jueves, 13 de noviembre de 2025

Impresión de: Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Margot. Retrato de una caraqueña del siglo XX

 

Adriana Villanueva

2004

336 páginas

Fundación Polar: Colección Periodismo y Memoria

 


Adriana Villanueva grabó a su abuela. El resultado de las grabaciones junto con la asistencia a un taller de escritura coordinado por Milagros Socorro dio cuerpo al libro sobre las memorias de Margot Arismendi de Villanueva, esposa del arquitecto más importante y reconocido del país: Carlos Raúl Villanueva. Estas memorias me permitieron acceder, de forma sosegada y sin sentir que era una impertinente, en la vida tranquila de lo que bien pudo haber sido cualquier familia venezolana de clase acomodada. Las historias dan cuenta del paso de los días rodeados de familiares, amigos y siempre al lado de su esposo, pero también nos mostró el cambio paulatino de una Caracas de los techos rojos a un territorio donde apremiaba la necesidad de modernizar los espacios.

Desde el prólogo anticipamos que no se trata de una sosa biografía sobre una figura pública más, sino que el arte de narrar –tanto en la voz de Margot como en el tejido textual preparado por Adriana- está presente porque en ningún momento, a lo largo de los dieciséis capítulos y el epílogo, la lectura dejó de ser vibrante, emocionante porque sentí que estaba escuchando a una abuela que tiene el don de hacerse.

Margot relata la procedencia de su familia. Se extrae la sensación de que se sentía muy, muy cercana y querida por su padre Juan Bernardo Arismendi. Ahora cuando expreso esto considero que casi no remite ningún episodio sobre su madre [1]a no ser lo buena y refinada que fue, no quiero decir que haya habido alguna desavenencia, sino que no es para menos porque gracias a Juan Arismendi e se construyeron en Caracas importantes urbanismos como las denominadas cajas de fósforos por algunos, se trata de la Urbanización San Agustín del Norte o El Paraíso. Ayudó a obtener casas a inmigrantes que llegaban al país solo con el anhelo de reconstruir sus vidas. Por eso su papá fue tan relevante y también porque aceptó a su esposo sin objeciones.

 

En ese recuento sobre el padre, relata cómo logró reponerse de una quiebra económica. Y es que el abuelo de Margot solo fue un maestro de escuela en Río Caribe en el estado Sucre, razón por la que no tenía los suficientes recursos para enviar a Caracas a estudiar a todos sus hijos, pero apenas Juan Belmonte  se trasladó a Caracas y bajo el padrinazgo del general Pedro Arismendi Brito[2] ahorró hasta erigir una farmacia y de allí, paso a paso, con el apoyo y fortuna de contar con buenos amigos y socios fue cosechando pequeños logros hasta convertirse en un buen desarrollador de urbanismos y bienes raíces sin formación alguna.

 


En el párrafo anterior expresó que tuvo una farmacia, pero Juan Belmonte [3]no solo era el dueño, sino que ejerció muy bien la profesión de farmaceuta[4]. Ahora cuando hace poco ocurrió la canonización de José Gregorio Hernández, viene como anillo al dedo mencionar que esta dama narra una anécdota sobre el querido doctor José Gregorio Hernández, leamos:

 

¿Sabes quién era el cliente de la Farmacia El Águila? El doctor José Gregorio Hernández. Papá era el encargado de arreglar su maletín y de preparar sus recetas que estaban escritas en una letra dificilísima de descifrar. José Gregorio lo llamaba Juancito, y cuando empezó a visitar la farmacia diariamente para preparar una misteriosa receta a una señora, papá, que siempre fue muy pillo, le echaba broma:

-¡Ay doctor Hernández! ¿A usted como que le pescaron? Porque está viniendo todos los días por esa muchacha. (p.62)

 


El pasaje ratifica el don de narrar, bien podría haber sido desabrido, pero no solo ofrece el balance de información, sino que agrada porque incorpora la faceta de hombre bromista. También el pasaje sirve como testimonio de la cantidad de personajes de dominio público que se mencionan en la obra. Se aprecia entonces la clase media venezolana concentrada en Caracas propia de una ciudad pequeña donde casi todos se conocían porque no había habido lugar para la eclosión demográfica de décadas más tarde producto del éxodo campesino y la llegada de los inmigrantes. Estamos hablando de la Venezuela de la primera década de 1900.

