Alejandro y el comandante, (2026) Virgilio Vivas
Kalathos Ediciones
182 páginas
Alejandro y el comandante bien puede ser la historia de Ana, de Vicente, de
Manuel o de Mariana porque retrata la de miles de venezolanos que, desde inicios de los dos mil, decidieron partir a
otras naciones en búsqueda de mejores oportunidades. Jóvenes que vieron pasar
sus veinte sin tener certeza del futuro profesional en su tierra o la formación
de una familia en vista de que ese ahora se convirtió en no dejar que el miedo
los turbara hasta llevarlos al vacío.
Es así como en esta novela de tres partes nos adentramos a la vida de
Alejandro y lo que considero el rapto de una vida normal en cualquier ciudad, a
una colmada de múltiples peripecias al estilo de una picaresca, aunque bien quisiéramos
que fuese digna del Lazarillo, en la trama la viveza criolla alcanza su mayor
potencia representada por guardias nacionales corruptos, infames delincuentes
miembros de bandas, una de cuyo nombre no quiero acordarme que comienza con T, sin necesidad de hiperbolizar ningún pasaje, pues la ficción se sirve de la
realidad para exponer el padecer de los últimos veintisiete años del país.
Por eso es que quiero manifestar que esta obra viene a formar parte de la
memoria ficcional que debe quedar como lectura importante porque da cuenta de
lo que ha ocurrido en nuestro territorio:
el oprobio; estos textos no solo resultan literatura, sino el escrutinio
del oprobio así duela expresarlo. Retrato vivo de nuestras heridas, al tomar el
término prestado de Violeta Rojo.
En algunos momentos duele pasar por las páginas y ver que desde el 2005
hasta el 2022 del protagonista –tiempo del relato- me atrevo a pensar que la novela es muy autoficcional
para el autor, las páginas nos descorazonan y se siente. Se siente porque todos
los venezolanos vivimos o sabemos de esas andanzas dantescas en las que ha
estado sumido el país. En el limbo y los
círculos depravados del bolivarianismo que ni siquiera debería haberse atrevido
a usar la palabra.
Entonces, desde tierras lejanas Alejandro construye su vida con mucho
esfuerzo y añorando a su madre y a su abuela. Su narración directa en palabras de
Lucía Etxebarria, es un retrato digno de todos los migrantes venezolanos que
luchan con tesón por mejores condiciones de vida ante el descontento por un
país que no conocimos ni es coherente con la Venezuela abundante de nuestros
tíos y abuelos e, incluso, de la que dan cuenta extranjeros. Conviene transcribir
el siguiente pasaje a propósito de la nostalgia y querencia por una Venezuela
que todos anhelamos que vuelva, pero de tanto desasosiego no sabemos si
volveremos a tener “Chamo, mi papá decía que, en esta misma fuente, en los años
de bonanza, la gente tiraba monedas de agua y pedía un deseo como en la Fontana
de Trevi”. (p.99).
Incertidumbre por el presente... de cualquier manera, la trama imbuida en
venezolanidad por el escenario político, social y económico (testimonios de las
elecciones robadas en el 2012, agudización de la escasez en el 2017 y 2018, chanchullos[1]
con las divisas del sistema de cambio y adquisición de divisas Cadivi,
violencia extrema de los cuerpos de seguridad y otros tantos que no quiero
seguir acordándome), pero debo porque nunca se me puede olvidar porque siempre,
siempre expresaré que el Comunismo y Socialismo son la peor peste de la humanidad,
la duermevela sin sentido que se han inventado quienes se creen más listos y
nos quieren dominar. Ahora lo digo sin rotundo miedo y sin ambages.
Ahora bien, quiero resaltar sobre el personaje principal, Alejandro, el mensaje,
tal vez sin proponérselo, el hecho de ser fiel a nosotros mismos, de mantener
nuestra esencia, es decir, enaltecer nuestro gentilicio ese del que estoy
orgullosa y estoy segura de que, quienes me leen sienten lo mismo y por eso
soltamos una sonrisota que vaticina contentura por doquier, –como la sonrisa
que me regaló el autor cuando sin planificarlo lo conocí- bondad, un don de
gentes que no se ensaya, sino que se nace con él y es la puerta del éxito,
posiblemente, de esta historia que, permite acercarnos no solo a la ficción,
también al autor: Virgilio
Vivas.
¿Será Virgilio quien como, Virgilio en La Eneida, dé nuevos y robustecedores
rumbos a las letras venezolanas que se hilvanan fuera del territorio? Porque
escribir no tiene fronteras.
Al margen y en el margen de
la lectura…
-Lugares comunes que no pensé que fuesen comunes en mi vida y ahora guardan
similitudes con esta ficción. Aravaca: localidad de la Comunidad de Madrid. Fue mi lugar de trabajo por casi dos meses tras mi llegada a España.
