sábado, 18 de abril de 2020

Edén, vida imaginada por Alejandro Rossi


La ficcionalización de la infancia en la literatura venezolana es escasa, pero sus notorios representantes han sabido mostrar el imaginario de vida durante los primeros años (Mariano Picón Salas con Viaje al amanecer, Memoria de mamá blanca por  Teresa de la Parra y Ana Isabel, una niña decente de Antonia Palacios). Un imaginario descrito por una naturaleza acogedora, abundante y bonachona; amigos fieles y padres cariñosos que reguardan el pasado como un bien muy preciado.
Pero una cosa es mostrar el paraíso de los primeros años sin antecedente alguno, es decir, sin interferencias de las reminiscencias del autor –aunque esto no es del todo cierto, pero no es ocasión de polemizar sobre tal asunto-. En todo caso, la variante más común es utilizar las memorias personales para engrandecer un tiempo en el que todo era apacible y con la esperanza de un mundo mejor. Un ejemplo es Margarita Infanta, del escritor margariteño Francisco Suniaga. En ella el cine, la plaza, el patio, el salón fotográfico son los espacios en los que transcurre una familia como cualquier otra de la isla, pero que bien puede referenciar a un país entero.
Dentro de esta categoría tal vez sea posible incluir la novela Edén, vida imaginada del escritor italiano nacionalizado mexicano, pero de madre venezolana y con una estancia durante su niñez en nuestro país. En este obra opera un caso curioso que me permito llamar infancia cosmopolita. Aunque Francisco Massiani haya descrito la clase media juvenil influenciada por una venezolana moderna que deambula entre supermercados, cafeterías y centros comerciales, no había habido ocasión de asomarse a una infancia lujosa con viajes a Europa y al sur del Continente Latinoamericano.
El niño Alessandro, Alexander o Alejandro –tal variedad en la escritura del nombre proviene precisamente de sus estadas y el lugar de origen de los padres- desde muy temprana edad tiene un pasaporte envidiable. Por sus viajes nos conduce con una sonrisa inocente, pero también llena de picardía ante acontecimientos que son un lugar común en las historias de la infancia, pero que no dejan de entretenernos, así somos testigos fieles de la confesión de su amor a la Beatrice que le roba el sueño, la preocupación por aprender y declamar 116 versos y así ganarle al sabihondo de la clase y las miradas entre inocentes, escrutadoras e impúdicas a su madre, tías y primas mientras se desnudan sin percatarse del infante.
En suma, Rossi ofrece un retrato de la infancia aderezado por  lujos, celebraciones y viajes de una clase privilegiada. No todos nos podemos jactar de haber tenido un padrino diplomático en Europa y que en ocasión del nacimiento del ahijado comprará estatuas de mármol de Carrara para adornar la casa, una finca rural alejada de Caracas.
La vida de un reducido sector: la clase alta venezolana de la segunda mitad del siglo XX.
 Un pasado privilegiado y pretencioso no puede guardar mucha relación con la niñez de la mayoría. No obstante, la forma de rescatar esas memorias así como los episodios narrados bajo el cristal de la inocencia hace que mucho  se sientan identificados.
La mayor satisfacción de haber leído este libro es la capacidad de poder trasladarme a mi infancia, a esos momentos de dicha jugando en el patio con mis primos en una ya muy lejana Barinas y Mérida. Sin duda, la memoria puede ser un agobio, pero si sabemos qué rescatar siempre será una herramienta beneficiosa y de escape para situaciones de agobio.

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