 

Un aspecto paratextual a celebrar sobre el título es el acompañamiento fotográfico, pues permite evidenciar el paso del tiempo. Conforme transcurren los capítulos, también las épocas y nuevos miembros se incorporan a la familia, pero otros se quedan en el olvido. Quizás por eso la selección de fotografías son de viajes, los hijos pequeños o de ella junto con su hermana y familiares a edad temprana. Se asume que la narración celebra la vida, sabemos que la muerte es parte irrefutable de la vida, pero en la narración no hubo ocasión para explayarse en la tristeza por la ausencia de un ser querido.

 

En las imágenes que ilustran la vida de Margot, se da cuenta de esa Venezuela de inicios del siglo pasado. En particular, siempre me ha agradado el episodio histórico sobre el lugar donde iban a vacacionar los caraqueños. Para ese entonces se le denominaba vacantes. Tales días de relajación se testimonian en la novela Ídolos Rotos 1901 de Manuel Díaz Rodríguez. El protagonista Alberto Soria se va a temperar a La Guaira. Al mencionar las vacantes siento que forman parte del imaginario colectivo de toda una población y generación. Recordemos cuando Margot Benacerraf entrevistada por Diego Arroyo Gil, expresa que los fines de semana la gente bajaba a La Guaira a descansar y a ver al loco, como ofensivamente conocían a Armando Reveron.  En la obra también las vacantes son la manifestación de una época dorada en la vida de los venezolanos clase media alta o sobretodo pudiente.

 

Y Reveron es otro nombre que desfila en sus anécdotas. Se debe a que Carlos Raúl Villanueva le regaló Juanita en el playón, el cuadro que adornó la cabecera de su cama. Tuvieron otros cuadros del pintor de la luz y desgraciadamente nunca se los devolvieron, pero dejemos que Margot nos cuente cómo fue la compra de Juanita

 

Yo estaba en mi cuarto cuando llegaron las muchachas de servicio muy asustadas para avisarme que un loco estaba preguntando por la señora Villanueva (…) Cuando me entregó el cuadro me hizo una advertencia: “Señora Villanueva, para poder apreciarlo bien mírelo con los ojos entrecerrados, recuerde que es la luz que encandila”. Y es verdad, solo si uno lo ve con los ojos apurruñados puede ver nítidamente el rostro de Juanita. (p.192).

 

Hasta aquí se podría extraer que toda buena memoria/biografía/historia que incluya a una familia tiene entrelazada la historia con amigos. De forma entrañable cuando son amigos provenientes de la intelectualidad, la academia, la política y sobre todo el arte. Por el libro circulan nombres como Jesús Soto, Carlos Cruz Diez, Fruto Vivas, Alfredo Manaure, Alfredo Boulton. Lo anterior por nombrar a los de nacionalidad venezolana (me quedan por fuera otros tantos más, No lo hago porque no tengan rigor para mí, sino que estas impresiones son ejercicio de memoria y cuando escribo a la primera prefiero dejarlo así, aunque me frustre porque no puede tener los dones de Funes el memorioso). No puedo dejar de mencionar a Arturo Uslar Pietri, cuya familia fue descendiente de los corsos y, al parecer, tuvo un familiar en Río Caribe, pueblo de origen de los Arismendi Belmonte.

 

También hay una cuantiosa lista y episodios que le otorgan un muy buen balance a la narración sobre artistas plásticos extranjeros como Calder con quien Carlos Raúl Villanueva tuvo una entrañable amistad y pasaban vacaciones juntos en Venezuela o Estados Unidos. Aspecto que maravilla porque hace sentir que los venezolanos tenían amigos muy importantes y eran figuras reconocidas en el extranjero. Recordemos que en varias ocasiones Villanueva fue profesor en universidades estadounidenses, no solo lo fue en la Universidad Central de Venezuela.

 

De todo lo anterior, los dieciséis capítulos se pueden aglutinar temáticamente en la vida familiar de Margot Arismendi soltera y luego su vida de casada. En este apartado su vida se extendió mucho más. Al contrario, de lo que puedan pensar algunos no solo fue una simple madre, sino una mujer que jugó un rol activo en el éxito de su esposo porque siempre estuvo para él, fue su apoyo, su aliciente dentro y fuera del país y en especial a partir de 1971 cuando comenzó a empeorar mucho más de salud.

