biblioteca de inmensas proporciones en medio de la noche y hasta un apartado sobre la influencia de los tiranos, los imbéciles y la locura en la edición de libros. Todos estos temas hacen que considere al libro un compendio digno de reflexión en la actualidad.

 

Y de la enumeración anterior dejé a un lado la función que ha representado la llegada de Internet y los soportes digitales en la promoción, existencia y prevalencia de los autores. ¿Qué creen ustedes, ven a la musa que todo lo sabe y todo lo tiene con benevolencia o son sus detractores? Se los dejo como interrogante para procurar en ustedes el posible encuentro con el libro.

 


A partir de lo anterior, cada capítulo se ramifica o podría desmembrarse de forma fructífera para crear otros títulos porque es tal la vastedad bien proporcionada de información e interpretación que bien daría paso a concebir otra obra especializada. En este sentido, es valioso porque la lectura se convierte en una necesidad por adentrarse a autores que se desconocen, a la razón de publicación o destrucción de ciertas obras de arte o de cómo en el intento de pasar a los anales de la historia ciertos tiranos terminaron sumidos en el olvido por el acto vandálico de destruir un templo: Eróstrato dio órdenes de incendiar el templo de Artemisa.

 

Datos como el anterior se desperdigan a lo largo de la conversación, razón por la que la lectura se convierte en una entrevista con visos borgianos, pero extraída de la realidad. Entonces, cabe la interrogante: ¿no hay ficción? Por supuesto, pero como elemento de la literatura, como huella que caracteriza a los géneros literarios. En este sentido, la ficción está presente, se hace mención de novelas y autores por argumentar el valor de las obras. Uno que puedo recordar al momento en que escribo es como algunos editores desestimaron y descartaron a ciertas obras y autores (Víctor Hugo u Honoré de Balzac).  Asimismo, se tiene que los entrevistados son autores reconocidos por la crítica literaria y en la escena cultural mundial. Al respecto, es de dominio público que Umberto Eco junto con haber sido un loable profesor de semiótica en la Universidad de Turín, es autor y guionista (fue amigo del director de cine Luis Buñuel).

 

Prosigo con esta idea de la ramificación. En cada apartado del libro y hasta en cada párrafo se desperdigan ideas que propicias otras tantas más. Como en un pasaje nos topamos con Ganesha a propósito de mencionar la aparición de la escritura en el Mahabharata. Fragmentos después con Hitler cuando cometió suicidio después de haber sido contado como uno de los grandes imbéciles de la humanidad al haber propiciado el odio y cuasi destrucción de la cultura o el intento de imposición de una única versión de la historia alemana. Y así puedo continuar enumerando ejemplos, pero mi intención es que ustedes también sientan atractivo el libro y se dejen seducir por el contenido de esta erudita, entretenida y nada frívola entrevista.

Casi se me escapaba hablar de las ilustraciones a cargo de André Kertész. Son una aliciente, un complemente perfecto para esta entrevista nada forzada y que bien pudo y puede dar par muchos encuentros más. Sobre todo cuando ya han pasado más de 15 años de la publicación del libro. Sería muy atractivo escuchar las apreciaciones de los autores cuando cada día estamos más sumidos al subproducto de Internet con gran éxito de ventas que son las redes sociales. 

Al margen de la lectura…

 

-El libro es útil para arrancarse la idea de que todos los libros que tengamos en nuestros anaqueles deben ser leídos. Me fascinó leer (porque una vez lo llegué a pensar) el hecho de tener esos libros que esperan por nosotros como aquellos privilegiados que tienen una bodega con vinos de excelente cosecha esperando para darnos sosiego.

 

Los libros siempre tendrán detractores. Algunos unos soberanos idiotas como Bush, Trump o Hitler, pero la gran mayoría sendos intelectuales que lo hacen porque saben muy bien el peligro al adentrarnos en sus páginas ¿Por qué? Porque nos invita a pensar, a dejar de ser borregos y si nos convertirnos en contestatarios es porque tenemos una postura al respecto. Bueno o mala, no importa, en un primer momento hemos sido raptados por las ideas y estamos formando parte del mundo de la creación. Así como el tapiz del tiempo nos demos cuenta de que solo fue un pensamiento sumamente descabellado.

 

-La literatura, a través de la lengua, porque la lengua es uno de los instrumentos que emplea la ficción, evoluciona, está sujeta a cambios. Entonces leeremos a Shakespeare o a Cervantes. Si en el futuro se continúa leyendo Don Quijote será porque es una expresión de lo humano, de nuestras pasiones por leerla y aprehendernos a ella y en palabras de Eco:

 

No leemos a Shakespeare tal como escribió él. Nuestro Shakespeare es mucho más rico que el que se leía en sus tiempos. Para que una obra de arte lo sea debe ser conocida, es decir, debe haber absorbido todas las interpretaciones que ha estimulado, que contribuyen a hacer de ella lo que es. P. 134.

 

-En tono más de chisme. Me pasa que subrayo, marco y escribo en todos mis libros, pero en particular con este. Cada marca, cada post-it invita a volver a leer, a buscar en otras fuentes a dejarse tejer y destejer por las ideas de los autores. A dejarse raptar por las obras que mencionan. A si bien sentirse sumamente ignorante, no dejarse avasallar por ese sentimiento y continuar nuestro camino lector, nuestro sendero que se marca por palabras y libros.