jueves, 16 de abril de 2020

Leonora


Poniatowska, E. (2011). Leonora. Editorial Seix Barral: Barcelona

No suele ser común, pero a veces nos sucede. A decir verdad escasean estas ocasiones, pero cuando llegan sentimos que vale la pena, realmente vale. Este libro lo leí entre noviembre y diciembre de 2019. Me hubiese encantado que la lectura hubiese sido de un tirón. Todo lo contrario fue lenta, de a sorbos. No obstante, creo que así la disfruté mucho más y volví a sentir un reconocimiento entre algunos pasajes del libro y mi vida, aspecto que para mí era imprescindible cuando me inicié en el mundo de los libros. Por eso expresé al inicio del párrafo que sentimos que es muy poco frecuente.

Se trata Leonora, una suerte de excelente novela biográfica publicada en el año 2011 (3 edición) por Elena Poniatowska. Hace años, cuando fue nominada para el premio Nobel intenté leerla, – escogí para ese momento La piel del cielo-   fue imposible pasar de las 30 páginas. La dejé a un lado para cuando tuviera madurez o simplemente la obra llegará de nuevo a mí.
Ahora bien, ¿de qué va Leonora? Cuenta la vida apasionada que muchas mujeres desearíamos tener y quizá la lleguemos a tener solo que no nos percatamos de esto hasta ya bastante tarde. El libro está compuesto por 56 capítulos, pero al terminarlo, preferí establecer 5 apartados sobre los que  puede reunir tan singular vida.  
La primera abarca su infancia y adolescencia, la segunda su viaje de estudios artísticos a París en contra del padre y costeados por su madre. La tercera el loco y apasionado amor con Max Ernst entre la capital parisina y la campiña francesa en pleno estallido de II Guerra Mundial. En la cuarta vivimos los episodios en los que escapa de Francia con ayuda de una amiga y es recluida en un horrendo psiquiátrico, razón que marcará un antes y después. La quinta y última parte se sitúa en España, los amoríos con el mexicano para después partir a Nueva York, casarse y así girar el timón a México donde fijará residencia hasta el ocaso de su vida, contraerá segundas nupcias, tendrá sus hijos y será muy prolífica en su actividad creativa (escultora, pintora, escritora).
Al terminar de escribir el párrafo y hacer la lectura noto que tal vez la vida no fue tan excepcional. No se debe a las acciones del libro, sino a mi forma de sintetizarles el libro, en suma, mi  desabrido recuento, pero necesarísimo.
Ahora bien, lo que sí es determinante en esta obra es la pasión que destila –precisamente eso es lo que le falta a mi escueta reseña: pasión- Pasión por como son narrados los episodios y pasión de vida corporeizada en la Carrington. No podía ser para menos en una mujer que se codeó con los surrealistas, conoció desde muy pequeña las claves del buen vivir, y amó, amó apasionadamente hasta el punto de que pueda establecer una geografía del amor: primero en Inglaterra y su amor por los caballos (reconocimiento de la identidad animal que deja entrever su lado independiente y salvaje). Luego en París y su amor por el arte hasta sucumbir a los terrenos del amor carnal, del amor ciego hacia el excéntrico, seductor e irreverente artista alemán. El amor como refugio y salvación con el diplomático mexicano y el amor que crea vida con el polaco también en México. Finalmente, el amor a los hijos: concreción de todos los amores y más. Entre Europa y el nuevo continente se hilvana esta ars de vida que para intenta mostrar todo lo que es posible hacer como ser humano en virtud de estar aquí plenamente.
Admirable por su visión de artista, pero mucho más al haber sabido reponerse ante las vicisitudes de la vida…nada fácil tuvo que haber sido estar en un sanatorio y aún así se deslastrarse definitivamente de la figura paterna –aunque ella misma haya reconocido que muy en el fondo tuvo pudo haberse debido a vivir huyendo del padre- Fijémonos que está presente un padre castrador así ella haya sido mujer. Una mujer que bien se puede liar, en parte, con Diana cazadora; libre, independiente…indómita y sobre todo capaz de ir en contra de todos los cánones de la sociedad.
Era muy fácil haber sido sumisa y quedarse en casa, dejar que le escogieran el mejor pretendiente mientras pintaba “cuadritos” para el entorno, pero hizo todo lo contrario porque el reclusorio mental habría sido de por vida y pudiera haber muerto sin ni siquiera tener “un cuarto propio”. Una de las premisas que le confiesa ya en la última etapa de su vida a uno de sus hijos. Toda mujer debería preocuparse por tener, al menos un cuarto propio. No es otra cosa, tal y como ya lo había dicho Virginia Wolf, junto con ser independiente económicamente hablando, procurar tener una voz.
Fue en contra de la educación sentimental establecida para la época para dejar una lección de vida a todas las mujeres. Hoy cuando parece haber un despertar en la lucha por los derechos de mujer, leer esta novela nos hace consciente de tantísimos aspectos, pero de uno particular, posiblemente no se trata de gritar, de hacer ruido para conseguir la anhelada independencia, sino de trabajar en lo que realmente se desea, así no esté bien para muchos.
En pocas palabras, levantar la voz en silencio así para muchos sea una verdadera contrariedad porque en el silencio los pasos cobran más fuerza.

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