jueves, 25 de septiembre de 2025

Impresión de lectura de Volver a cuándo

 

Volver a cuándo, (2023). María Elena Morán

159 páginas


Ahora no llueve hace meses, no cae ni una lloviznita siquiera, y aun
así la escuela está vacía. Son tantos los niños que se han ido del país con
sus familias y tantos más los que no logran llegar por falta de transporte
o de dinero para el pasaje, o de ambos, que las maestras juntan niños de
varios grados en una misma aula y distribuyen las asignaciones como si
fuera tareas dirigidas y no educación oficial. p.71 

Éramos gente chévere, ¿no creéis vos, Raúl? Educados, conscientes,
siempre rodeados de gente que aprendía. Vos contento en tu escenario,
enseñando a las centenas de estudiantes de tan variadas edades que
pasaban por tus clases; yo en los bastidores, organizando los horarios y
reuniones y documentos que permitían que profesores como vos
tuvieran su escenario y su público. Parece como si todo eso hubiera
ocurrido en otra vida, en otras personas. Como si unos ladrones
hubieran entrado a robarnos, me hubieran abierto para sacarme de
dentro todo lo que yo era y hubieran dejado el cascarón en el portón
para no cargar ese peso innecesario.p.94 


Esta gente no ha ni sentido bien el olor de la desgracia ajena cuando
ya llega preparando sus ofertas. Saben que no hay desgracia inútil, no
hay dolor que no rinda algún tipo de ganancia, es cuestión de estar
pendiente, listo para atajar la ventaja. ¿En qué momento tanto fue a
parar en manos tan ajenas? ¿Cómo esta mujer vino a parar aquí?
(Nosotros mismos la trajimos, Chelita).p.140

No suelo buscar referencias extras como notas periodísticas o artículos académicos cuando me arrojo a la escritura de las impresiones de lectura. ¿La razón? Quiero que tengan un talante desenfado, distante de mi función como docente. Lo que intento decir es que se alejen de una reseña académica y aunque den cuenta sobre la trama, las acciones, así como las vivencias de los personajes no se colmen de didactismo sobre cuáles son los elementos que debe tener la impresión para que en realidad sea una reseña. El lado B de ellas también tiene que ver con que estas reseñas tienen la intención de ser, de mostrar mi historia de la lectura y esta no es una historia del país aunque últimamente los títulos que escojo sean tan referenciales porque son libros sobre la realidad de Venezuela en formato literatura o la no ficción que encontramos en la ficción. ¿Para qué? Para entendernos, para entender que pasó en el país así no sea un documento histórico, sino mediado por el ars narrativa.


Como no es extraño me he dispersado. El motivo de esta introducción es decir que esta vez sí me vi muy movida a buscar otras fuentes provenientes de boletines y portales literarios o periodísticos. La lectura fue frustrante, dolorosa y para describírselas en un tono que se parece a mí: bastante melodramático porque lloré de irá, de rabia por el país que somos hoy y sobretodo porque siento correspondencia con lo que expresó Llorens (2023):

 También es un primer paso hacia una conversación muy difícil que tenemos pendiente como país sobre el por qué no se tomaron en serio las advertencias proferidas a tiempo, por qué se despacharon tan fácilmente, y qué responsabilidad nos corresponde a cada uno en esa debacle. (Prodavinci).

De allí que en Volver a cuándo, (2023) título bastante sugestivo para cualquier lector porque para algunos los podrá llevar a esa época edénica de esperanza chavista, pero para la gran mayoría (me incluyo) y con ello lo dicho en la cita supra por qué no volvemos a cuando había tiempo de advertir, de tomar acciones para evitar este oprobio, negación, pobreza, escasez, oportunismo, emigración, desencanto, evasión como país.

Nina, protagonista de la novela, antigua miembro del chavismo está desencantada con el proyecto de país. Despierta del letargo al ver a su hija Elisa, preadolescente, malnutrida. Se aventura a Brasil. En una ciudad fronteriza entre Brasil y Venezuela su campamento es azotado en un ataque xenófobo por lo que inicia un trajinar para lograr llegar a Porto Alegre, ciudad escogida porque a cambio de trabajo tendrá pernocta y comida gratis.

