Biografía del hambre
Amélie Nothomb
206 páginas
Una autobiografía seduce con la realidad potenciada. Realidad que podemos
creer o no. Creo que siempre optamos por creérnosla tal cual es narrada. No nos
queda mejor alternativa. Negarnos sería una decepción de lectura. Y mi lectura
de este libro era necesaria. Sí, sí. Creo
que siempre digo lo mismo, pero en serio que los libros nos buscan, nos
persiguen para que los leamos durante ciertos episodios de nuestras vidas.
Mientras escribo esta idea, se me ocurren cuántos libros más me deben estar
persiguiendo para que deje a un lado tantos pensamientos ansiosos que estallan durante cada segundo en mi cabeza. Por eso celebro a ultranza leer, perderme en
páginas y palabras. No quisiera salir del libro cual lago hondo, pero cálido
que me ofrece un entorno seguro.
Retorno al título. Y se me ocurre que la noción metafórica del hambre va
como un péndulo hacia los extremos. Conocemos el hambre en el sentido literal
de la carencia de alimento y deseo insistente e insidioso por saciar ese
anhelo. El cuerpo nos indica que debemos solventar tal apetencia, pero el hambre
puede persistir si a la comida le falta sabor, sazón, pasión. Así es con la
vida. Es entonces cuando se expande el significado del término de hambre para
referirse a la avidez que sentimos los humanos por satisfacer cualquier deseo: viajar,
amar, soñar… vivir y, nuevamente, sentir a plenitud.
Por esa razón, en la contraportada se describe al libro como una apología
del apetito (siempre he tenido problemas con el significado de la palabra
apología). Precisamente porque la balanza
roza el otro lado del péndulo del vocablo. No es sentir, únicamente, malestar o
incomodidad ante la advertencia del hambre, sino voracidad y premura por atestarnos
de todo lo que nos colme la vida en el mejor de los sentidos.
Al respecto, la autora inicia el relato con una especie de crónica
periodística sobre Vanuatu. Esta isla parece ser la excepción de todos los
países porque no conocieron el hambre. “En Vanuatu el apetito no existe. Allí
se come por complacencia, con el fin de que la naturaleza, que en ese lugar
resulta ser la única ama de casa, no se sienta excesivamente ofendida” p.15. Allí está el péndulo que va de un lado a otro
por los extremos de las palabras.
Da paso a narrar cómo comenzó a sentir apetencia desde los primeros
años de vida. Los primeros episodios que recuerda son la fascinación por el
dulce “no dejaba de buscar mi pitanza: mi búsqueda de lo dulce era mi búsqueda
del Grial” p. 25.
Luego a sentir sed, siempre sed por lo que ingiere cantidades
exageradas de agua. Luego, con el transcurrir de los años. la apetencia toma
visos mucho más exagerados. El anhelo desmesurado porque le prodiguen amor,
primordialmente porque su mamá la adore, le siguen la nana, Juliette (hermana)
y sus compañeras del colegio. De allí pasa a la necesidad desenfrenada de
embeberse de las ciudades en las que viven. Nueva York es una de ellas. Debido
a que su padre trabajó para la ONU y también se desempeñó como embajador la
narración despliega de forma convincente esa hambre voraz por colmarse por todo
(conciertos, museos, teatros, parques y la gente). Desde una montaña hasta los rascacielos
o la mirada que despide fuego de los pakistaníes.
Pero el hambre más poderosa y que me ha ocasionado, al igual que la
protagonista, sed y por lo que retorno a querer prendarme más y más de las
palabras es la lectura. Leer, leer sin freno. Amélie nos relata que durante su adolescencia
y estancia en Laos leía, leía hasta que su cuerpo inerte casi era uno solo con
el sofá. Para unos la imagen anterior es el colmo de la vagancia para otros es
la plenitud de la vida. Leer, leer es un acto hermoso, osado. Así lo dicte el
lugar común, pero muy certero porque, en efecto, es entrar en arenas movedizas.
Somos tan diferentes tras cada libro y esa diferencia nos habla del peligro por
no ser más de lo mismo. Con esto no me estoy agrandando por leer. Solo siento
que mi ser cada día está más apartado de lo común, pero siempre voy a preferir
formar parte de ese reino. En el reino de la lectura la realidad es soportable
y eso fue lo que me trasmitió esta apología autobiográfica del hambre.
Posdata: recuerden que esto es una impresión de lectura. Es mi arrebato, es
el estremecimiento (mi bálsamo de Fierabrás) que obtengo al leer y mi antídoto
del futuro, del dólar paralelo, de las condiciones laborales y esperanzas
perdidas. Es mi refugio, el mejor refugio que ha creado la humanidad. Esto no
es una reseña, es mi encuentro con los libros. Esta vez con este libro. Es la
fruición que obtengo tras cada párrafo, es aprender a ser en todos los
sentidos. Sentidos que aún desconozco, pero que me seducen con cada palabra.
Una tras otra como hormiguita bien encauzada con esperanza de que en los libros
todo sí está bien, al menos el tejido de la historia. Historia que se confronta
en silencio con la mía.
Dios, necesitaba escribir. Anhelo tener 20 años otra vez y quedarme tumbada
casi todo el día en esa habitación de un lejano Barinas leyendo, leyendo y solo
leyendo. El libro y yo tumbada de tanto éxtasis e intrigas en cada trama.
Llorando por lo que me dejó la historia para star over, perdón el anglicismo,
sentir rabia, sentir amor. Sentir tantas cosas que ya no siento o siento a
medias.

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