Una librería en Berlín, (2017). Françoise Frenkel
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| Portada de la novela |
Llevaba en mi maleta los dos primeros
volúmenes de Los Thibualt, de Rober Martin du Gard, Croix de bois, de Dorgelés,
y Civilisation, de Duhamel, libros que me parecían muy apropiados para transmitir
mi admiración por el rico florecimiento de la literatura francesa de posguerra
a los amigos y a los libreros con quienes me proponía encontrarme. (p.21).
Yo seguía allí. Estaba segura de que,
de haber sido preciso, habría defendido cada libro con todas mis fuerzas,
incluso con ,i vida, no solo por apego a mi librería, sino sobre todo por una
inmensa aversión a la existencia y a la humanidad, por una nostalgia infinita
de la muerte. (p.40).
¿Quién es esa mujer disfraza que
camina con paso alegre cantando a media voz una melodía de su infancia? Yo, yo
soy esa campesina con zuecos que canturrea al ritmo de sus pasos por la
carretera inmaculada de una país maravilloso (p.144).
En una novela sobre la II Guerra Mundial podemos esperar
persecuciones, detonaciones, desabastecimientos, refugiados, clandestinidad, pasadizos
secretos, muertes inesperadas y otras situaciones similares relacionadas con
los conflictos bélicos. Todo lo anterior lo podemos encontrar en la novela Una librería en Berlín. El aspecto que
la distancia es la relación de la narradora con los libros.
La protagonista instala una librería en Berlín con la intención
de difundir el pensamiento y la cultura francesa. Todo se va truncando poco a poco con la llegada
de la guerra hasta el punto de abandonar Berlín por sus orígenes polacos.
Así se evidencia en el párrafo siguiente:
En esa época no se podía sacar nada
de Alemania sin una autorización especial. Había que rellenar un sinfín de
cuestionarios y precisar cada objeto que se deseaba llevar consigo: ropa
interior, vestidos, zapatos, incluso unas tijeritas, pastillas de jabón o un
cepillo de dientes. (p.44).
Conforme avanza la narración, nos damos cuenta de cómo se agudizan
sus problemas y si bien puede salir de la ciudad y vive, mejor dicho, deambula por
diferentes lugares de Francia, permanece en un constante desasosiego, ocultándose
de las autoridades para no ser trasladada a Polonia donde su paradero pudo
haber sido mucho más funesto.
Aunque se acentúen el hambre, las pulgas, las blasfemias y los
alimentos disponibles en la cartilla de alimentación y cada tanto se encuentre
con una versión no muy afable de la humanidad, también se consigue con personas
nobles; dispuestas a ayudar como el caso de los Marius quienes en más de una
ocasión se convierten en sus salvadores mientras está lejos de su patria.
Y así transcurre el tiempo sin poder reencontrarse con su
familia, de la que muy escasamente se entregan detalles. Llama la atención su
capacidad de sobreponerse y seguir escribiendo sin un ápice de apatía o
resentimiento por la humanidad, solo con el fin de documentar, a ratos muy similar
a una crónica lo que le ocurre durante la guerra a los ciudadanos de a pie como ella.
Me agrada infinitamente que no se regodee de su formación intelectual y lo
emplee para victimizarse o ganar favores, solo es una mujer como cualquier otra
que intenta, cada día reponerse ante la guerra.
Por lo que, desde mi apreciación, el gran logro es documentar el padecimiento de la intelectualidad
durante la Guerra que solo queda habitada por el vacío y la desolación, pero
con la firme esperanza de que todo pasará, como dice una pasaje de Don Quijote
de la Mancha: “Confía en el tiempo que, suele dar dulces salidas a muchas
amargas dificultades”.
Posdata...
Adoré a este personaje, sentía que era ella. Me corporeizaba en una mujer intelectual dueña de una librería, feliz y dichosa. Una Andrea madura que dejó atrás a Barcelona y a pesar del sufrimiento vivió plenamente, aún en medio de la II Guerra Mundial. Se hace palpable el amor por los libros una y otra vez, en particular, me gusta este párrafo: “Pasé por todos y cada uno de los estantes, acariciando suavemente el canto de los libros…Me detenía en los ejemplares numerados. ¡Cuántas veces por el cariño que les tenía, me había resistido a desprenderme de este o aquel! (p.45).
Qué felicidad absoluta son los libros. Este un gran testimonio de la Guerra para que no quede duda de que no hubo un resquicio de humanidad que no haya sufrido, pero todos logramos sobreponernos, la resiliencia, término que está de moda porque desde que el mundo es mundo, en mayor o menor medida, hemos sabido adaptarnos y aprender.

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