Transcurren ocho meses en ese trabajo sin tener remuneración alguna. En un arranque de ira con el dueño argentino del hostal (aquí se muestran marca de resentimientos y supremacía entre una nacionalidad y otra) al exigirle sus derechos, queda en la calle, sin dinero y a expensas de la caridad ajena. Mientras esto ocurre un Raúl fantasma (padre de Nina, deambula de una lugar a otro durante la novela) conversa con su esposa Graciela sobre la debacle y sinsentido del país y cómo no lo pudieron haber visto cuando aún había tiempo y esta cada vez más depresiva, más hambrienta y más entregada a estar entre la oscurana (clara simbología de la hora oscura con la que toda la población está lidiando) de su cuarto pareciera que en cualquier momento se entregara a la muerte (porque así se sentía el país entre 2018 y 2019 toda una masa entregada a un suicidio colectivo que batallaba ante otro día más).

 Por su parte Elisa, preadolescente que en el tiempo de la novela va de los doce a trece años y la llegada de la menstruación se cuestiona su mundo, extraña a su madre, pero lo enmascara con odio e ignorándola desde los mensajes de Whatsapp. En este tedio que es añorar reaparece su padre quien desde el inicio se nos muestra como un remedo de hombre que viene a querer reparar su ausencia de cinco años al convencerla a irse a Estados Unidos. Ex miembro de alto rango del chavismo ahora busca huir de un país al que prefiere no ver del todo mientras cruzan La Guajira.

Esas, a grandes rasgos, son las acciones que ocurren en la novela. Hay otras también importantes que llevan al desenlace, pero quiero cerrar expresando que hay libros que nos dejan un sabor amargo. Una serie de sensaciones que habrías querido no vivir, pero las has vivido y eso es lo que sucede con Volver a cuándo. Creo entender la razón de muchos venezolanos que van y vienen y sienten tanta desazón, una relación amor y odio por el país. Es que, desde mi parecer, no entendemos cómo hemos soportado tanto, todo nos parece un remedo, una mala broma. Desde los precios exageradamente altos a la negación de que no nos sentimos mal por ser venezolanos. O mejor dicho un cúmulo de sentimientos encontrados entre un gran amor, pero que bien sabemos que ese amor fácilmente no lleva a la rabia porque no hay nada como les ocurrió a Camilo y a Nina.

Quiero cerrar esta impresión con el hecho de que los apagones, la emigración en masa, la escasez es tan cercana, pero a la vez se parecen a cuando estamos ante un puesto de control porque existe tensión y oleadas de expectativa antes de pasar del punto A al punto B porque por un instante sientes que no vas a lograr pasar y de la nada se abre paso, se atraviesa y se sigue el camino. Ahora mientras lo escribo siento que no logra capturar la esencia, pero es lo más cercano con lo que lo puedo asociar.

Temas principales: desilusión, diáspora, frustración, relaciones familiares, rupturas amorosas.

Al margen de… tejo mi historia con la lectura

 Al igual que una muy querida profesora me preguntó años atrás por qué insisto en seguir leyendo novelas venezolanas que nos narran como país, narran nuestras heridas y desencantos. Porque siento que es lo único que me ayuda a entender la nación y no odiarla como odio a quienes nos dañaron el país. Sé que odiar es un verbo fuertísimo, pero también sé que ahora más que nunca hay que ponerles el justo nombre a las situaciones e incluyo a las emociones y eso es lo que siento. Sin duda tengo muchos libros por delante que nos narran (sé que tengo una deuda pendiente con los del lado del oficialismo). Solo puedo decir que estoy en esa tarea. No lo hago para que se sientan mal. Es que considero algo que debo hacer para entender al país, hacia dónde vamos y a sopesar mi tristeza y entronizarla con objetividad.

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