La ficcionalización de la
infancia en la literatura venezolana es escasa, pero sus notorios
representantes han sabido mostrar el imaginario de vida durante los primeros años
(Mariano Picón Salas con Viaje al
amanecer, Memoria de mamá blanca por Teresa de la Parra y Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios). Un imaginario
descrito por una naturaleza acogedora, abundante y bonachona; amigos fieles y
padres cariñosos que reguardan el pasado como un bien muy preciado.
Pero una cosa es mostrar
el paraíso de los primeros años sin antecedente alguno, es decir, sin
interferencias de las reminiscencias del autor –aunque esto no es del todo
cierto, pero no es ocasión de polemizar sobre tal asunto-. En todo caso, la variante
más común es utilizar las memorias personales para engrandecer un tiempo en el
que todo era apacible y con la esperanza de un mundo mejor. Un ejemplo es Margarita Infanta, del escritor
margariteño Francisco Suniaga. En ella el cine, la plaza, el patio, el salón
fotográfico son los espacios en los que transcurre una familia como cualquier
otra de la isla, pero que bien puede referenciar a un país entero.
Dentro de esta categoría
tal vez sea posible incluir la novela Edén,
vida imaginada del escritor italiano nacionalizado mexicano, pero de madre
venezolana y con una estancia durante su niñez en nuestro país. En este obra
opera un caso curioso que me permito llamar infancia cosmopolita. Aunque Francisco
Massiani haya descrito la clase media juvenil influenciada por una venezolana
moderna que deambula entre supermercados, cafeterías y centros comerciales, no
había habido ocasión de asomarse a una infancia lujosa con viajes a Europa y al
sur del Continente Latinoamericano.
El niño Alessandro,
Alexander o Alejandro –tal variedad en la escritura del nombre proviene
precisamente de sus estadas y el lugar de origen de los padres- desde muy
temprana edad tiene un pasaporte envidiable. Por sus viajes nos conduce con una
sonrisa inocente, pero también llena de picardía ante acontecimientos que son
un lugar común en las historias de la infancia, pero que no dejan de
entretenernos, así somos testigos fieles de la confesión de su amor a la
Beatrice que le roba el sueño, la preocupación por aprender y declamar 116 versos
y así ganarle al sabihondo de la clase y las miradas entre inocentes,
escrutadoras e impúdicas a su madre, tías y primas mientras se desnudan sin
percatarse del infante.
En suma, Rossi ofrece un
retrato de la infancia aderezado por
lujos, celebraciones y viajes de una clase privilegiada. No todos nos
podemos jactar de haber tenido un padrino diplomático en Europa y que en
ocasión del nacimiento del ahijado comprará estatuas de mármol de Carrara para
adornar la casa, una finca rural alejada de Caracas.
La vida de un reducido
sector: la clase alta venezolana de la segunda mitad del siglo XX.
Un pasado
privilegiado y pretencioso no puede guardar mucha relación con la niñez de la
mayoría. No obstante, la forma de rescatar esas memorias así como los episodios
narrados bajo el cristal de la inocencia hace que mucho se sientan identificados.
La mayor satisfacción de
haber leído este libro es la capacidad de poder trasladarme a mi infancia, a
esos momentos de dicha jugando en el patio con mis primos en una ya muy lejana
Barinas y Mérida. Sin duda, la memoria puede ser un agobio, pero si sabemos qué
rescatar siempre será una herramienta beneficiosa y de escape para situaciones
de agobio.

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