 

Al margen de la lectura…

 

En suma, leer ficción venezolana y estos títulos que no forman parte de la ficción me ayudan a formar mi rompecabezas como individuo de esta tierra. Entender por medio de la historia de otros qué somos como nación; lo que vivieron, tener de cerca otras versiones más de la historia oficial estudiada o de las anécdotas escuchadas en casa en voz de mi padre y mis abuelos dilata mi noción de país y así reafirmar mi versión que con cada libro voy reconfigurando.

 

En este asunto de entenderme (nos) como nación me encanta cuando la narración incorpora nuestras palabras, es decir, nuestra variedad dialectal que es tan rica, tan sabrosa y me pareciera que tuviera a mi abuela materna contándome muchas más cosas de las que no dio tiempo contar. Leer estas palabras es valorar nuestra lengua, nuestras formas de hablar y expresarnos de no sentirnos apachurrados, sino sentir que sí nos sacamos el palito premiado y ahí sí ser todos unos ciruelos. No estar caribeados por lo que somos. Al contrario, henchidos de orgullo y que ese orgullo sirva para abrir las zanjas de lo que, sé, aún hay tiempo para cambiar y mejorar.

 

Siento guayabo de haber terminado el libro, quisiera seguir en sus páginas porque me recuerdan a mis queridos Tutes de Barinas, mis adorados abuelos maternos. Creo que últimamente estoy buscando este tipo de historias porque me reconectan con una Barinas que ya no tengo, con el árbol de mamón y mi Tute a la sombra leyendo o contándome sus historias. Pasa que ese tiempo ya no está, así como ese país. Nunca me he ido, pero cada día que pasa, conforme camino por las calles, desconozco mucho más el país en el que vivo. Hay días en que no me siento parte, así como Margot le confiesa a Adriana que ella siente que está de más. Esta lectura me hizo extrañar los arreboles de Barinas, extraño ver el Pico Bolívar a lo lejos, extraño la ilusión del porvenir cada vez que entraba a la ULA. Será que para recordar ese buen ayer tendré que partir.

…. Me detuve en la Internet a ver a Caoma, la casa de la familia Villanueva y otra vez visitar algunas de sus obras, que más que obras son patrimonio para la nación: me refiero a la Ciudad Universitaria. 

Pocas veces no detenemos a pensar en aspectos paratextuales como la portada, la tipografía, la calidad del material. En mi caso, pasaron muchos años para darle una oportunidad al libro porque no me gustan los márgenes sin justificar, pero gracias a Dios por el cambio de perspectivas porque cuando volví a retomar la lectura asocié el uso de los márgenes como si fuese para imitar la memoria, es decir, lo que voy recordando rápido lo anoto por si se olvidan algunos datos o pasajes que no quiero suprimir. Quizás sea tonto, sí; porque la autora empleó una grabadora y luego tuvo lugar la edición, corrección. No obstante, me gusta asociar la justificación de los márgenes sin márgenes como un dictado de las musas que otorgan el privilegio de narrar a todos.

He llegado al final de esta impresión y quiero decirles que compré el libro por la conexión que pudiese tener con Ifigenia de Teresa de la Parra. No hubo ninguna. No me arrepiento, me siento complacida porque, aunque pasaron muchos años, le llegó el tiempo de lectura. ¡Gracias por leerme! Recuerda siempre, siempre que los libros son los mejores amigos. Sí, es idealista, es romántico, pero así soy y te lo digo con toda la honestidad que cabe en mi corazón.



[1] Similar a la biografía preparada gracias a la entrevista hecha por Diego Arroyo Gil a Margot Benacerraf.

[2] Conocido como el candidato de las musas. Fue una figura relevante para la Caracas de principios del siglo XX, de acuerdo con las referencias de Margot. Político, poeta entre muchas otras facetas.

[3] Hacían bromas sobre él en el semanario El Morrocoy Azul.

[4] La información también permite mostrar pasajes de la historia de principio del siglo XX porque contrario a lo que ocurre ahora que vamos a la farmacia y nos entregan el medicamento. El farmaceuta debía prepara la receta. Por tanto, debía tener nociones de medicina y de los ingredientes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario