222 páginas
Me acuerdo de que yo llegaba al Castillete y tocaba la campana, y de inmediato
se aparecía Panchito, un mono que tenía Reverón, y Panchito me abría la puerta.
(Se ríe). ¿Tú te imaginas que te abra la puerta un mono? A Reverón le gustaban
mucho los toros, como a mí, y le ponía a Panchito un traje de torero. P.53.
Siempre me cuesta salir del placer de conversar. En un gesto que me ayuda a espabilarme, llevo la vista hasta la pintura de Guayasamín, allí donde Margot es Margot y no es Margot, esa pintura donde el rostro de Margot parec atravesado por el teatro de la vida, por el teatro de la vida vivida: esa pintura que es el retrato del personaje de la memoria, el personaje cinematográfico, el personaje que protagoniza esta entrevista de aproximación a Margot Benacerraf. P.150
Así como Araya marcó la historia
del cine venezolano y latinoamericano, este libro resulta palmario en mi historia de la lectura. La
figura de Margot Benacerraf fue clave para entender la promoción de la cultura
en el país, no solo por haber fundado la Cinemateca Nacional en 1966, sino que
al igual que sus amigos Miguel Otero Silva, Mariano Picón Salas y otros tantos
intelectuales asistió a la llamada de un país que los necesitaba para
reconstruirlo luego de la dictadura.
Vi Araya en el 2008, luego, entre
las tardes, leí un compendio sobre su vida, titulado Margot Benacerraf, cuadernos de cineastas venezolanos, editado por
la Cinemateca Nacional de Venezuela. En
el 2019 se publica La sal de ayer,
Memorias de Margot Benacerraf, pero llegó a mis manos unos meses atrás gracias
al grupo de lectoras al que pertenezco. El 29 de mayo murió nuestra laureada
cineasta (a veces me siento incomoda usando tanto adjetivo, pero es que ello sí
los merece. Es más, alguien como ella debe divulgarse a capa y espada).
El libro es una entrevista[1]
amena, cercana. En la que a ratos pareciera difuminarse por completo la figura
del entrevistador para darle paso a la voz de Margot. La deja hablar, a sus
anchas y maravillarnos de tantas amistades e hilos artísticos que entabló en su
vida. Se inicia por el principio: los orígenes de la familia paterna, su padre,
aunque nacido en Tetuán, Marruecos ella lo consideraba más venezolano que
cualquiera.
Como buen judío sefardí reunió una pequeña fortuna y asistió al llamado de
un tío quien lo invita a trasladarse a Venezuela. Aquí continua unos negocios,
regresa por un breve lapso a su ciudad para unirse en nupcias con Sete Coriat,
madre de Margot.
Instalados en Venezuela forman una familia. Conforme Margot se hizo
adolescente demostró que no sería la típica mujer casadera oriunda de una
familia de extranjeros acomodados, pues da cuenta de que disfrutaba la lectura, el arte. Eso se constaba porque en
1944 obtuvo el primer lugar en un concurso de ensayos auspiciado por el
Ministerio de Educación cuando era una estudiante del Liceo Andrés Bello. Años
después como estudiante universitaria (1948) ganó otro concurso, esta vez
convocado por la Universidad de Princeton.
En su voz seguimos conociendo de
cerquita su vida, una especie de álbum familiar nítido conducido por la memoria
de las palabras. La entrevista se pone mucho más interesante después de contarnos
la culminación de sus estudios de cine en París -desde su perspectiva,
exageradamente teóricos- pues inicia el relato de la experiencia de dirigir a Armando
Reverón para el documental de su vida, luego el proceso de creación, producción
y dirección de Araya, la amistad y
cuasiconvivencia por un lapso de seis meses con Picasso y el proyecto de filmación
fallido de La triste historia de la
Cándida Eréndira y su abuela desalmada.
