Impresión sobre Cuentos de dos familias, 2021
Federico Vegas/Francisco Suniaga
80 páginas
Siete relatos autobiográficos o relacionados con los acontecimientos históricos vividos en determinadas épocas por los autores durante su infancia y adolescencia conforman el libro Cuentos de familia publicado en Málaga, España en el año 2021. Cada relato inicia con una fotografía que para los autores juega un rol fundamental y digamos central en la construcción de la historia.
A partir de lo anterior, ¿una fotografía puede dar rienda a una historia? Claro, para una muestra Estambul[1] de Orphan Pamuk por nombrar a algún libro que llegó de primero en mi memoria. No se me ocurren más, seguro en una semana llegaran otros títulos y da miedo este acontecimiento porque me preocupa que pueda sufrir de Alzheimer, pero lo más seguro es que se deba a mi ignorancia. Es mejor cortar de raíz con esto y no seguir con mis elucubraciones insensatas.
Retorno a los cuentos de Vegas y Suniaga, estoy de acuerdo y cito la contraportada: “Multiplicidad de cuentos que no son estrictamente producto de la actividad literaria”. Entiendo el porqué del argumento, pero qué más literario que la oralidad, cuna de la literatura. Ese arte sabroso de echar cuentos y escucharlos con atención atenuaba la vida, la vigorizaba también al escapar así sea unos segundos de las cruentas faenas del pasado o también ese cansancio que nos mantiene presas en el presente.
En fin, Suniaga es digno heredero del arte de contar y no se reunirá en una plaza margariteña a relatar sus cuentos, pero sí los entrega en formato escrito para que los venezolanos nos veamos reflejados en un solo sentir. Porque podemos provenir de diversas regiones, pero el acto de narrar permanece en mayor o menor medida entre una y otra familia. Esto me remite obligatoriamente con mi historia familiar. A mi abuelo le encantaba echar cuentos a la sombra de la mata de mamón cuando iba cayendo la tarde en una ya lejana Barinas. A mis primas y a mí nos gustaba mucho escucharlo. Sus cuentos eran frescos, graciosos y cargados del terruño como la brisa de la tarde.
Entonces al leer a Suniaga, con esos relatos de familia primero con Margarita Infanta, 2010 y luego en estos cuentos la memoria familiar se honra y se perpetua hacia otros horizontes y fronteras para mostrarle a los que ya no están en el lar nativo, pero que lo siguen con cariñosa nostalgia, lo que somos como país, como imaginario de alegría, de esfuerzo, de bonachonería, si se me permite el término.
Muestra de lo anterior es el cuento “El tío Rafael”, una historia redonda y con final feliz –como nos gustan-. El tío Rafael, aunque muy inteligente, no pudo ir a la escuela desde temprana edad porque su madre, la abuela de Suniaga: Luisa Ramona confío en dárselo a una tía que se encontraba en mejor posición que la esforzada abuela panadera de Su, pero presupuso mal porque la tía en lugar de ayudarla en darle al niño Rafael un mejor futuro lo enviaba a vender dulces a la escuela. El niño Rafael sabía que tenía un medio hermanito que sí iba a la escuela y aunque este niño, el tío Julián, no tuviera la consabida puya para comprarle un dulce siempre, siempre se lo dejaba. Esto le causaba mucha consternación. Hasta que un día le preguntó a la maestra. Y la maestra sin más preámbulo le contestó: “¿No lo sabes? Él es hermanito tuyo, se llama Rafael”. P. 68.
Cómo no sentirse a gusto y
reflejar una sonrisa luego de leer. Quizá yo peque de muy inocente, pero en mi
infancia escuché de mis queridos tutes (así les llamaba a mis abuelos maternos
de Barinas) historias parecidas. A todas
estas, la abuela se entera de que la tía tenía a su niño como vendedor de sus
conservas en lugar de enviarlo a la escuela. Aunque se enteró tarde, pues el
niño ya tenía 13 años. Rápidamente dio muestras de que su mamá no estaba
equivocada sobre la avidez y nobleza del niño porque aprendió a leer y
prosiguió los estudios. A la edad de 31 años egresó de la escuela de Medicina y
lo primero que hizo fue enviar a unos albañiles a destruir el horno que tenía
Luisa Ramona en el patio de la casa porque de ahora en más su mamá estaría bajo
su cobijo y manutención.
Así como en este relato encontramos la estampa de una persona buena y que se siente comprometida con todo el esfuerzo de su familia, en este caso, de la madre, también estamos ante la representación de la ira. En el cuento “Polvorín” tenemos el retrato de un ser venático. Mató a un hombre y a partir de ese episodio todos le temían en La Asunción. Esta “realidad existencial” narrada por los autores no escapa a esos cuentos de caminos muy típicos de finales del siglo XIX y principios del XX. Recuerdo en especial una ocasión en que una conocida durante mis años universitarios me contó que había tenido un tío que era muy solitario y vivía en un caserío de Capacho porque según las malas lenguas había matado a un hombre, por eso se mantenía alejado y en la mayoría de los días también alcoholizado.
Por lo que en este libro encontré historias tan cercanas, tan familiares en las que bien pueden retratarse a cualquier familia porque sin importar el origen entre unos y otros existen historias comunes y en esas historias entendemos nuestra complejidad existencial. Es el caso del aspecto marital, no del amor, sino del hecho de jactarse de vivir un largometraje -matrimonio- de 52 años con alguien que nunca llegaremos a conocer del todo. Esta arista de la vida también es narrada por ambos autores. Vegas en el cuento “Arnaldo y Antonia”, en resumen, abarca las acciones de un matrimonio con una gran diferencia de edad y sin nada en común a no ser el acta de matrimonio, son aburridos, desabridos, al parecer la huella sin interés que puede tener cualquier familia. Por parte de Suniaga “El amor, a pesar de todo” ese matrimonio largometraje, como es narrado, donde no se escapan las posibles infidelidades del esposo.
Sin duda, leer este libro puede
ser el motor para despertar nuestras memorias familiares, una ráfaga de
recuerdos que muestran los hilos invisibles que nos mantienen unidos con
nuestra venezolanidad independientemente de la región geográfica, de nuestros
tíos o abuelos, o del lugar en el mundo en el que nos situemos como venezolanos.
Creo que hoy más que nunca es propicio alimentar nuestra memoria con todo lo
bueno o malo que nos colige como país.
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