jueves, 27 de noviembre de 2025

Impresión de... El hijo de Gengis Khan

 

Un reencuentro con la narrativa de Ednodio Quintero: El hijo de Gengis Khan (2013)

 

Lo que ocurre tal vez es que la vida se parece a un libro formado por un haz de pergaminos, de los cuales solo se nos permite leer los que corresponden al pasado y al presente: Nada sabemos del mañana, aun cuando los pergaminos de ese día estén escritos desde siempre.  P.59

No sé desde cuándo escribe su diario. Lo que sí puedo asegurar es que en él vacía los sucesos del día, de forma tan prolija y detallada que si alguien los leyera con atención podría revivirlos. (...) Si al cabo de un siglo un lector desprevenido se acercara a esos escritos y lograra descifrarlos, estaría en capacidad de afirmar que estuvo presente en alguno de los episodios allí narrados. P.85.

¿De qué me alimentaba en aquel país lejano de trenes extraviados en la bruma? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? ¿Quién era el rey de los monos? ¿Me había convertido yo, por obra alguna de la hechicería, en una máquina de soñar? P. 172.

 


En esta novela conocemos las vivencias del hijo nonato de Gengis Khan por las estepas de Mongolia. El heredero no nacido, durante los primeros ocho capítulos, relata en primera persona las acciones que tienen lugar entre las batallas. Por lo anterior, considero oportuno advertir que, si alguien piensa leerla porque tendrá un relato sobre los motivos bélicos y de conquista de Gengis o un perfil psicológico que reconstruya su imagen desde la antigüedad así hayan transcurrido ocho siglos no lo encontrará, pues no es el argumento de la obra. Es más ni siquiera tiene voz.

Entonces, el príncipe narra, desde el vientre de Zolzaya su madre, sin que, al parecer, nada ocurra. Pero en esa aparente nada tienen lugar sucesos como derrotas y celebraciones, también su madre escribe con ideogramas primorosos las memorias que servirán para aumentar la leyenda sobre el guerrero más endemoniado de Asia.

Asimismo, en esa calma chicha, sufre intensos ataques de celo por el séquito de concubinas que buscan la manera de ascender y ser vista por el emperador. Sobre una en particular:

La presencia de aquel animal de placer en la tienda de Gengis Khan no era una noticia grata para mi madre, y aunque no podía hacer nada para impedirlo, lo lamentaba y presentía que una sombra funesta, se cernía sobre su propio destino. P.71

El fragmento anterior conforma el conglomerado de acciones que dan credibilidad al relato, así como otorgar morosidad al incluir ciertos episodios sobre los que es preciso extenderse para sumergirnos en la madeja textual propia de una época que nos es ajena. Otro ejemplo:

¿No les parece absurdo que a escasas horas de mi nacimiento me esté ocupando de asuntos como esté? Por qué se distrae con esas idioteces, se preguntarán. Debería estar lívido de terror como un sobreviviente de la batalla de Aktal. P.140

Esa es la razón de que se introduzcan una serie de historias que median entre el no ocurrir nada y dar la impresión de que en una sola vida no nos bastará para analizar con detalle las digresiones que se incorporan página tras página.

Ahora bien, en la primera parte, hay otro aspecto que es importante tener muy en cuenta. Es la incertidumbre sobre quién narra desde los primeros capítulos. Por eso no podemos ser unos lectores perezosos. Al contrario, estar atentos líneas tras líneas porque si estamos desprevenidos dejaremos a un lado frases como: “Reconozco su reparo, amigo lector. Tiene usted razón al exigir de este novato relator una descripción precisa del tema en cuestión” p. 28. Episodios como el anterior nos confunden, hacen que nos desestabilicemos y no podamos aseverar que el narrador es, en efecto, el hijo que no ha nacido, sino un avezado escritor que sabe emplear los cambios de narrador muy hábilmente.

A partir del noveno capítulo comienza la segunda parte donde constatamos que no se trataba del relato del heredero de los tártaros. Es aquí cuando nos percatamos de que nuestras suposiciones lectoras estaban en lo cierto: ¿es el sueño de otro protagonista que no es el heredero del hombre más temido en la antigüedad? ¿El hijo de Gengis Khan es solo un personaje que nutre las ensoñaciones del protagonista mientras duerme? Es decir, cuando está dormido, cree que es el supuesto hijo de Gengis. Entonces, ¿Quién narra? ¿Quién se encarga de desestabilizar al lector? Porque a ratos se autodenomina: escribidor, luego falso fabulador, (…) oficio de escriba.

Caímos en la trampa de la narración. No hay tal hijo de Gengis Khan. El narrador protagonista es un hombre que padece, al parecer un ominoso insomnio, pero también sueña. Las ensoñaciones nos mantuvieron en vilo por saber si iba a nacer o no. Hasta darnos cuenta de que se despierta en un páramo yermo para visitar a su padre desahuciado. Mientras llega a la casa paterna: sueña. Los sueños son las innumerables digresiones, otra vez, que hacen que a ratos nos perdamos y volvamos sobre los pasos porque la prostituta fea en México o en cualquier otra ciudad de quién sabe qué continente le otorga ubicuidad al relato, pero sobre todo nos desestabilizó como lectores.

