miércoles, 12 de abril de 2023

Comentario El cuento de la criada, (1985) Margaret Atwood

 


Pensé que para mí era el fin. O que me volverían a llevar al Centro, al cuidado de Tía Lydia y su cable de acero. Ya sabes cómo le gustaba. Fingía toda esa mierda de ama-al-pecador, odia-el-pecado pero disfrutaba. Consideré la posibilidad de escaparme, y tal vez lo habría hecho si hubiera tenido alguna posibilidad. Pero en la parte de atrás de la furgoneta iban conmigo dos de ellos, vigilándome como buitres. Pág. 207.

 

No quiero que sea como yo: que se dé por vencida, que se resigne, que salve el pellejo. A eso quedamos reducidas. Pero de ella espero valor, bravuconería, heroísmo, autosuficiencia: todo aquello de lo que yo carezco. Pág. 208.

 

Por eso sigo con esta triste, ávida, sórdida, coja y mutilada historia, porque después de todo quiero que la oigáis, como me gustaría oír la tuya si alguna vez se presenta la oportunidad, si te encuentro o si tú te escapas, (…) Al contarte algo, cualquier cosa, al menos estoy creyendo en ti, creyendo que estás allí, creo en tu existencia. Porque contándote esta historia, logro que existas. Yo cuento, luego tú existes. Pág. 219

 

Los archivos que han quedado de aquella época están en muy malas condiciones, pues el régimen gileadiano tenía la costumbre de arrasar con sus propias computadoras y destruir el material escrito después de las diversas purgas y de los disturbios internos; pero algún material escrito ha sobrevivido. Por cierto, parte de este material pasó clandestinamente a Inglaterra para uso. Pág. 248.

 

Imaginemos que vivimos en una monocracia, nos visten de rojo, como una caperucita pasada en edad y nuestro único fin en la vida es quedar embarazada. Llevar la semilla, el fruto para el resurgimiento de una nación totalitaria que decidió acabar con los males y pecados del mundo.

¿Cómo podríamos sentirnos rodeada de prohibiciones, donde cada paso es vigilado?  Cuando tiempo atrás íbamos a nuestras anchas, en pareja o no, con trabajo y libre albedrío.  Eso quedó atrás. Ahora, todo tiene el ferviente propósito de que las mujeres de esta historia sean un recipiente con la finalidad de ser llenado para tener un hijo sin siquiera haberlo preguntado. Este es el destino de la protagonista: Judd, una criada que como todas las demás encomendada para estar labor viste de rojo.

No todas las mujeres tienen el mismo propósito. La historia está acompañada por otro conjunto cromático de mujeres: las esposas quienes visten de un azul en apariencia sosegado, pero que tiene intempestivos movimientos como el mar picado en el océano. Las tías que van de marrón  y beige quienes se encargan de “reformar” a las futuras criadas y las marthas quienes hacen los oficios del hogar y son la nota subversivas en el corre ve y dile de chismes entre una casa de comandante y otra. Me faltó hablar de las mujeres enviadas a las colonias, lo dejo como incógnita por si se enganchan y quieren buscar la novela. 

Pues bien, Judd o Defred, como se les denomina una vez ingresan a las casas de los Comandantes, nos narra en primera persona su pesaroso presente con algunos flashbacks antes de la era Gildeana. Escenas descritas en un primer plano que en la mayoría de los casos produce aversión sobre la posibilidad de que esto llegue a ocurrir porque, como en casi todas la novelas distópicas el destino del protagonista es funesto.

Casi al finalizar el capítulo desconocemos si hay posibilidades de salvación para Judd porque el final queda abierto y da paso a la lectura de Actas en un Congreso de historia, sociología o antropología no se dice claramente, en donde se lee, a modo de ponencia, el hallazgo de la historia en casettes. Entonces la modalidad de escritura cobra un giro inesperado y atractivo al darnos cuenta  de que, lo que habíamos leído  fue la transcripción de una grabación y ahora es estudiada como otra versión un tanto intimista de las mujeres en Gilead.


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