Pero conviene expresarles que antes de cederle la palabra a Margot, Diego
Arroyo hace, a lo largo del contenido del libro, unas especies de proemios de
lo que ocurrirá en las líneas que siguen. Vuelvo con el documental de Reverón.
Es, tal vez, una de las partes que más disfrute del libro –y releí- siento un
halo de misticismo, de yo no sé qué en torno a Reverón. Su locura provoca
fascinación por lo inexplicable, por cómo la genialidad se desliza por las
líneas de lo que no es aceptable para el común, para la convención social. Por
eso abro otro paréntesis y les dejo entrever más aún mi experiencia lectura
para decir que me siento a gusto al respetar, admirar y dar gracias porque
hayan existido personajes que hayan podido reconocer el valor del artista, pero
también al artista sin pose, sin reclamo de títulos, cuyo único centro y procura
de vida fue crear arte, crear discursos que solo busquen conmovernos sea con
imágenes, palabras, colores, texturas.
Un alto aquí para expresar que su vida fue un privilegio, quién puede decir
que conoció a estos tres artistas juntos y lo más cumbre: los dos últimos
querían que dirigiera una película sobre ellos: ¡espléndido!
Debajo de estos primeros planos, tenemos el fondo y el fondo son la
cantidad de intelectuales, poetas, cineastas que conoció y no solo de pasada,
sino de cerca. Amistades íntimas y sinceras. Yo no quiero seguir contándoles
porque quiero que lean el libro, quiero, anhelo que conozcan a esta cineasta,
esta verdadera artista quien como el mismo libro relata fue un verdadero genio
y figura para la cultura y el arte en Venezuela. Me emociona poder conocer
personajes como estos porque alimentan mi ser y no lo digo con ánimo de melosería
es que es la simple verdad. Leo y releo pasajes para darme gusto de su vida y
quizás tomar prestada y vivir un pedacito de su vida.
Cierro esta impresión debatiendo si les hago una lista de los artistas y e
intelectuales con quien entabló amistad, prefiero sembrarles mucho más la duda.
Sí finalizo resaltando otro aspecto
especial de Margot. Su índole de investigadora sagaz al acometer cada proyecto
de dirección. En el caso de Reveron, se dedicó a hacer un inventario de los
cuadros, en vista de la escasa información sobre él. Las pinturas reposaban en
los hogares de las familias perteneciente a clase media caraqueña porque al
pintor lo veían más como una atracción de domingo cuando bajaban Macuto que por
su verdadera impronta de artistas. Para conocer más sobre el artista de la luz
recomiendo La obra de Armando Reveron por
Alfredo Boulton.
De forma similar ocurrió al dirigir Araya, se trasladó hasta los archivos
de Indias en España para conocer a enclave tan importante durante la colonia.
Con solo este dato podemos atar cabo y saber que su ars de vida era la creación
de imágenes con razón, con fundamento, con sentido y belleza para el
espectador.
Ahora si cierro, con esta cita. No
soy conocedora en absoluto de cine, pero sí respeto, respeto mucho al arte y a
los verdaderos creadores cuando expresan hechos como estos:
Recuerdo
que un productor español que se mostró interesado en el proyecto me propuso
rodar en los desiertos de Almería, donde se hacían películas de vaqueros. Yo no
podía hacer eso. La Guajira, con todos
sus defectos, tiene una magia especial y esa magia no podía sustituirse[2].
El Gabo decía: “Esa película la puedes hacer tú sola con un camarógrafo, como
hiciste Araya”, pero eso no era verdad. P. 144.
Posdata: esta impresión es insuficiente, pero es mi versión de la lectura
del libro. Otra cosa, para algunos Margot era una mujer “trancada”, “difícil” a
lo mejor entre todo mi edulcoramiento y ensimismamiento si hubiese tenido el
privilegio de conocerla, me habría tratado como poquita cosa, le habría
parecido un huevo sin sal… aun así sostengo que ella es y será genio y figura.


No hay comentarios:
Publicar un comentario