Al rato relata una bacanal sexual en soledad dentro de una tina y luego pasa a narrar historias familiares en la tierra de su heredad: Biscucuy (Trujillo, el estado del que es oriundo el autor) Chabasquén, municipio del estado Portuguesa, cercano a la localidad de Biscucuy, pueblos que forman su historia de vida, dato biográfico que advertimos desde la novela La danza del jaguar.  

Cuando estamos ante la verdad, Gengis Khan es solo un tema de los sueños. Sueños que se repiten y son reformulados. Al respecto, dos ejemplos. El primero, al final de la novela, compara a su padre, mientras lo ve en su lecho, con el arzobispo J. R. Pulido Méndez, pero realmente la estampa de ese clérigo por su bigote es idéntica a Fu Man Chu, pero ese bigote es idéntico al de Gengis Khan. Ese juego de correspondencias quizá lo que quiere mostrar es la fascinación por un personaje que, aunque de forma forzada me remite a la figura del padre.

El otro ejemplo tiene lugar páginas después cuando el narrador se da cuenta de que está llegando al final y el nudo no ha sido del todo desatado o, desde mi apreciación, se han atado muchos otros nudos más porque en este fragmento expresa que en medio de las ensoñaciones, de las cuales no tiene certeza de cuánto tiempo, pero sí llegó a creer que estaba en el vientre de una joven llamada Zolzaya, concubina de Gengis Khan. Por tanto, quién se atrevería a desmentirlo.

¿De qué me alimentaba en aquel extraño país de trenes extravíados? ¿Era cierto que llovían chicas en los descampados o no se trataría más bien de un cuento chino? ¿Había existido un rey llamado Gengis Khan? (…) ¿Me había convertido yo, por obra de alguna hechicería, en una máquina de soñar? P.172.

De los pasajes extraídos como estrategia narrativa para, quizás, desestabilizar al lector. La interrogante sobre la existencia del monarca pone en duda todo lo narrado en la primera parte. Entonces qué estamos leyendo. Con esta pregunta se disuelve la seguridad de que era un hijo –ficticio- de Gengis, sino eso solo un personaje cualquiera. Quiero decir que el velo magnánimo del protagonista se baja de un pedestal al decir que bien solo pueda referirse a un sueño más.

Conviene decir que en los sueños, pesadillas o ensoñaciones no debemos dar nada por sentado. Nadie puede refutar o decirnos que es mentira que soñamos con ser la reina de Saba o una Valquiria. En los sueños, quizás sí tenemos licencia para ser lo que queramos. Cuanta carga atávica tiene la humanidad para soñar que somos hijos de Gengis Khan. Es más en las publicaciones comunes y ramplonas de la Web nos han dejado saber que casi toda la población mundial proviene del guerrero terrible. Desde esa esquina es válido. Desde la esquina de la ficción mucho más. Recodemos… somos lectores, establecemos un pacto de credibilidad con la obra.

Al margen y en el margen de la lectura

-En la primera parte me atraparon ciertos pasajes sobre el proceso de escritura. Plasmar los pensamientos en símbolos, ideogramas con una carga semántica ha sido la mejor de las invenciones. El protagonista se maravilla ante ese hecho y lo plasma de forma magistral en la historia.



-¿Por qué leemos a algunos fragmentos de un libro y automáticamente identificamos la autoría? Porque creo que nos estamos reencontrando con temas conocidos, en especial cuando se han leído novelas y cuentos del escritor. Uno de los motivos del autor es la descripción del lar nativo.

Se la escuché decir cuando era un chaval de cinco años a mi tía Chaba en un paseo que hicimos hasta una casa muy bonita por los lados de Estapape. Lo recuerdo como si estuviera viendo una película. (…) Ahí casi todos éramos parientes. Don Eugenio Araujo, que así se llamaba el convidado que no alcanzó a llegar, había sufrido de repente un percance. (…) Mi padre, que a veces amanecía con su vena de guasón, comentó delante de unos amigotes que habían venido desde Chabasquén. (p.179)

 En sus obras deja pistas al lector para que las capture y sepa que, aunque con variaciones queda el regusto de que está refiriéndose al mismo lugar, así ocurre en La danza del jaguar y El corazón ajeno.

También porque sucede que al leer a ciertos autores una red de temas se desperdigan en mi cabeza. El tejido remite a obras anteriores entonces a la par de estar atenta con la historia que tengo enfrente, mi memoria trae las narraciones anteriores y lucha por recordar con precisión esos pasajes para establecer similitudes confiables que no provengan solo de mi memoria que muchas veces, la mayoría, me traiciona.

-Lo onírico en el relato. Mientras regresa a casa de su padre tienen un lugar una serie de digresiones. Tales incisos parecieran más sueños, pesadillas, imaginaciones antes de sucumbir al descanso, pero no son del todo certeras. En ese juego va la novela; ese doble juego en el que narración tiene dos caras: el sueño y la realidad.

-Cuestionarse por el final. No solo qué tan bien logrado pueda ser, sino si realmente podrá escribir el final: “Y si no, fíjense en todas estas historietas a medio hacer, con los pobres personajes abandonados a la buena de Dios”. P.174


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