Caminando por las calles de La
Habana con Pedro Juan
¿Es una crónica, el
diario de un disidente o una novela conformada por relatos autobiográficos que
se pueden leer por separado? Desde una primera opinión, bien podría
argumentarse que nos encontramos ante los tres. Una crónica por el oficio de
periodista que desempeñó el mismo Pedro Juan. Un diario por culminar cada una
de las tres partes fechando la escritura
y los relatos porque no ofrecen un orden estricto de lectura, de esta manera se
pueden leer por separado y concebir una idea general de la obra.
La trilogía se nos
presenta como un relato descarnado y crudo a través del cual nos introducimos a la cotidianidad de los ciudadanos en La
Habana. En cada capítulo discurren los relatos a ritmo de música, ron, sexo,
marihuana. Estos últimos parecieran ser los que mantienen vivo a Pedro Juan y a
la mayoría de sus conocidos. Al respecto, él mismo expresa “A veces lo que
necesitas es muy poco: sexo, ron y una mujer” (p.145) o al expresar la situación de sus vecinos y
coterráneos “personas delgadas, mal alimentadas, sucias, sin empleo, tomando
ron a todas horas, fumando mariguana, tocando tambor, reproduciéndose como
conejos” (p.296).
Es precisamente
esa embriaguez lo que los mantiene en
una enajenación y hechizo eterno –que no podrían haber tramado mejor todos los
dioses africanos- para lidiar con la miseria y crisis económica que los
atropella, llevándolos a extremos de rebuscar el sustento en actividades tan
escatológicas como extraer de la morgue hígado humano y venderlo tal cual hígado de cochino. Entonces, estamos ante un
texto que se puede clasificar dentro del género realismo sucio. Fotografía en primerísimo
primer plano con marchas de barro, moho y pintura desconchándose de las
paredes.
Al retornar con los
vicios, estos son quizás, el único medio
para evadir la tremenda soledad y tristeza que sienten. Es el caso de Pedro
Juan, expresa “parece que tendré que acostumbrarme a vivir con ataques
intermitentes de melancolía y tristeza…tal vez tengo unos cuantos motivos para
la pesadumbre” (p.102).
Así transcurren los
relatos, entre su melancolía, la cual permite elaborar una estampa de La
Habana, sus lugares, edificios corroídos y cochambrosos y el hambre, prostitución, sexo explícito,
ron, mariguana y turistas ávidos de
realismo extremo. Un realismo sucio y cruel. En el que es imposible maquillar
todas las vejaciones y faltas ante el pueblo.
El Caribe no puede
relegarse y con éste el pasado de esclavitud. Llama la atención las imágenes de
hacinamiento que muestra Pedro Juan en las narraciones que reúnen la trilogía. Los cubanos del interior se mudan, y viven en
los edificios ataño elegantes y aristocráticos. Son cada vez más y más los que
parten desde el interior del país a buscar el pan o una balsa y así poder vivir
el american dream. A su llegada viven
tal cual hace 300 años atrás. Una muchedumbre compuesta entre doce y trece
personas convive en un cuarto de cuatro por cinco metros cuadrados. Todos son
testigos y presas del hambre, calor y el sexo desenfadado.
En la narración se
presenta así:
Es
un solar que comenzó ayer con muchos cuartos. Quince, dieciséis, veinte
cuartos. Nadie sabe bien. En cada censo aparecen y desaparecen habitaciones y
nadie sabe por qué. Igual sucede con los habitantes de ese solar. Pueden ser
cien, o ciento cincuenta. (p.277).
Más adelante
Mi cuarto y el de Isabel son los únicos
que tienen vista al Caribe en esta azotea. El resto es un laberinto construido
con tablas podridas y pedazos de ladrillos, donde la gente se asfixia de calor
entre la mierda y el hambre. (p.293)
De allí que el hogar
sea similar a los barracones donde vivían los esclavos. Sólo que estos poseían
un trabajo. Demoledor y letal pero ocupaban sus días con las faenas en las
plantaciones. Mientras que los habitantes -desempleados, en su mayoría o con
ínfimos sueldos- de La Habana descrita
por Pedro Juan sufren y prefieren vivir a golpe de ron y sexo. Se vive el día a
día al no existir un porvenir promisorio.
Lo anterior se puede
relacionar con lo expuesto por Benítez,
(1989) un yard o solar. Es una especie de patio común, el cual tiene una serie
de acceso a cuartuchos sin los servicios básicos. Pero es más que eso, es el
resultado de la plantación y anti-plantación. Aunque la vivienda fue organizada
para una población de esclavos y libertos. Este yard o solar se puede aplicar o
transmutar a las platabandas donde han creado sus cubiles los actuales
habitantes de La Habana y así vemos como todavía existen trasuntos del pasado
colonial caribeño.
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