Lavapies: camino por esta zona bohemia tras la pista de una librería sin
sospechar que también tenía afán de conocer a Alejandro para darle un giro a la
narrativa nacional como lo dio Los
pequeños seres[2].
-Una feria de mis anhelos donde tanto los libros como una sonrisa me ata,
desata y reconcilia, a la par de sentirme esperanzada porque con oficios para
algunos deplorables (limpiar pocetas, cocinas y patios lindos) podemos hacer
país con cada gesto insignificante, pero dictado y hecho con el corazón.
-Puede que sea un tanto pretencioso categorizar a la novela como un bildungsroman, pero opto por hacerlo. La ficción que protagoniza Alejandro entró en su madurez en la ciudad donde se cruzan los caminos. Es evidente que la ficción y la realidad siempre serán la serpiente que se muerde la cola. Además, son testimonios de robustecimiento de las letras nuestras. Asimismo, alimentan la memoria con un tono mágico y maravilloso para no olvidar lo que nos colige como latinoamericanos y mucho menos como venezolanos: actos de fe y milagros que resuelven conflictos inexplicables desde la razón. María Lionza como reina protectora embestida en la figura de una joven, recién inaugurado el siglo XXI. Su misión de vida será resguardar, o en todo caso ayudar a llegar a cruzar el temido Tapón del Darién. Lo anterior como medio no solo para conferirle un tono, más que mágico, fantástico, sino tener presente los mitos indígenas como esencia de las letras que conforman nuestro ADN. En este mismo sentido, la madre de Alejandro también se enviste con atributos mágicos, pues adivina lo que ocurrirá justo a tiempo y así evitar desgracias mayores, nos recuerda a un Ti Noel, a unos de los Buendía o un personaje de La casa de los espíritus que mi memoria no quiere recordar y me niego a preguntárselo a la IA.
-Conocer, por fin, porque mi abuelo le asignó tan feo segundo nombre a mi
mamá: Anayansi. Para mí es feo porque desde mi apreciación y gustos es cacofónico y no le encontraba ninguna
relación con el hecho de que por qué se le pudo ocurrir ese nombre a mi querido
Tute de los Llanos. Y mi ignorancia ganó terreno y no hubo diccionario que me
gustara o Internet que venciera la ignorancia del origen del nombre. Resulta
que Anayansi es un nombre de la etnia Katio emberá, procedente de Colombia.
Este era el nombre de una princesa, hija del Cacique Careta, quien sobresalió
por su inteligencia y la dio en matrimonio al navegante español Núñez de Balboa
y así sostener pacíficas e importantes tratos con el descubridor. ¿Ahora me gusta el nombre? No, mantengo mi apreciación original, pero me siento calmada por haber resuelto la incógnita, pero sí apenada por la ignorancia.
Por último, culmino esta impresión de lectura dejando claro que es una
tarea obligada, pero sin los grilletes de la dictadura gomecista, leer nuestras
ficciones de los últimos años porque es un compromiso que contribuye a la
reconstrucción del país desde el extranjero, también dentro de él. Sigamos el
ejemplo de innumerables intelectuales y artistas que estuvieron en el exilio,
pero con la mirada y el corazón atento como: Margot Benacerraf, Arturo Úslar
Pietri o Carlos Raúl Villanueva que son quienes traigo rápidamente a mi memoria
y así resurgir de la nada.
Cambiemos la idea de que en la nada hay únicamente desesperación. Al contrario, existe la
promesa de levantarnos como una tierra fértil de hijos que la aman y a pesar de
la obvia desesperanza, seguimos en pie con la mirada imborrable y promisoria en
el país, en cada paisaje, en la casa de los abuelos a la sombra de la mata de
mamón. Esas imágenes se fusionan y ahora se enriquecen, como probablemente le
pudo suceder a los colonizadores españoles, con la naturaleza que ahora
poblamos.
Posdata:
El prólogo es un imperdible. Solo los dejaré con la intriga. Los escribió una ganadora del premio Planeta y es un recordatorio: ¡Deben leer esta novela y nunca, nunca, nunca JAMÁS fiarse del socialismo: infertilidad del pensamiento!
1El diccionario de la Lengua española lo define como maquinación, enredo, intriga, manejo, enjuague, tejemaneje, trapicheo. Es, también, una palabra del argot venezolano, registrada en el Diccionario de Venezolanismos de Rocío Núñez y Francisco Javier Pérez, se define como las confabulaciones, trampas, manipulaciones o complot sin ninguna apariencia legal o claridad.
[2] Novela venezolana de Salvador
Garmendia. Explora el existencialismo y la entrada a la Modernidad de un país
que se siente pequeño y temeroso ante el término. Quizás por eso Mateo Martán
termina presa del vacío y alienado.

